Matrimonio Encubierto

Capítulo 2

Alexander

Llevaba doce minutos de retraso cuando entré al edificio, y odiaba llegar tarde tanto como odiaba las explicaciones que no pedí.

—Sokolov quiere verte. Ahora —me informó Petrov apenas crucé la puerta de seguridad, sin levantar la vista de su pantalla.

—Acabo de volver de una extracción de dieciocho horas. Necesito una ducha antes de necesitar una reunión.

—No creo que le importe cómo huelas.

Subí sin cambiarme, con la chaqueta todavía manchada de la lluvia de Múnich y la paciencia reducida a un hilo delgado. La extracción había sido complicada de una forma que nadie fuera del equipo entendería nunca del todo: dieciocho horas escondido en el hueco de un montacargas industrial, esperando la ventana exacta en la que el objetivo bajaría la guardia, calculando cada respiración para que no delatara mi posición. Había salido limpio. Sin bajas, sin errores, sin nada que justificara el cansancio que sentía en los huesos más allá del esfuerzo físico. Ese era, precisamente, el tipo de misión que más me costaba sacudirme después: las que salían perfectas dejaban un vacío raro, como si el cuerpo esperara todavía el golpe que nunca llegó.

Había aprendido, con los años, a no confiar en las misiones limpias. Un operativo perfecto casi siempre significaba que alguien, en algún lugar, había pagado un precio que yo todavía no conocía. La calma nunca era gratis en este trabajo; simplemente llegaba con la factura retrasada.

Y esa era, precisamente, la razón por la que sospechaba que lo que venía ahora no sería nada bueno. En este trabajo, el éxito rara vez se premia con descanso. Se premia con la siguiente misión imposible.

Sokolov estaba de pie frente a la ventana de su oficina cuando entré, con las manos entrelazadas a la espalda y esa postura suya que siempre anunciaba malas noticias envueltas en un tono neutro. Llevaba dieciséis años trabajando para él, el tiempo suficiente para reconocer cada uno de sus silencios y saber exactamente cuál de ellos precedía a una catástrofe.

La oficina, como siempre, estaba casi vacía: un escritorio, dos sillas, ningún objeto personal que delatara nada sobre el hombre que la ocupaba. Sokolov había construido su carrera sobre la misma regla que trataba de inculcarnos a todos sus agentes: cuanto menos sepan de ti, menos pueden usar en tu contra. Yo había aprendido esa lección mejor que la mayoría. Tal vez demasiado bien. A veces me preguntaba si algún día alguien lograría desmontar esa costumbre en mí, y hasta esa mañana la pregunta me había parecido puramente teórica.

—Siéntate, Reid.

—Prefiero escuchar de pie.

Una sonrisa breve, casi imperceptible, cruzó su rostro. Se giró, deslizó una carpeta sobre el escritorio y me indicó con un gesto que la abriera. Obedecí, aunque cada instinto entrenado en catorce años de servicio me advertía que no me iba a gustar el contenido.

Una fotografía. Una mujer de cabello castaño rojizo, sonrisa fácil, mirada que parecía calcular tres pasos por delante de cualquier conversación. El tipo de rostro que uno recuerda sin proponérselo, el tipo de rostro entrenado para hacer exactamente eso.

—¿Quién es?

—Emma Hartley. Agente de otra agencia, especializada en infiltración social. Su historial es impecable: nunca ha fallado una misión que dependiera de convencer a alguien de algo que no era verdad.

—¿Y va a fingir ser mi esposa?

Sokolov levantó una ceja, sorprendido de que hubiera llegado a la conclusión antes de que él terminara de explicarla.

—Exacto.

No me reí. No tuve tiempo de reírme: mi cabeza ya había empezado a desmontar la operación pieza por pieza, buscando el punto exacto donde el plan podía romperse. Era una reacción entrenada, casi automática, la misma que aplicaba a cualquier operativo nuevo antes de aceptar o rechazar: encontrar primero todas las formas en que podía fallar. Con los años había aprendido que la diferencia entre un agente vivo y uno muerto casi nunca era el talento; era cuánto tiempo dedicaba a imaginar el desastre antes de que ocurriera.

—¿Quién construyó la leyenda?

—Un equipo conjunto de ambas agencias, terminado esta misma semana.

—¿Qué universidad compartimos? ¿Dónde nos conocimos, según esa historia? ¿Hay fotos, testigos, gente que pueda confirmarlo si Ferro decide investigar?

—Todo eso está en la carpeta.

—¿Y si pregunta por nuestra luna de miel? ¿Por nuestros padres? ¿Por el nombre del hotel donde nos casamos?

—También está en la carpeta, Reid.

Abrí la carpeta con más atención esta vez, pasando las páginas rápido: fechas, lugares, un contrato de matrimonio falsificado con una firma que no era la mía pero que tendría que aprender a reconocer como propia. Cada detalle que faltaba era una grieta por donde Ferro podía entrar. Y a mí no me pagaban por dejar grietas.

Repasé los documentos una segunda vez, más despacio, memorizando cada nombre que aparecía junto al mío: el oficiante de la boda falsa, el fotógrafo que supuestamente había cubierto el evento, el hotel donde según la leyenda habíamos pasado nuestra primera noche como matrimonio. Ninguno de esos nombres significaba nada para mí todavía, pero en tres días tendrían que sonar tan familiares como los de mi propia familia.

—¿Cuál es el índice de fracaso estimado para este tipo de operación?

—No existe un precedente exacto. Por eso los elegimos a ustedes dos: la combinación de tu disciplina y su capacidad social reduce el margen de error más que cualquier otra pareja disponible.

Anoté mentalmente esa cifra inexistente como lo que realmente era: una forma elegante de decir que estábamos entrando en territorio sin mapa.

—Eso no es una respuesta, es una esperanza con presupuesto.

—Es lo único que tenemos, Reid.

—¿Protocolo de extracción si algo sale mal?

—Palabra clave, punto de encuentro a cuatro kilómetros de la propiedad, ventana de cuarenta y ocho horas. Todo en la carpeta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.