Matrimonio Encubierto

Capítulo 9

Emma

Damian Ferro estaba de espaldas cuando llegamos al jardín de orquídeas, inspeccionando una hilera de flores blancas con la misma atención clínica con la que probablemente inspeccionaba a las personas. El jardín entero parecía existir únicamente para recordarle a cualquier visitante cuánto control tenía sobre absolutamente todo lo que lo rodeaba.

Alexander y yo llegamos puntuales, a las nueve en punto, tomados de la mano con la naturalidad que ya empezaba a costarnos menos fingir. Ninguno de los dos había dormido bien; lo supe por la forma en que Alexander se había movido al amanecer, mucho antes de que sonara ninguna alarma, con la misma inquietud silenciosa que yo llevaba cargando desde la cena.

—Estas son las más difíciles de mantener vivas —comentó, sin girarse a saludarnos—. Cualquier error mínimo de temperatura, de agua, de luz, y mueren sin avisar. Me parece una metáfora bastante honesta sobre casi todo en la vida.

—O una excusa elegante para un jardín muy caro —respondí, acercándome junto a Alexander, con el tono despreocupado que había perfeccionado a lo largo de años enteros de infiltraciones sociales.

Ferro se giró, sonriendo con una expresión que no llegaba del todo a sus ojos.

—Isabelle. Siempre tan directa. Es una de las cosas que más me gustan de usted.

—Gracias, supongo.

—No era un cumplido completo. Directa también significa impredecible, y yo prefiero rodearme de gente predecible.

Dejó la frase suspendida un momento, como si esperara ver cómo reaccionaba antes de continuar, y sentí que cualquier respuesta que diera en ese instante sería analizada con el mismo rigor que aplicaba a sus orquídeas.

La advertencia, disfrazada de observación casual, se instaló entre los tres con el mismo peso silencioso que Ferro parecía dominar a la perfección. Sentí la mano de Alexander apretar la mía, apenas, un gesto de anclaje que nadie más hubiera notado.

—Caminemos —dijo Ferro, sin esperar respuesta, ya avanzando hacia un sendero que se perdía entre los setos.

Lo seguimos, un paso detrás, mientras él empezaba a hablar sobre la historia de la propiedad, sobre cómo la había construido desde cero después de comprar la isla completa hacía quince años, sobre el placer particular de tener control absoluto sobre cada centímetro de un lugar. Escuchaba con atención genuina, buscando en cada palabra alguna grieta que pudiéramos usar más adelante, aunque una parte de mí seguía calculando también cuánto tiempo nos quedaba antes de que la conversación se volviera personal.

—Compré esta isla arruinada —continuó Ferro, señalando hacia un tramo de acantilado donde, según explicó, antes había existido una cantera abandonada—. Nadie creía que valiera la pena. Tardé cinco años en convertirla en esto. La paciencia es la habilidad más subestimada del mundo de los negocios, señor Moreau. Y del mundo en general, si me permite la observación.

—No podría estar más de acuerdo —respondió Alexander—. Es prácticamente la base de mi profesión.

—Entonces tenemos algo en común. Empiezo a entender por qué Isabelle lo eligió.

Seguimos caminando un tramo más en un silencio cómodo, Ferro señalando ocasionalmente alguna especie de planta traída, según explicó, desde distintos rincones del mundo a un costo que ni siquiera se molestó en disimular. Cada detalle de esa propiedad parecía diseñado para comunicar la misma idea: aquí, todo lo valioso había sido conquistado, trasplantado y domesticado hasta encajar exactamente donde su dueño lo había decidido.

No tardó mucho en dejar la historia de la isla para volver a lo que realmente le interesaba.

—Cuéntenme sobre su primera pelea —dijo Ferro, deteniéndose junto a una fuente—. La primera de verdad, no la anécdota bonita que cuentan en las cenas.

Se sentó en el borde de piedra de la fuente, con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo, esperando nuestra respuesta con la misma paciencia que probablemente aplicaba a cualquier negociación importante.

Sentí la mirada de Alexander sobre mí durante una fracción de segundo antes de que decidiera responder él mismo.

—Fue por algo pequeño. Yo había hecho planes sin consultarla, algo relacionado con un viaje de trabajo que decidí sin avisarle. Ella se enteró por un correo que no debía haber visto.

—Y no fue solo el viaje —añadí, dejando que la mentira se construyera sobre la verdad incómoda que ya existía entre nosotros—. Fue que decidiera algo tan grande sin pensar que yo también tenía una opinión al respecto.

Ferro asintió despacio, como si estuviera anotando mentalmente cada palabra para revisarla después con calma.

—¿Y cómo lo resolvieron?

—Discutiendo durante tres días —respondí—. Y después aceptando que ninguno de los dos iba a ganar del todo. Aprendimos a avisar, aunque a veces todavía se le olvide.

—A veces se me olvida —admitió Alexander, con una media sonrisa que sonó sorprendentemente real—. Es una de mis peores costumbres.

—¿Y la de usted, Isabelle? —preguntó Ferro, girándose hacia mí con una curiosidad que no me pareció del todo casual—. Ningún matrimonio tiene un solo lado defectuoso.

Me tomé un segundo antes de responder, consciente de que la pregunta merecía algo que sonara verdadero incluso siendo inventado. Pensé, brevemente, en cuánto de esa respuesta terminaría siendo, sin quererlo, más honesta de lo que Ferro jamás llegaría a sospechar. El sol de media mañana caía directamente sobre nosotros, y sentí una gota de sudor bajarme por la espalda que no tenía nada que ver con el calor.

—Guardo silencio demasiado tiempo cuando algo me molesta. Prefiero resolverlo sola antes de admitir que necesito ayuda. Thomas dice que es agotador.

—Lo es —confirmó Alexander, con una naturalidad que casi me hizo olvidar que estábamos improvisando—. Pero he aprendido a reconocer las señales.

Ferro nos observó un momento, con la misma atención con la que había examinado las orquídeas, y por primera vez desde que lo conocíamos, algo en su expresión pareció genuinamente indeciso.




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