Alexander
Dormí menos de tres horas esa noche, no por la misión de Múnich, sino por una carpeta llena de mentiras que tendría que aprender a defender como si fueran verdades.
Cuando llegué a la sala de entrenamiento tres, a las nueve en punto —ni un minuto antes, ni un minuto después, un pequeño acto de disciplina que sabía que ella notaría—, Emma Hartley ya estaba sentada en la mesa, con una taza de café entre las manos y un aire de estar completamente despierta desde hacía horas.
—Puntual —observó, sin levantar la vista—. Interesante.
—Ordenado. Hay una diferencia.
—Para mí es lo mismo.
Dejó la taza sobre la mesa y por fin me miró de frente, evaluándome con la misma atención con la que yo evaluaba cualquier escenario nuevo antes de actuar.
—Para mí no. Un hombre puntual llega a tiempo. Un hombre ordenado llega a tiempo con un plan para las siguientes ocho horas.
Levantó una ceja, y por primera vez me pareció genuinamente sorprendida, no solo actuando sorpresa para desestabilizarme.
—¿Y cuál es el plan?
—Convivencia. Sokolov quiere que empecemos a compartir espacio hoy mismo, no solo teoría. Nos trasladan a un apartamento de entrenamiento durante las próximas cuarenta y ocho horas. Una cocina, un baño, una habitación.
—¿Una habitación?
—Una cama, Hartley. La misión no nos va a dar la cortesía de dos camas separadas, así que tampoco lo hará este ejercicio.
Algo cruzó su expresión —demasiado rápido para nombrarlo con precisión— antes de que recuperara esa fachada segura que parecía llevar puesta como una segunda piel.
—Bien. Empecemos ya, entonces. Cuanto antes aprenda a soportarte roncando, mejor.
—No ronco.
—Eso dicen todos los que roncan.
El apartamento de entrenamiento estaba a veinte minutos del centro, en un edificio anodino diseñado específicamente para no llamar la atención: paredes neutras, muebles genéricos, el tipo de espacio que cualquier pareja de clase media alta podría haber elegido sin pensarlo demasiado. Había fotografías falsas en los estantes —imágenes generadas para completar la fachada, rostros que se suponía debían ser familiares nuestros— y una nevera ya llena con los productos exactos que, según la leyenda, solíamos comprar. Cada detalle había sido pensado con una precisión casi obsesiva, y no pude evitar preguntarme cuántas personas habían trabajado en construir una vida entera para dos desconocidos que se habían visto por primera vez menos de veinticuatro horas antes.
Caminamos hasta ahí en silencio, cada uno cargando una bolsa con lo mínimo indispensable, dos desconocidos aprendiendo a caminar al mismo ritmo por primera vez.
—¿Reglas básicas? —pregunté, cuando cerré la puerta detrás de nosotros.
—Empiezas tú. Pareces tener una lista mental esperando salir.
—Nada de armas cargadas dentro del apartamento. Nada de discutir información operativa cerca de las ventanas. Y necesito saber, antes de que avancemos, si roncas de verdad, porque necesito dormir al menos cuatro horas seguidas esta semana.
—No ronco. Pero hablo dormida. Te lo advierto ahora para que no te asustes si me escuchas discutir con alguien que no existe a las tres de la mañana.
Anoté mentalmente ese dato, sin poder decidir si era información útil para la misión o simplemente algo que quería saber sobre ella por razones que preferí no examinar demasiado.
—¿Qué dices, cuando hablas dormida?
—Nadie me lo ha contado nunca con suficiente detalle como para saberlo. Quizás tú puedas confirmarlo esta semana.
La idea de estar despierto, escuchándola dormir, se instaló en mi cabeza con más fuerza de la que hubiera querido admitir.
Pasamos la primera hora repasando protocolos: cómo debíamos comportarnos si alguien tocaba a la puerta sin avisar, qué hacer si uno de los dos recibía una llamada de emergencia frente a testigos, cómo sostener una conversación banal el tiempo suficiente para no levantar sospechas. Emma memorizaba rápido, con la misma facilidad con la que improvisaba, y empecé a entender por qué Sokolov la había elegido: no solo mentía bien, pensaba rápido bajo presión, que era una habilidad completamente distinta y mucho más valiosa.
—Repite el protocolo de comunicación de emergencia —le pedí, cruzando los brazos.
—Si algo sale mal durante una reunión social, uso la frase "creo que dejé la plancha encendida" para salir sin levantar sospechas. Si el peligro es inmediato, dejo caer mi copa deliberadamente.
—¿Y si yo soy quien está en peligro?
—Entonces finjo un mareo y te pido que me acompañes afuera. Nadie cuestiona a un marido preocupado por su esposa.
—Correcto.
—¿Ves? Ya sé más protocolos que tú sobre cómo actuar como tu esposa.
—Sabes protocolos de manual. Actuar como mi esposa es otra cosa completamente distinta.
—Ilumíname, entonces. ¿Qué se necesita, según tú, para actuar convincentemente como tu esposa?
Me tomé un segundo antes de responder, consciente de que cualquier respuesta que diera revelaría más de lo que pretendía.
—Saber cuándo callarme sin que parezca extraño. Es lo único que nadie puede fingir del todo bien si no lo ha practicado.
—Entonces tenemos trabajo por delante, porque a mí el silencio nunca se me ha dado especialmente bien.
—Ya me había dado cuenta.
Me lanzó una mirada que no supe si interpretar como ofensa o diversión, y decidí no preguntar cuál de las dos era la correcta.
—Tu turno —dijo, cuando terminamos con los protocolos—. Cuéntame algo real sobre ti. No para la leyenda. Para mí.
—¿Por qué?
—Porque si voy a fingir que te conozco desde hace dos años, prefiero tener al menos un dato verdadero al que aferrarme cuando la leyenda se vuelva demasiado absurda para recordarla completa.
Lo pensé un momento, calculando cuánto podía compartir sin ceder terreno que no estaba dispuesto a ceder.
#5184 en Novela romántica
#1400 en Novela contemporánea
matrimonio falso, mentira traicion y secretos del pasado, romance celos mafia
Editado: 01.08.2026