Alexander
El hombre que Ferro nos asignó se llamaba Dimitri, un ruso corpulento de pocas palabras que nos siguió a una distancia respetuosa durante todo el desayuno, el almuerzo, y la caminata vespertina que Emma y yo fingimos disfrutar mientras calculábamos, en silencio, cómo deshacernos de él sin levantar sospechas.
Dimitri tenía la clase de entrenamiento que reconocía de inmediato en cualquier persona: postura militar apenas disimulada bajo el uniforme de personal doméstico, ojos que registraban cada salida y cada punto ciego del terreno con la misma metodología que yo mismo aplicaba. No era simple seguridad decorativa. Era, con toda probabilidad, alguien capaz de neutralizarnos a ambos si la situación lo exigiera.
La oportunidad llegó cuando Dimitri recibió una llamada que lo obligó a alejarse unos metros, hablando en un ruso rápido que ninguno de los dos entendió del todo, aunque el tono urgente no dejaba dudas sobre la importancia de la conversación. Intercambié una mirada rápida con Emma, la misma comunicación silenciosa que ya habíamos perfeccionado sin necesidad de palabras: ahora o nunca.
—Ahora —susurró Emma, tomándome del brazo y guiándome hacia un sendero lateral que se alejaba del camino principal.
—¿A dónde vamos?
—A la biblioteca. Charlotte mencionó, en algún punto de la fiesta, que Ferro guarda ahí todo lo relacionado con sus "socios anteriores". No especificó qué quería decir con eso, pero después de lo de esta mañana, prefiero no dejarlo sin investigar.
Caminamos rápido, sin correr, con la clase de urgencia controlada que años de entrenamiento nos habían enseñado a proyectar como simple prisa social y no como lo que realmente era: una carrera contra el reloj antes de que Dimitri notara nuestra ausencia.
Encontramos la biblioteca sin demasiada dificultad, una sala amplia con estanterías que llegaban hasta el techo y el mismo lujo impersonal del resto de la propiedad. El aire ahí dentro olía a cuero viejo y a papel, un contraste agradable con el perfume floral que dominaba el resto de la mansión, y por un momento me pregunté cuántos secretos genuinos podía esconder un hombre que tenía tanto cuidado en proyectar una imagen de transparencia absoluta.
Emma se movió con la eficiencia de alguien que había hecho este tipo de búsqueda cientos de veces, revisando cajones, deslizando los dedos por los lomos de los libros en busca de algún compartimento oculto, mientras yo vigilaba la puerta, calculando cuánto tiempo tendríamos antes de que Dimitri notara nuestra ausencia.
—Nada en los estantes visibles —murmuró, moviéndose hacia el escritorio principal—. Demasiado obvio para alguien tan cuidadoso como Ferro.
—Aquí —dijo finalmente, extrayendo una carpeta delgada de un cajón cerrado con una cerradura que había forzado en menos de veinte segundos—. Fotografías.
Observé la rapidez con la que sus dedos manejaban la herramienta improvisada, un clip de metal que probablemente había robado de algún escritorio sin que yo lo notara, y no por primera vez esa semana me sorprendí admirando una habilidad suya que, en cualquier otro contexto, debería resultarme simplemente profesional.
Me acerqué, y juntos revisamos el contenido: una docena de fotografías de distintas parejas, cada una con un nombre escrito a mano en el reverso. Pasamos rápido las primeras, nombres que no significaban nada para nosotros, rostros anónimos de gente que probablemente había pasado por esta misma isla con la misma promesa de anfitrión generoso. La quinta que Emma sostuvo nos detuvo en seco.
Marianne.
La fotografía mostraba a una mujer de cabello oscuro, sonrisa cálida, del brazo de un hombre que no reconocí, ambos vestidos con la misma elegancia calculada que Ferro exigía de todos sus invitados. Detrás de la imagen, una fecha escrita con una caligrafía cuidadosa: siete meses atrás.
—No se parece en nada a lo que imaginé —murmuró Emma, pasando el pulgar sobre el borde de la fotografía—. Pensé que sería... no sé. Más dura, quizás. Alguien que se pareciera más a nosotros.
—Parece feliz.
—Parece que creía que estaba a salvo.
Sostuvo la imagen un momento más, estudiando cada detalle del rostro de esa mujer desconocida con la misma atención con la que hubiera estudiado el expediente de un objetivo real, aunque algo en su expresión sugería que esta vez la observación tenía menos que ver con procedimiento y más con un reconocimiento incómodo de sí misma en ese rostro ajeno.
Seguimos revisando la carpeta, encontrando más documentos: un informe breve, escrito en un lenguaje clínico que reconocí de inmediato como el estilo de alguien entrenado en inteligencia, detallando la llegada de "Marianne y Julien Castel" a la isla, su comportamiento durante las primeras semanas, y finalmente, una nota final que me heló la sangre de una forma que pocas cosas lograban después de catorce años en este trabajo.
Leí el informe completo dos veces, buscando cualquier detalle que hubiéramos pasado por alto: la fecha de llegada, las mismas frases genéricas sobre "matrimonio convincente" que probablemente aparecían en el expediente que Ferro mantenía sobre nosotros, y la progresión gradual hacia la sospecha que terminaba en la línea final.
Confirmado: identidades falsas. Agentes de la DGSE. Extracción autorizada.
—Agentes franceses —dije en voz alta, aunque la información ya estaba clara para los dos—. Igual que nosotros, en esencia. Infiltrados con la misma estrategia.
—¿"Extracción autorizada" significa lo que creo que significa?
No respondí de inmediato, buscando en el resto de la carpeta alguna confirmación adicional, algún detalle que aclarara si esa frase se refería a un rescate, una fuga, o algo considerablemente más definitivo. No encontré nada más: ni una fecha de seguimiento, ni un informe posterior, ni ninguna indicación de qué había pasado con Marianne y Julien después de esa última nota.
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Editado: 18.08.2026