Emma
Ferro organizó, esa misma noche, lo que llamó "una velada informal junto a la piscina", que resultó ser tan informal como cualquier otra cosa en esa isla: un centenar de velas flotando en el agua, un cuarteto de jazz tocando bajo las palmeras, y suficientes invitados nuevos como para que la excusa de la tregua con Alexander sobre el sendero se disolviera bajo la presión de tener que actuar de nuevo, sin descanso, frente a desconocidos.
Me había cambiado a un vestido verde esmeralda que Marlene había incluido en el equipaje sin explicación alguna, y que resultó, esa noche, ser exactamente el tipo de prenda que llamaba la atención sin necesidad de esfuerzo adicional. Alexander no había dicho nada al respecto cuando salí del baño, pero la forma en que se quedó mirándome un segundo de más, antes de recomponer la expresión, me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Isabelle Moreau, qué gusto —me saludó un hombre que no recordaba haber conocido antes, besándome la mano con una teatralidad que me hizo desear apartarla de inmediato—. Soy Julian Kessler. Trabajo con Damian en algunos proyectos de inversión.
—Un placer, Julian.
—El placer es completamente mío. Damian me contó que usted es la mujer más interesante que ha invitado en meses. No exageraba.
Sonreí con la cortesía justa para no alentarlo ni ofenderlo, calculando ya en qué categoría de la fauna social de Ferro encajaba: coleccionista de contactos, seguramente, del tipo que confundía la cortesía con invitación.
Sentí la presencia de Alexander acercarse por detrás, su mano encontrando mi cintura con la naturalidad entrenada de siempre, aunque algo en la firmeza de ese contacto me hizo sospechar que no era completamente parte de la actuación.
—Thomas Moreau —se presentó, extendiendo la mano libre hacia Julian con una cortesía perfectamente calibrada—. Y tiene razón. Es la mujer más interesante que yo también he conocido en mucho tiempo.
Julian rió, aparentemente sin captar la tensión que se había instalado bajo la superficie cordial de la conversación, y se disculpó para saludar a otro grupo de invitados, dejándonos momentáneamente solos junto al borde de la piscina.
Las velas flotantes se mecían suavemente sobre el agua, proyectando reflejos dorados sobre el rostro de Alexander que hacían casi imposible no quedarme mirándolo un segundo de más.
—¿Celoso? —murmuré, sin poder evitar la sonrisa.
—Observador.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que estoy dispuesto a dar en un espacio con al menos cuatro cámaras visibles.
Conté mentalmente, confirmando el número sin necesidad de girar la cabeza. Tenía razón, como siempre.
Sonreí, aceptando la evasión con la misma facilidad con la que aceptaba cualquier otra cosa de él últimamente, y nos movimos juntos entre los grupos de invitados, repitiendo la misma coreografía social que ya dominábamos con una precisión casi aburrida: sonreír, escuchar, dejar caer detalles de nuestra leyenda con la naturalidad de un matrimonio real, buscar constantemente la posición de Ferro en el espacio sin que pareciera que lo estábamos vigilando.
Lo encontré, finalmente, conversando con una mujer que no reconocí, alta, de cabello oscuro, con la misma pátina de elegancia calculada que todos los demás invitados de la isla. Algo en la forma en que Ferro se inclinaba hacia ella, en la manera en que ella reía a cada comentario suyo, me hizo pensar que quizás no era simplemente otra invitada.
—¿La reconoces? —le pregunté a Alexander en voz baja.
—No. Pero nunca la había visto en ningún expediente relacionado con Ferro.
—Eso la hace interesante.
—O peligrosa. O ambas cosas.
Observé la manera en que la mujer sostenía su copa, sin beber apenas, con la misma disciplina calculada que yo misma aplicaba a cualquier copa que me ofrecieran en una misión. No era una simple socialité. Era alguien entrenado, exactamente igual que nosotros.
Nos acercamos, con la excusa perfectamente natural de saludar a nuestro anfitrión, y Ferro nos recibió con la misma cordialidad practicada de siempre, como si llevara toda la noche esperando exactamente ese momento.
—Isabelle, Thomas. Permítanme presentarles a Valentina. Una vieja amiga que acaba de regresar de Europa.
Valentina nos saludó con una sonrisa que no llegó del todo a sus ojos, exactamente el mismo tipo de sonrisa que Ferro empleaba constantemente, y por un instante me pregunté si esa similitud era simple coincidencia o algo más deliberado.
—Encantada —dijo, con un acento que no logré ubicar del todo—. Damian me ha contado mucho sobre ustedes. El matrimonio perfecto de la isla, según sus propias palabras.
—Ningún matrimonio es perfecto —respondí, con la sonrisa entrenada que ya salía casi sin esfuerzo—. Pero agradezco la reputación.
—Qué modestia tan encantadora.
Valentina nos observó un momento más de lo necesario, con la misma atención evaluativa que había notado en Ferro desde el primer día, y por un segundo me pregunté cuánto tiempo llevaba conociéndolo, y qué tipo de relación exactamente los unía. No era la mirada de una simple invitada; era la mirada de alguien acostumbrado a medir a la gente con criterios que iban mucho más allá de la cortesía social.
—¿Y usted, Thomas? —preguntó, girándose hacia Alexander con un interés que no se molestó en disimular—. ¿También encuentra la isla tan fascinante como su esposa parece encontrarla?
—Encuentro fascinante la compañía —respondió él, con esa cortesía cortante que ya reconocía como su forma particular de esquivar preguntas incómodas sin parecer descortés—. El resto es solo paisaje, por bonito que sea.
Valentina rió, un sonido demasiado calculado para ser completamente genuino, y dirigió su atención de vuelta a Ferro, dejando la conversación colgando en un punto que no me pareció casual en absoluto.
Julian Kessler se unió al grupo poco después, seguido de Charlotte y su marido, y la conversación se disolvió en el tipo de charla superficial que Ferro parecía disfrutar orquestar: comentarios sobre inversiones, chistes sobre política internacional, la clase de intercambio que exigía sonreír constantemente sin decir absolutamente nada relevante.
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Editado: 18.08.2026