Emma
No recuerdo cuál de los dos rompió la distancia por completo. Solo recuerdo que, un segundo después de que sus labios encontraran los míos, la carpeta de la leyenda cayó al suelo sin que ninguno de los dos se molestara en recogerla.
Llevaba semanas conteniendo esto. Lo sentí en la forma en que me sostuvo la cara con ambas manos, como si hubiera practicado ese gesto en su cabeza mil veces sin atreverse nunca a hacerlo real; lo sentí en el temblor apenas perceptible de sus dedos cuando bajaron por mi cuello, deteniéndose ahí, como si todavía estuviera dándome la oportunidad de detenerlo. No la tomé.
—Emma —murmuró contra mi boca, mi nombre real, no Isabelle, no ningún personaje que tuviéramos que sostener frente a nadie—. Si quieres que pare...
—Si paras ahora, te mato yo misma, y ya sabes que sería capaz.
Sentí su risa vibrar contra mis labios, breve, antes de que el beso se volviera algo mucho menos gentil. Sus manos encontraron la cremallera de mi vestido y la bajaron despacio, demasiado despacio, cada centímetro de tela cediendo un pedazo más de piel al aire frío de la habitación y a su boca, que siguió el mismo camino descendiendo por mi hombro, mi clavícula, deteniéndose ahí el tiempo suficiente para arrancarme un sonido que no reconocí como propio.
—Llevo días intentando no mirarte así —admitió, con la voz más ronca de lo habitual, sus labios todavía contra mi piel.
—Fallabas constantemente.
—Lo sé. Todos los días.
El vestido cayó al suelo. Sentí su mirada recorrerme entera, sin ningún apuro, con la misma atención metódica que aplicaba a cualquier otra cosa que le importara de verdad, y por primera vez desde que lo conocía no hubo ningún cálculo detrás de sus ojos, solo algo crudo y sin filtrar que me hizo sentir más expuesta de lo que ninguna misión había logrado jamás.
Lo empujé hacia la cama, desesperada de pronto por sentir su piel contra la mía sin ninguna tela de por medio, y él se dejó caer arrastrándome con él, sin dejar de besarme, sus manos recorriendo cada curva como si estuviera memorizando un mapa que llevaba semanas queriendo trazar. Terminé de desabrochar su camisa con dedos torpes, impacientes, y cuando por fin la aparté de sus hombros, pasé las manos por su pecho desnudo, sintiendo cómo su respiración se entrecortaba bajo mis dedos.
—Despacio —susurró contra mi oído, aunque su propio cuerpo decía exactamente lo contrario, tenso, urgente, presionándose contra el mío con una necesidad que ya no intentaba disimular—. Quiero recordar cada parte de esto.
—Después. Ahora te necesito.
No hubo más palabras después de eso, solo su boca recorriendo cada centímetro de piel que había estado prohibido hasta esa noche, sus manos aprendiendo exactamente dónde tocar para arrancarme el aliento, mi propio cuerpo arqueándose hacia el suyo cada vez que se detenía demasiado tiempo en un punto que me deshacía por completo. Cuando finalmente nos unimos, ninguno de los dos apartó la mirada; nos quedamos así, quietos un instante eterno, dejando que el peso completo de lo que estaba ocurriendo se asentara entre los dos antes de que el movimiento empezara, lento primero, después con una urgencia que llevaba semanas construyéndose sin que ninguno lo admitiera en voz alta.
Dijimos nuestros nombres reales entre susurros, una y otra vez, como si repetirlos pudiera anclarnos a la única verdad sólida que teníamos en medio de tantas mentiras necesarias. Sentí cada nervio de mi cuerpo encenderse bajo sus manos, bajo su boca, bajo el peso de él contra mí, hasta que el mundo entero se redujo al espacio exacto entre los dos y nada más importó: ni Ferro, ni la misión, ni la leyenda tirada en el suelo junto a nuestra ropa.
Cuando finalmente ambos llegamos al límite, casi al mismo tiempo, con su nombre rompiéndose en mi garganta y el mío en la suya, sentí algo ceder por completo dentro de mí, alguna última pared que llevaba semanas sosteniendo sin saberlo.
Después, con su brazo alrededor de mi cintura y mi cabeza sobre su pecho, escuchando el latido de su corazón desacelerarse poco a poco contra mi oído, pensé que, fuera lo que fuera esto, ya no había forma de volver a la versión de nosotros que existía antes de esa noche.
Desperté con el brazo de Alexander alrededor de mi cintura y la certeza inmediata de que nada, absolutamente nada, volvería a ser exactamente igual después de la noche anterior.
La luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas semiabiertas, dibujando franjas doradas sobre las sábanas revueltas, sobre su brazo, sobre la carpeta olvidada que todavía descansaba, cerrada a medias, en el suelo donde había caído. Por un momento, permití que mi cuerpo se relajara completamente contra el suyo, algo que no me había permitido hacer en ninguna misión anterior, con ningún compañero anterior, en ningún momento de mi carrera que pudiera recordar con claridad.
Me quedé quieta un momento, escuchando su respiración lenta contra mi nuca, permitiéndome, por primera vez en días, no calcular absolutamente nada. Afuera, algún pájaro de la isla cantaba con una insistencia que contrastaba, casi cómicamente, con la quietud interior de la habitación.
El golpe en la puerta llegó sin ninguna advertencia, tres toques secos que rompieron el silencio con la precisión de alguien acostumbrado a no esperar respuesta antes de continuar hablando.
—Señora Moreau, señor Moreau —dijo una voz que reconocí de inmediato como la de uno de los asistentes de Ferro—. El señor Ferro solicita su presencia en la terraza este. De inmediato, si es posible.
Sentí a Alexander tensarse detrás de mí, la misma transformación instantánea que había visto en él docenas de veces durante la misión: de hombre relajado a agente completamente alerta en el espacio de un segundo. En menos de tres respiraciones, ya estaba fuera de la cama, buscando su camisa con la misma eficiencia mecánica con la que probablemente había reaccionado a alarmas mucho más graves a lo largo de su carrera.
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Editado: 18.08.2026