Emma
Desperté antes que él, algo que no me sorprendió del todo: sospechaba que Alexander Reid dormía con la misma disciplina con la que hacía todo lo demás, y que incluso descansar le costaba ceder el control por completo.
Me quedé quieta un momento, observando el techo del apartamento de entrenamiento, calculando la distancia exacta entre nuestros cuerpos sin necesidad de girar la cabeza para confirmarlo: seguíamos cada uno en su lado, ni un centímetro invadido durante la noche. Una parte de mí, que preferí no examinar con demasiada luz de la mañana, se sintió extrañamente decepcionada por esa disciplina.
—Sé que estás despierta —murmuró él, sin abrir los ojos—. Cambiaste el ritmo de tu respiración hace tres minutos.
—Eso es información perturbadoramente específica para las siete de la mañana.
—Es mi trabajo notar detalles.
—Pues tu trabajo es un poco invasivo antes del café.
—Puedo dejar de notarlos, si lo prefieres.
—No dije eso.
El silencio que siguió fue breve, apenas unos segundos, pero lo suficientemente cargado como para que ninguno de los dos se apresurara a llenarlo con otra broma.
Se incorporó, pasándose una mano por el cabello con un gesto que no parecía calculado en absoluto, y por primera vez desde que lo conocía me pareció simplemente un hombre cansado, no un agente entrenado en control absoluto. Encontré ese detalle más atractivo de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta, y decidí, con la misma disciplina que él aplicaba a todo, no darle más vueltas de las necesarias esa mañana.
Bajamos a la cocina en un silencio cómodo, cada uno moviéndose con la memoria muscular de la noche anterior: yo sabía dónde estaban las tazas, él sabía dónde estaba el café, y ninguno de los dos tuvo que preguntarle nada al otro. Era absurdo lo rápido que un espacio ajeno podía empezar a sentirse conocido cuando se compartía con la persona correcta.
O con la persona incorrecta, en el momento equivocado. Todavía no había decidido cuál de las dos cosas era Alexander Reid.
La luz entraba por la ventana de la cocina con esa claridad particular de las mañanas de invierno, dibujando una línea recta sobre la mesa que dividía exactamente el espacio entre los dos, como si incluso el sol se hubiera puesto de acuerdo con nosotros para mantener cierta distancia profesional.
—Hoy toca la leyenda completa —anunció, sirviendo dos tazas sin preguntarme cómo tomaba el café, y acertando de todas formas—. Sokolov quiere que memoricemos la historia entera antes del mediodía: cómo nos conocimos, cómo empezamos a salir, la propuesta, la boda. Todo.
—¿Y cómo sabes que quiero el café así?
—Lo bebiste ayer exactamente así. Sin azúcar, con un chorro de leche que casi no cuenta como leche.
—Deberías dejar de ser tan bueno en esto. Me estás quitando material para hacer bromas sobre lo poco observador que eres.
—Nunca dije que fuera poco observador. Dije que era metódico. Son cosas distintas, aunque tú insistas en confundirlas.
Nos sentamos con la carpeta entre los dos, la misma que habíamos empezado a llenar de detalles improvisados el día anterior, y comenzamos a construir, línea por línea, la historia completa de un amor que nunca había existido.
—Según el borrador oficial, nos conocimos en Ginebra, en una conferencia de energía sostenible —empecé, releyendo las notas—. Pero quiero cambiar cómo sucedió exactamente. Si Ferro pregunta detalles, necesito recordar la escena como si la hubiera vivido, no como si la hubiera leído en un informe.
—Dime tu versión, entonces.
Cerré los ojos un momento, dejando que la ficción tomara forma con la misma facilidad con la que construía cualquier otra mentira necesaria para el trabajo.
—Estabas de pie junto a la barra del cóctel de bienvenida, solo, con esa expresión tuya de estar calculando cuánto tiempo tenías que quedarte antes de poder irte sin que nadie lo notara. Yo derramé mi copa de vino sobre tu chaqueta a propósito, porque necesitaba una excusa para hablar contigo y no se me ocurrió nada más elegante.
—¿A propósito?
—En mi versión, sí. Suena mejor que admitir que fue un accidente real.
Una sonrisa breve cruzó su rostro, la clase de gesto que aparecía cada vez con menos esfuerzo entre nosotros.
—En mi versión, no derramaste nada. Me acerqué yo, porque llevabas quince minutos hablando con el mismo hombre aburrido y me pareció que necesitabas que alguien te rescatara.
—Eso es mentira. Yo nunca necesito que me rescaten.
—Es una leyenda, Hartley. Todas las leyendas necesitan que alguien haga algo heroico para sonar memorable.
—Entonces hagamos las dos cosas ciertas: yo derramé el vino, y tú, de todas formas, decidiste rescatarme de una conversación aburrida antes de que yo pudiera hacerlo sola.
—Me gusta esa versión. Los dos quedamos bien.
—¿Y la canción? —pregunté, hojeando la carpeta hasta la sección que Marlene había dejado deliberadamente en blanco—. Toda boda necesita una canción, y Ferro es del tipo de hombre que pregunta cosas así solo para ver si titubeamos.
—No sé nada de música de bodas.
—Eso no es una respuesta aceptable para un hombre casado hace dos años.
—Entonces elige tú. Confío en tu criterio más que en el mío para este tema en particular.
—¿Confías en mi criterio o simplemente no quieres decidir y arriesgarte a que se rían de tu elección?
—Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Reconocí mis propias palabras del día anterior devueltas con una precisión que me hizo reír, un sonido corto y genuino que no había planeado soltar.
—Bien jugado, Reid.
—Aprendo rápido.
—Demasiado rápido, diría yo. Empiezo a sospechar que anotas cada cosa que digo en algún lugar.
—No hace falta anotarlo. Simplemente lo recuerdo.
No supe qué decir a eso, así que preferí concentrarme en la carpeta antes de que mi silencio dijera algo que todavía no estaba lista para admitir.
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Editado: 01.08.2026