Emma
Llegué a la sala de entrenamiento tres con un minuto de retraso, a propósito.
No era un descuido. Había aprendido hacía años que la primera impresión dice más de lo que uno cree, y quería ver cómo reaccionaba un hombre acostumbrado a controlar cada variable cuando una de ellas decidía no obedecer el reloj.
La sala era exactamente lo que esperaba de un centro de entrenamiento: paredes grises, una mesa metálica, dos sillas que parecían elegidas específicamente para ser incómodas, y una cámara en la esquina superior que fingía no estar grabando. Nada en ese lugar invitaba a la intimidad, lo cual hacía todavía más absurdo pensar que en algún momento tendríamos que fingir dos años de ella. Había pasado por decenas de salas parecidas a lo largo de mi carrera, todas con el mismo diseño funcional y frío, pero ninguna me había parecido tan inadecuada para lo que estaba a punto de suceder ahí dentro.
Alexander Reid ya estaba ahí, de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados y una postura tan perfecta que por un segundo pensé que alguien le había clavado una regla en la espalda. No levantó la vista cuando entré. Terminó de leer lo que fuera que estuviera leyendo, cerró la carpeta, y solo entonces me miró como quien revisa un informe y encuentra un dato mal calculado.
Era más alto de lo que sugería la fotografía, y la cicatriz sobre su ceja izquierda se veía más nítida en persona, un trazo fino que probablemente tenía una historia que él jamás contaría por voluntad propia. Había algo en la forma en que ocupaba el espacio, sin necesidad de moverse ni un centímetro, que ya me decía más sobre él que cualquier expediente que Marlene pudiera haberme entregado.
—Llegas tarde.
—Un minuto. Considéralo mi forma de comprobar si de verdad tienes la paciencia necesaria para dos años de matrimonio inventado.
—No la tengo. Pero la finjo bien. Es, básicamente, mi trabajo.
Su tono era tan plano que por un segundo no supe si era un chiste o una advertencia.
Crucé la sala hacia él con la misma seguridad que usaba para entrar a cualquier fiesta ajena, calculando cada paso para que pareciera casual y no lo fuera en absoluto. Me detuve más cerca de lo necesario, lo bastante para que cualquier persona normal diera un paso atrás.
Él no se movió ni un centímetro.
—¿Siempre invades así el espacio personal de la gente, o es un privilegio reservado para tu futuro esposo?
—Es una prueba. Si vamos a convivir en la misma casa, necesito saber si te incomoda que me acerque. Ferro no va a darnos permiso para actuar como extraños educados.
—No me incomoda. Me informa.
—¿Qué te informa?
—Que confías en la cercanía física como herramienta antes que en las palabras.
Aparté la mirada un segundo, molesta por lo rápido que había descifrado algo que ni siquiera yo había puesto en palabras de forma tan directa. La mayoría de la gente veía mi encanto y se quedaba ahí, satisfecha con la superficie. Él parecía dispuesto a mirar debajo sin pedir permiso.
—Y tú te paras como si te hubieran entrenado para sostener un techo con la espalda. Relájate un poco, o Ferro va a pensar que te casaste con un poste.
—Mi postura no es el problema.
—Lo es si tu esposa tiene que explicarle a la gente por qué su marido parece estar todo el tiempo esperando una orden de ataque, en vez de disfrutar de su luna de miel.
Dio un paso hacia mí —el primero desde que entré—, cerrando parte de la distancia que yo misma había abierto, y por un instante perdí el hilo de la provocación que había preparado. Me dije que era simple concentración, la clase de pausa que cualquiera tendría al calcular su siguiente movimiento frente a un adversario impredecible. De cerca, sus ojos grises no eran tan fríos como en la fotografía. Eran más una tormenta contenida que un cálculo, aunque preferí no darle demasiadas vueltas a esa comparación.
—Enséñame, entonces.
—¿Perdón?
—Dijiste que mi postura delata que espero una orden de ataque. Enséñame cómo debería pararme un hombre que espera, en cambio, volver a casa con su esposa.
No esperaba eso. Esperaba resistencia, ironía defensiva, algún comentario cortante para devolverme la incomodidad que yo había sembrado a propósito. En cambio, me había devuelto la pelota con una calma que me obligó a reaccionar de verdad, sin guion preparado.
Levanté una mano, dudé una fracción de segundo —lo suficiente para que él notara la duda, estoy segura— y finalmente la apoyé en su hombro para bajarlo un par de centímetros, aflojando la rigidez militar de su postura.
—Así. Los hombros abajo. Deja que se note que en algún lugar del mundo hay alguien que te espera sin que sea una misión.
Su hombro cedió bajo mi mano, apenas, pero lo hizo. Se quedó callado un momento, más de lo que la situación pedía, como si estuviera decidiendo si valía la pena admitir en voz alta lo que fuera que estaba pensando.
—¿Mejor? —preguntó, finalmente, con la voz un poco más baja que antes.
—Mejor —admití, y aparté la mano más despacio de lo que había planeado.
Nos quedamos ahí, demasiado cerca, en un silencio que ninguno de los dos se molestó en romper enseguida. Fue él quien finalmente dio un paso atrás, recuperando la distancia profesional que yo misma había roto minutos antes.
—Deberíamos empezar por la leyenda —dijo, señalando la carpeta sobre la mesa—. Quiero saber exactamente qué inventaron sobre nosotros antes de que alguien más lo pregunte primero.
—¿Siempre eres así de metódico?
—Siempre. Es la razón por la que sigo vivo después de catorce años.
—Yo prefiero improvisar. Es la razón por la que la gente me cree cuando miento.
Nos miramos un segundo de más, midiendo esa diferencia como si fuera el primer indicio real de que aquella misión iba a ser mucho más complicada de lo que ninguno de los dos había anticipado. No por Ferro. Por lo fácil que resultaba, ya en los primeros diez minutos, olvidar que se suponía que debíamos actuar.
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Editado: 01.08.2026