Alexander
Encontré a Valentina esperándome junto a la piscina la mañana siguiente, sola, sin Ferro, en un momento en que Emma se había quedado en la habitación terminando de vestirse y Dimitri, por primera vez en dos días, no estaba a la vista.
El agua de la piscina reflejaba la luz temprana con una calma que contrastaba con la tensión que sentí instalarse en mi estómago apenas la vi, sentada con las piernas cruzadas en una tumbona, sosteniendo una taza de café que probablemente ya se había enfriado sin que le importara demasiado.
—Thomas —saludó, con una sonrisa que no intentó disimular su naturaleza calculada—. Qué coincidencia encontrarte solo.
—No creo en las coincidencias, Valentina. Menos viniendo de alguien como usted.
Ella rió, un sonido genuinamente divertido que contrastaba con la tensión que había mostrado durante la confrontación de la fotografía. Se acomodó en la tumbona, cruzando las piernas con la misma elegancia calculada que aplicaba a todo lo demás, y por un momento me pregunté cuántas versiones de sí misma había perfeccionado a lo largo de los años para sobrevivir en este mundo.
—Siéntate. Te prometo que esta conversación merece la incomodidad de una silla de piscina.
—Prefiero quedarme de pie.
—Por supuesto que prefieres. Es exactamente lo que Marianne me contó que hacía tu predecesor la primera vez que hablaron.
La mención, tan casual, tan cargada de implicaciones, me obligó a reconsiderar cada suposición que había hecho sobre esta mujer en los últimos minutos.
—¿Y cómo exactamente llegó a contarte eso? Ustedes dos no parecen haber sido precisamente amigas cercanas frente a Ferro.
—Eso es una historia para otro día, Thomas. Hoy no tenemos tiempo para todos mis secretos.
Dejó la respuesta ahí, sin ceder ni un centímetro más, y decidí no insistir, aunque anoté mentalmente esa evasión como algo que valdría la pena investigar más adelante.
—Inteligente. Eso confirma lo que ya sospechaba sobre ti.
—¿Y qué sospecha exactamente?
—Que no eres arquitecto. Ni remotamente.
No respondí de inmediato, calculando cada posible reacción y descartándolas todas por igual de peligrosas. Cualquier negación sonaría defensiva; cualquier confirmación sería, literalmente, una confesión.
—Es una acusación seria —dije finalmente, con la calma más absoluta que logré reunir.
—No es una acusación. Es una observación. Y no estoy aquí para delatarte a Damian, si eso es lo que te preocupa.
—¿Entonces por qué está aquí?
Valentina se sentó en el borde de una tumbona, invitándome con un gesto a hacer lo mismo, aunque preferí quedarme de pie, manteniendo la distancia que mi entrenamiento me exigía frente a cualquier variable desconocida.
—Porque yo tampoco soy quien digo ser, Thomas. Y reconozco a los de mi propia especie con bastante facilidad.
La confesión me tomó desprevenido, aunque no dejé que se notara. Repasé mentalmente cada expediente que había revisado antes de esta misión, cada nombre, cada agencia posible, sin encontrar ninguna coincidencia clara con la mujer que tenía delante. Su acento, su postura, la forma en que sostenía la taza sin dejar que ningún gesto revelara nerviosismo: todo apuntaba a un entrenamiento tan riguroso como el mío propio.
—¿Para quién trabaja?
—Esa es una pregunta que prefiero no responder todavía. Pero te diré esto: llevo dos años intentando descubrir exactamente qué le pasó a la gente que Damian ha "perdido" en esta isla. Marianne. Julien. Y otros nombres antes de ellos que probablemente ni siquiera conoces.
—¿Otros?
—Damian lleva más tiempo del que imaginas jugando este juego particular. Marianne no fue la primera pareja que desapareció de esta propiedad sin explicación satisfactoria. Fue, simplemente, la más reciente que yo he podido documentar con certeza.
—¿Cuántos, exactamente?
—Cuatro que puedo confirmar. Probablemente más que todavía no he logrado rastrear.
Sentí el peso de esa información instalarse con la misma fuerza que cualquier otra revelación que hubiéramos descubierto en esta misión, multiplicando exponencialmente los riesgos que ya calculaba constantemente. Cuatro parejas. Ocho personas, como mínimo, que habían llegado a esta isla con la misma confianza que nosotros mismos habíamos mostrado apenas unos días atrás.
—¿Por qué me cuenta esto a mí, y no a las autoridades correspondientes?
—Porque las autoridades correspondientes, en mi experiencia, tienden a proteger a hombres como Damian Ferro más de lo que los persiguen. Tiene contactos en lugares que preferirías no imaginar. Necesito pruebas irrefutables antes de mover cualquier pieza, y necesito aliados dentro de la isla que puedan ayudarme a conseguirlas sin levantar sospechas.
—¿Y confía en que nosotros seamos esos aliados basándose en qué exactamente? Nos conocemos hace apenas unos días.
—Basándome en catorce años de experiencia leyendo a la gente, Thomas. Es un poco más que suficiente para reconocer cuándo alguien está representando un papel y cuándo alguien está genuinamente desesperado por respuestas.
—¿Y por qué cree que nosotros seríamos esos aliados?
Valentina sonrió, esta vez con algo parecido a la simpatía genuina.
—Porque ya están investigando por su cuenta. Los vi salir de la biblioteca ayer con una prisa que ningún paseo inocente justificaría. Y porque, a diferencia de la mayoría de la gente que pasa por esta isla, ustedes dos parecen tener una razón real para querer que Damian pague por lo que hizo.
No confirmé ni negué la visita a la biblioteca, aunque el hecho de que ella lo supiera con tanta certeza confirmaba, con más claridad que cualquier otra cosa, que nuestra vigilancia mutua había sido considerablemente menos discreta de lo que hubiéramos preferido.
—¿Cuánto más sabe sobre nosotros de lo que hemos dicho hasta ahora?
—Suficiente para saber que no son Thomas e Isabelle Moreau. Pero no tanto como para saber exactamente para quién trabajan, ni por qué. Y prefiero mantenerlo así, para ambos.
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Editado: 18.08.2026