Matrimonio Encubierto

Capítulo 6

Alexander

La última noche antes de partir hacia la propiedad de Ferro, revisé mi equipo tres veces, no porque necesitara comprobarlo tantas veces, sino porque mis manos necesitaban algo que hacer mientras el resto de mí se negaba a quedarse quieto.

El apartamento, ya casi vacío de las pertenencias personales que habíamos ido acumulando en apenas tres días, tenía el aire extraño de un lugar a punto de ser abandonado. Las maletas estaban hechas junto a la puerta, cada una con la ropa cuidadosamente seleccionada para encajar en la vida de un matrimonio acomodado que jamás había existido. Sobre la mesa de la cocina, la carpeta con la leyenda completa esperaba, cerrada, como si contuviera algo más peligroso que papel.

Guardé el último de mis dispositivos en el compartimento oculto de mi maleta, revisando por tercera vez que todo estuviera exactamente donde debía estar. No era necesario. Lo hice de todos modos, porque el ritual me daba algo que hacer con las manos mientras mi cabeza insistía en repasar cada detalle de los últimos tres días en lugar de concentrarse en lo que realmente importaba: la misión que empezaría en unas pocas horas.

El apartamento de entrenamiento ya no albergaba a dos desconocidos aprendiendo protocolos. Albergaba a dos personas que, en menos de setenta y dos horas, habían empezado a compartir un idioma propio, un armario, una leyenda que cada vez costaba más recordar como ficción. Mañana, esa leyenda dejaría de ser un ejercicio. Sería la única verdad que Damian Ferro conocería de nosotros.

Encontré a Emma en la sala, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, rodeada de documentos que ya no necesitaba repasar. Los leía de todos modos, pasando las páginas con una atención que no encajaba con la seguridad que solía proyectar. Llevaba el cabello recogido de una forma distinta a la habitual, y por un segundo me pareció una versión ligeramente distinta de la mujer que había conocido esa semana, como si incluso ella empezara a ensayar quién sería a partir de mañana.

—Deberías dormir —dije, apoyándome en el marco de la puerta—. Mañana va a ser un día largo.

—Tú tampoco estás durmiendo.

—Estoy revisando el equipo.

—Yo estoy revisando la leyenda por sexta vez. Los dos estamos haciendo exactamente lo mismo: buscarle grietas a algo que ya sabemos de memoria.

Tenía razón, y no me sorprendió que lo notara. Me senté frente a ella, en el suelo, algo que no había hecho en años fuera de un contexto operativo, y por un momento los dos nos quedamos ahí, midiendo el peso de todo lo que faltaba por decir antes de que la misión empezara oficialmente.

—¿Tienes miedo? —pregunté, sin planear la pregunta con la anticipación que solía aplicar a cualquier otra conversación.

—De Ferro, no especialmente. He infiltrado objetivos peores.

—¿Entonces de qué?

Se quedó callada un momento, jugando con la esquina de una de las páginas sin mirarla realmente.

—De que se me olvide cuál es la actuación y cuál soy yo. Llevo cinco años siendo excelente separando las dos cosas. Contigo, esa línea se ha vuelto más difícil de encontrar de lo que debería, y todavía no hemos ni pisado la isla.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé todavía. Pregúntame de nuevo cuando lleve dos semanas fingiendo que eres mi marido y no esté completamente segura de estar fingiendo.

Solté algo parecido a una risa breve, sorprendido de mi propia reacción, y ella levantó la vista con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo más suave.

—¿Te estás riendo de mí?

—Me estoy riendo contigo. Aunque admito que suena igual de nervioso de mi lado del problema.

Se quedó mirándome un momento, como si estuviera decidiendo si valía la pena señalar que, por primera vez desde que nos conocíamos, había admitido estar nervioso sin necesidad de que ella se lo sacara con otra pregunta directa. No dijo nada al respecto. Simplemente asintió, como si archivara el dato para usarlo después.

No respondí de inmediato. Reconocí la sensación que describía porque la había sentido yo mismo, en distintos momentos de esa semana, sin encontrar las palabras exactas para nombrarla.

—Deberíamos revisar el itinerario de mañana —dije, en cambio, alcanzando una de las carpetas sobre la mesa.

—Reid.

—¿Qué?

—Ibas a decir algo. Y en vez de eso, sacaste una carpeta.

Me quedé con la mano todavía sobre el papel, sin abrirlo, calculando si valía la pena terminar la frase que acababa de esquivar.

—Me pasa lo mismo —admití, finalmente, dejando la carpeta cerrada—. Y no tengo ningún protocolo entrenado para manejarlo.

—Qué reconfortante. El hombre metódico sin plan.

—No dije que no tuviera un plan. Dije que no tengo uno entrenado. Son cosas distintas.

—¿Cuál es tu plan, entonces?

Lo pensé un momento, consciente de que cualquier respuesta honesta revelaría más de lo que había planeado revelar esa noche.

—Concentrarme en la misión. Dejar que todo lo demás espere hasta que estemos a salvo.

—¿Y si todo lo demás no quiere esperar?

La pregunta se quedó suspendida entre los dos, tan directa que no pude fingir que no la había escuchado con toda la claridad con la que la había dicho.

—Entonces supongo que tendremos un problema, Hartley.

—Supongo que sí.

Ninguno de los dos apartó la mirada. Había algo en ese momento —el suelo frío bajo nosotros, los documentos olvidados entre los dos, la última noche de una vida que todavía no habíamos empezado a vivir— que se sentía más honesto que cualquier escena que hubiéramos ensayado esa semana.

Por un instante, consideré acortar la distancia que nos separaba, ver qué pasaría si dejaba de calcular cada movimiento por primera vez en catorce años. No lo hice. Algo en la disciplina que me había mantenido vivo tanto tiempo se resistía a ceder terreno tan importante sin un plan claro detrás, aunque esa misma disciplina empezaba a sentirse, esa noche, más como una jaula que como una herramienta.




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