Emma
Discutimos la decisión mientras el sol descendía, sin repetir los mismos argumentos de confianza que ya habíamos agotado la noche anterior con Charlotte. Esta vez la pregunta era más simple, y más difícil: ¿quiénes queríamos ser a partir de ahora?
—¿Qué haría el Alexander metódico de hace dos semanas? —pregunté, sentada en el borde de la cama, observando la cortina cerrada que definiría el resto de nuestra misión.
—Exigir un análisis de riesgo completo, con datos verificables, no con la palabra de dos mujeres que apenas conocemos.
—¿Y el Alexander de ahora?
Se quedó en silencio un momento, mirando la misma cortina que yo observaba, como si la tela pudiera ofrecerle alguna respuesta que la lógica pura no lograba darle.
—Cree que Charlotte nos dio información real sin pedir nada a cambio más que sentirse menos cómplice. Y cree que Valentina, por razones que todavía no comprendo del todo, quiere lo mismo que nosotros: que Ferro deje de hacer esto.
—Entonces la abrimos.
Caminé hacia la ventana antes de que pudiera arrepentirme, descorriendo la cortina con un movimiento decidido que dejó entrar la última luz dorada de la tarde. Desde ahí, si alguien estaba observando desde el jardín, la señal sería perfectamente visible.
—Ya está —dije, sintiendo el peso de la decisión instalarse en mi pecho con la misma fuerza que cualquier salto sin red que hubiera dado antes en mi carrera—. No hay vuelta atrás.
—Nunca la hay, con nosotros.
Se acercó, situándose junto a mí frente a la ventana abierta, y por un momento ninguno de los dos dijo nada más, simplemente observando el jardín en silencio, preguntándonos, cada uno por separado, si acabábamos de cometer el error que terminaría con nuestros nombres archivados en la misma biblioteca donde habíamos encontrado a Marianne.
Esperamos el resto de la tarde sin ninguna señal de respuesta, hasta que, ya entrada la noche, un pequeño sobre apareció deslizado bajo nuestra puerta, sin ningún remitente, sin ninguna marca que lo vinculara directamente con Valentina. Alexander lo recogió con la misma precaución con la que hubiera manejado cualquier objeto potencialmente comprometido, revisándolo por ambos lados antes de abrirlo.
Cobertizo del embarcadero sur. Medianoche. Ven solo, Isabelle. Dos personas llaman más la atención que una.
Leí la nota dos veces, sintiendo cómo el estómago se me apretaba con cada palabra, consciente de que cualquier decisión que tomáramos en los próximos minutos determinaría el rumbo del resto de la misión.
—No —dijo Alexander de inmediato, antes de que terminara de leer la nota completa por segunda vez.
—Es la única forma de que confíe lo suficiente para hablar con libertad.
—Es exactamente el tipo de trampa que cualquier persona entrenada usaría para separarnos.
—Lo sé. Y por eso mismo voy a llevar el arma que escondiste en el forro de mi maleta desde el primer día, aunque hayas pretendido que no sabía que estaba ahí.
Su expresión cambió, sorprendido de que hubiera descubierto algo que había intentado ocultar con tanto cuidado, aunque la sorpresa duró apenas un segundo antes de convertirse en la misma resignación calculada que aplicaba a cualquier riesgo inevitable.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde la segunda noche en el apartamento de entrenamiento. Soy buena registrando dónde guarda la gente las cosas que no quiere que encuentre.
—Debería haberlo sabido.
—Deberías. Pero preferiste subestimarme, y ahora te toca vivir con las consecuencias de esa decisión.
Casi sonrió, a pesar de la tensión del momento, antes de recuperar la seriedad que la situación exigía.
—Tendrás quince minutos. Si no has vuelto para entonces, voy detrás de ti, sin importar las consecuencias.
—Quince minutos.
Salí de la habitación a las once cincuenta, con Dimitri afortunadamente relevado por otro guardia que patrullaba con menos atención, y me deslicé hacia el embarcadero sur por los caminos menos iluminados que habíamos memorizado durante nuestra exploración de la propiedad. La noche estaba despejada, la luna apenas un delgado filo de luz sobre el océano, suficiente para orientarme pero no tanto como para delatar mi silueta a cualquier guardia distraído.
El cobertizo apareció ante mí exactamente donde la nota indicaba, una estructura pequeña de madera que olía a sal y a motor viejo, con una única luz encendida filtrándose por debajo de la puerta. Empujé la puerta despacio, el arma escondida bajo mi chaqueta un peso reconfortante contra mis costillas.
Valentina me esperaba dentro, sentada sobre una caja de herramientas, con una expresión que no reconocí de nuestros encuentros anteriores: menos calculada, más genuinamente cansada.
—Viniste sola. Bien. Eso confirma que al menos uno de los dos sabe tomar decisiones difíciles sin necesitar consultarlo todo primero.
—Alexander me está cronometrando. Tengo quince minutos.
—Entonces seré breve. Marianne me contactó tres días antes de desaparecer. Tenía miedo, aunque intentaba disimularlo frente a Damian con la misma habilidad con la que ustedes lo hacen ahora. Me dijo que había encontrado algo en el despacho privado de Damian, algo que él guardaba bajo llave incluso de sus empleados más cercanos.
—¿Qué encontró?
—No llegó a decírmelo. Esa fue la última vez que hablamos.
Un crujido repentino contra la pared exterior del cobertizo nos congeló a las dos a mitad de frase. Valentina se llevó un dedo a los labios, apagando la única luz de un manotazo, y esperamos en la oscuridad completa, sin respirar, hasta que el sonido de pasos alejándose por la grava confirmó que se trataba de alguien pasando cerca, no directamente hacia nosotras.
—Personal nocturno —susurró Valentina, encendiendo la luz de nuevo, aunque su voz había perdido parte de la calma de hacía un momento—. O eso espero.
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Editado: 18.08.2026