Matrimonio Encubierto

Capítulo 16

Emma

Enviamos el informe a Marlene esa misma noche, cifrado en un mensaje que Alexander redactó con la precisión quirúrgica de alguien acostumbrado a comprimir información crítica en el menor número de palabras posible.

Nos sentamos juntos en la cama mientras él escribía, sus dedos moviéndose rápido sobre la pantalla, y por primera vez en varios días sentí el peso completo de nuestra vida real —Marlene, Sokolov, la agencia, todo lo que existía más allá de esta isla— volver a hacerse presente con una fuerza que casi había olvidado.

La respuesta llegó apenas doce minutos después, mucho más rápido de lo habitual, lo cual ya de por sí me dijo que el contenido de nuestro mensaje había generado el tipo de urgencia que rara vez veíamos en la central.

Confirmado. DGSE perdió contacto con dos agentes en la misma zona hace seis meses. Caso archivado como "extracción fallida, causas desconocidas". Proceder con máxima cautela. No intenten contacto adicional con archivo Ferro. Repito: no intenten contacto adicional.

—"Extracción fallida, causas desconocidas" —leí en voz alta, sintiendo el peso de cada palabra—. Eso es la forma elegante de decir que nadie sabe qué les pasó, y que nadie ha hecho gran cosa por averiguarlo.

—O que alguien decidió que no valía la pena el riesgo de averiguarlo.

Alexander se sentó en el borde de la cama, con el teléfono todavía en la mano, la luz de la pantalla iluminando una expresión que reconocí de otros momentos difíciles de la misión: la mandíbula tensa, los ojos fijos en un punto indefinido, calculando variables que probablemente no tenían una solución limpia.

—Marlene nunca dice "máxima cautela" sin razón —comenté—. Ni siquiera cuando estuvimos en Múnich, y esa misión terminó con dos heridos.

—Lo sé. Lo cual significa que sabe algo sobre Ferro que no nos ha contado, o que está tan preocupada como nosotros y prefiere no admitirlo directamente en un mensaje cifrado.

—¿Crees que deberíamos pedir extracción?

Alexander se quedó en silencio un momento, considerando la pregunta con más seriedad de la que hubiera mostrado hace una semana, cuando la respuesta habría sido automática.

—Todavía no. No sin la confirmación completa de lo que le pasó a Marianne. Si abortamos ahora, perdemos la única oportunidad real de averiguarlo, y de asegurarnos de que Ferro no vuelva a hacerlo con la próxima pareja que envíen aquí.

Nos quedamos en silencio un momento, ambos procesando las implicaciones de un mensaje que, lejos de tranquilizarnos, había multiplicado la sensación de peligro que ya cargábamos desde el descubrimiento en la biblioteca.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio, distinto al toque autoritario del asistente de Ferro de esa mañana: más lento, casi vacilante. Ambos nos pusimos en alerta de inmediato, la calma doméstica de hace un momento desapareciendo con la misma rapidez con la que había llegado.

—¿Quién es? —pregunté, guardando instintivamente el teléfono bajo la almohada.

—Charlotte —respondió una voz al otro lado, baja, apremiante—. Necesito hablar con ustedes. A solas.

Reconocí de inmediato el tono, muy distinto al de la risa fácil que había mostrado en la fiesta, y sentí que cualquier plan de dormir esa noche acababa de posponerse indefinidamente.

Intercambié una mirada rápida con Alexander antes de abrir la puerta. Charlotte entró casi corriendo, cerrando de inmediato detrás de ella, con una expresión completamente distinta a la mujer relajada y bromista que habíamos conocido en la fiesta. Llevaba puesta una bata, el cabello suelto, y algo en su postura sugería que había llegado hasta nuestra habitación sin pensarlo demasiado, movida más por urgencia que por cualquier plan cuidadoso.

—Dimitri les fue asignado por una razón específica —dijo, sin ningún preámbulo, sentándose en la única silla de la habitación sin esperar invitación—. No es simple cortesía. Es lo que hace Damian cuando empieza a sospechar seriamente de alguien.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Alexander, con la misma calma calculada que aplicaba a cualquier fuente de información nueva.

—Porque a Marianne también le asignaron un Dimitri, dos semanas antes de que desaparecieran.

El nombre, dicho en voz alta por alguien que no fuera Ferro o Valentina, adquirió un peso distinto, más real, más urgente.

—¿Los conociste bien? —pregunté, sentándome frente a ella en el borde de la cama.

—Lo suficiente. Marianne era encantadora. Reíamos juntas, compartíamos vino, hablábamos de tonterías como cualquier par de amigas normales. Nunca sospeché nada raro sobre ella, hasta que un día, simplemente, ya no estaba.

Charlotte se detuvo, respirando hondo, como si el simple acto de recordar le costara un esfuerzo considerable. Sus manos, entrelazadas sobre el regazo, temblaban apenas, un detalle que no encajaba con la mujer despreocupada de las fiestas.

—¿Nadie preguntó qué había pasado?

—Todos preguntamos. Damian dijo que habían tenido una emergencia familiar y se habían ido de forma abrupta. Nadie lo cuestionó en voz alta, aunque estoy segura de que muchos, como yo, no le creímos del todo.

—¿Por qué nos cuentas esto ahora? —preguntó Alexander, con una desconfianza que no intentó disimular.

Charlotte se quedó en silencio un momento, considerando la pregunta con más seriedad de la que había mostrado hasta entonces. Se llevó una mano al cabello, un gesto nervioso que no encajaba con la mujer segura de sí misma que había conocido en la fiesta.

—Porque ustedes me caen bien. De verdad. Y porque, a diferencia de Marianne, ustedes todavía tienen tiempo de irse antes de que sea demasiado tarde.

—¿Y tú por qué no te has ido? —pregunté, con más suavidad de la que había usado hasta entonces.

—Es complicado. Mi marido tiene negocios importantes con Damian. Salir de aquí sin él significaría perderlo todo, y quedarme sin decir nada significa vivir con la conciencia de lo que sé. Ninguna de las dos opciones me parece particularmente buena.




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