Matrimonio Encubierto

Capítulo 10

Alexander

El almuerzo transcurrió sin ningún incidente notable: conversación ligera, Charlotte quejándose alegremente de su marido, Ferro retomando el papel de anfitrión cordial como si el mirador nunca hubiera ocurrido. Pero durante toda la comida sentí el peso de esa historia sin resolver flotando bajo cada frase, cada risa, cada gesto amable que Ferro nos dedicaba con la misma calidez calculada de siempre.

—¿Tarta de limón? —ofreció Charlotte, empujando la bandeja de postres hacia Emma con el entusiasmo de quien ya lleva dos copas de vino de más—. Es la especialidad de la casa. Damian tiene un chef que podría trabajar en cualquier restaurante de Europa, pero prefiere tenerlo aquí, escondido del mundo, como todo lo demás que le importa.

—Me halaga, Charlotte —intervino Ferro, sin apartar la vista de su propio plato—. Aunque "escondido" suena más siniestro de lo que pretendo.

—Tú eliges las palabras que usas conmigo, Damian. Yo solo repito lo que observo.

Un silencio breve recorrió la mesa, el tipo de silencio que solo aparece cuando alguien dice, sin querer, algo demasiado cerca de la verdad. Ferro sonrió, recuperando el control de la conversación con la facilidad de quien lleva años practicando exactamente ese movimiento.

—Charlotte tiene la costumbre de convertir cualquier cumplido en una acusación. Es parte de su encanto.

Charlotte le sacó la lengua, un gesto tan infantil que resultaba casi entrañable viniendo de una mujer que probablemente había asistido a más cenas de gala que años tenía yo de servicio activo. Su marido, sentado a su lado, ni siquiera levantó la vista de su plato, como si ese tipo de intercambios formara parte del paisaje habitual de su matrimonio.

—¿Y ustedes, Moreau? —preguntó Charlotte, girándose hacia nosotros con genuina curiosidad—. ¿También se acusan mutuamente de esconder secretos?

—Todo el tiempo —respondió Emma, sin dudar—. Aunque en nuestro caso, generalmente son secretos aburridos. Facturas que no quise mencionar, planes que cambié sin avisar.

—Qué envidia. Los secretos aburridos son los únicos que valen la pena tener en un matrimonio.

Observé el intercambio con atención, calculando qué tanto de esa dinámica entre Ferro y Charlotte era genuina y qué tanto formaba parte de otra actuación distinta a la nuestra. En una isla como esta, empezaba a sospechar, todo el mundo fingía algo.

Terminamos el almuerzo con la promesa de Ferro de reunirse con nosotros más tarde para "conversaciones de negocios menos formales", una frase que sonó tan ambigua como todo lo demás que salía de su boca. Emma y yo aprovechamos la tarde libre para regresar a nuestra habitación, donde por fin pudimos dejar caer, aunque fuera por unos minutos, las máscaras que llevábamos puestas desde el desayuno. En cuanto la puerta se cerró, ambos evitamos instintivamente el rincón donde sabíamos que estaba la cámara oculta, moviéndonos hacia el balcón como si el aire libre pudiera ofrecernos algo de privacidad que las paredes ya no garantizaban.

—¿Crees que Charlotte sabe algo? —preguntó Emma, quitándose los zapatos con un suspiro de alivio que no fingió en absoluto.

—Creo que Charlotte sabe más de lo que cree saber, y menos de lo que le gustaría admitir. Es la clase de persona que observa todo y entiende poco de lo que significa.

—Útil para nosotros, entonces.

—Muy útil. Si logramos que confíe en ti, podríamos obtener información que Ferro jamás compartiría directamente.

Emma se recostó en la cama, mirando el techo con una expresión pensativa que reconocí de otros momentos de la misión: la mente calculando ángulos, posibilidades, estrategias.

—El comentario sobre la pareja que "desapareció" —dijo, sin mirarme—. No dejo de darle vueltas.

—Yo tampoco.

—¿Crees que los mató?

La pregunta cayó entre nosotros con un peso distinto al de cualquier otra conversación táctica que hubiéramos tenido. Me senté en el borde de la cama, buscando una respuesta que fuera honesta sin ser innecesariamente aterradora.

—Creo que Ferro es exactamente el tipo de hombre capaz de hacerlo, y lo suficientemente inteligente para asegurarse de que nunca podamos probarlo. Pero también creo que prefiere resolver los problemas sin ensuciarse las manos directamente. Tiene gente para eso.

—Reconfortante.

—No pretendía que lo fuera.

—Al menos eres consistente en eso.

—¿Deberíamos avisar a Sokolov de esto? —preguntó, con un tono más serio ahora—. Si hay antecedentes de agentes desaparecidos, alguien debería saberlo, más allá de nosotros dos.

—Ya está en el informe de esta mañana. Lo envié apenas volvimos del mirador.

—¿Cuándo?

—Mientras te cambiabas para el almuerzo. Un mensaje corto, cifrado, en el canal de emergencia.

Emma me miró con algo parecido al alivio, como si el hecho de que ya hubiera tomado esa precaución le quitara un peso que no sabía que estaba cargando sola. Se recostó de nuevo, esta vez con los ojos cerrados, y por un momento simplemente respiró, sin ninguna misión, sin ningún personaje, solo el sonido del océano filtrándose desde el balcón abierto.

Emma soltó una risa breve, sin humor real detrás, y se incorporó hasta quedar sentada frente a mí, las piernas cruzadas, la misma postura que había adoptado la última noche en el apartamento de entrenamiento.

—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto? —preguntó—. Que en medio de una isla donde probablemente hay al menos un asesinato sin resolver, la parte que más me cuesta manejar sigue siendo... esto. Nosotros.

No pregunté a qué se refería exactamente con "esto". Lo sabía, con la misma certeza incómoda con la que sabía cada protocolo de la misión. Era la misma sensación que llevaba cargando desde el suelo del apartamento de entrenamiento, la última noche antes de partir, cuando ella había preguntado si todo lo demás querría esperar.

—A mí también me cuesta —admití, sin rodeos esta vez, sin buscar una salida táctica a la conversación—. Y no tengo ningún plan preparado para manejarlo, lo cual, como ya sabes, no es normal en mí.




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