Matrimonio Encubierto

Capítulo 7

Emma

El yate que nos llevó hasta la isla tardó cuarenta minutos en atracar, y durante esos cuarenta minutos dejé de ser Emma Hartley por primera vez en cinco años de carrera.

El mar estaba en calma, de un azul tan uniforme que parecía pintado, y desde la cubierta podía distinguir ya la silueta blanca de la propiedad recortada contra el cielo, cada vez más grande a medida que nos acercábamos. Había hecho decenas de infiltraciones antes, pero ninguna me había pedido que dejara mi nombre en el muelle de salida como si fuera equipaje que ya no necesitaría.

Ahora me llamaba Isabelle Moreau. Alexander era Thomas Moreau, arquitecto de proyectos de infraestructura sostenible, con un portafolio de clientes tan cuidadosamente falsificado que ni siquiera yo, sabiendo la verdad, hubiera encontrado una grieta en él. Llevábamos dos años casados, según todos los documentos que ahora reposaban en mi bolso junto a un pasaporte con mi fotografía y un nombre que no era el mío.

—¿Lista? —preguntó Alexander, ajustándose los gemelos de la camisa con una calma que envidié profundamente.

—Nací lista, Thomas.

Sonrió, apenas, ante el uso deliberado del nombre falso, y por primera vez esa mañana sentí que el personaje empezaba a asentarse sobre los dos como una segunda piel, incómoda todavía, pero cada vez más fácil de llevar.

La propiedad de Damian Ferro apareció ante nosotros como algo sacado de una revista de arquitectura: una mansión blanca construida sobre un acantilado, rodeada de palmeras que parecían haber sido colocadas ahí con la misma precisión con la que Ferro, según su expediente, organizaba cada aspecto de su vida. Varios miembros del personal esperaban en el embarcadero, uniformados, silenciosos, con esa clase de discreción entrenada que solo se consigue con dinero suficiente para comprarla.

Conté siete personas visibles antes de poner un pie en el muelle: dos hombres de seguridad disfrazados de jardineros, tres miembros de servicio genuino, y dos figuras junto a la puerta principal cuya postura delataba entrenamiento formal, no simple cortesía doméstica. Ferro no dejaba nada al azar, y esa certeza se instaló en mi estómago con el peso exacto de una advertencia.

—Señor y señora Moreau —nos recibió uno de ellos, con un acento que no logré ubicar del todo—. El señor Ferro los espera en el salón principal.

Alexander me ofreció el brazo con una naturalidad que me sorprendió, considerando que apenas tres días antes ninguno de los dos hubiera tolerado ese nivel de cercanía sin necesidad. Lo acepté, sintiendo el calor de su mano a través de la tela de mi vestido, y caminamos juntos hacia la mansión con el mismo paso, la misma sonrisa entrenada, la misma actuación perfecta que habíamos ensayado durante setenta y dos horas. Nadie que nos observara desde lejos hubiera podido adivinar que, hasta hacía menos de una semana, éramos dos completos desconocidos.

Damian Ferro nos esperaba de pie junto a un ventanal que enmarcaba el océano entero, como si el paisaje mismo formara parte de su forma de intimidar a cualquiera que entrara a esa sala. Era más bajo de lo que sugería su reputación, con el cabello plateado peinado hacia atrás y unos ojos que evaluaban con la misma frialdad calculadora que había visto en el expediente de Alexander, aunque sin ninguna de las razones que hacían tolerable esa frialdad en él.

Vestía con una sencillez deliberada, el tipo de ropa cara que evita gritar su precio, y sostenía una copa de vino que no había tocado desde que entramos, como si la usara únicamente de utilería para completar la escena que había preparado para nosotros.

—Thomas. Isabelle. —Su voz era suave, casi cortés, del tipo que probablemente usaba justo antes de arruinar la vida de alguien—. Qué alegría por fin conocerlos en persona.

—El placer es nuestro —respondió Alexander, con una soltura que no delataba absolutamente nada de las setenta y dos horas de entrenamiento detrás de esa frase—. Su propiedad es todavía más impresionante de lo que decían las fotografías.

—Las fotografías nunca hacen justicia a nada importante. Es una de mis reglas favoritas de la vida.

Ferro nos miró un momento más de lo estrictamente cortés, y sentí la tentación de romper el contacto visual, un instinto que aplasté de inmediato porque sabía, con la misma certeza con la que sabía respirar, que cualquier señal de incomodidad sería exactamente lo que un hombre como él estaría buscando. Sostuve su mirada el tiempo justo, ni un segundo de más, ni uno de menos.

—Cuéntenme —continuó, invitándonos con un gesto a sentarnos en un sofá de cuero pálido, mientras él permanecía de pie, deliberadamente, un metro por encima de nuestra línea de visión—, ¿cómo se conocieron ustedes dos? Siempre me ha parecido que la historia de cómo empieza un matrimonio dice más sobre una pareja que cualquier otra cosa.

Sentí la mirada de Alexander sobre mí durante una fracción de segundo, una pregunta silenciosa sobre quién debía empezar, y decidí tomar la iniciativa antes de que el silencio se volviera sospechoso.

—Fue en una conferencia en Ginebra —empecé, dejando que la mentira ensayada saliera con la naturalidad de un recuerdo real—. Yo estaba atrapada en una conversación insoportable sobre financiamiento de infraestructura, y Thomas decidió, sin que yo se lo pidiera, que necesitaba ser rescatada.

—No lo decidí sin razón —intervino Alexander, con una sonrisa que no había visto antes, más suave que cualquiera que me hubiera dedicado en el apartamento de entrenamiento—. Llevaba quince minutos observándola desde el otro lado de la sala, buscando una excusa para acercarme. La conversación aburrida solo me dio la oportunidad perfecta.

Ferro sonrió, aparentemente satisfecho con la anécdota, aunque algo en la forma en que sus ojos se movían entre los dos me hizo sospechar que no estaba escuchando la historia por simple curiosidad social.




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