Matrimonio Encubierto

Capítulo 19

Alexander

Ferro me esperaba de pie en el pasillo, con las manos entrelazadas a la espalda, exactamente en la postura que había aprendido a reconocer como el preludio de algo que no me gustaría escuchar. La luz de la mañana entraba por los ventanales del pasillo principal, dibujando franjas doradas sobre el mármol pulido, un contraste extraño con la tensión que ya sentía instalarse en mi pecho apenas lo vi ahí, esperando, con la paciencia de quien sabe exactamente cuánto tiempo necesita para obtener lo que busca.

—Thomas. Justo el hombre que buscaba. ¿Tiene un momento?

—Por supuesto.

Me guió hacia su despacho principal, el mismo donde nos había recibido el primer día, aunque esta vez la cordialidad de su voz llevaba un filo distinto, más afilado, más calculado. Cerró la puerta detrás de nosotros con un chasquido suave que sonó, de todos modos, definitivamente final.

—¿Durmió bien anoche? —preguntó, sirviéndose una copa de algo ambarino sin ofrecerme una a mí.

—Perfectamente. ¿Por qué lo pregunta?

—Curiosidad. Uno de mis hombres mencionó haber visto luz encendida en su habitación pasada la medianoche. Me pareció una hora extraña para seguir despiertos, considerando que ambos parecían agotados en la cena de anoche.

Bebió un sorbo despacio, sin apartar los ojos de mí, dejando que el silencio hiciera parte del trabajo de presión que sus palabras ya habían empezado.

Sentí cada músculo de mi cuerpo tensarse con la disciplina de años de entrenamiento, calculando exactamente cuánto sabía Ferro, y cuánto simplemente sospechaba lo suficiente para tantear el terreno.

—Isabelle tuvo dificultades para dormir. Nada grave.

—Qué considerado, quedarse despierto acompañándola.

—Es lo que hacen los maridos, según tengo entendido.

Ferro sonrió, un gesto que no llegó del todo a sus ojos, y se sentó detrás de su escritorio, observándome con la misma atención clínica que aplicaba a todo lo demás en esta isla.

—¿Sabe, Thomas? Empiezo a notar un patrón interesante en usted y su esposa. Aparecen en lugares donde no deberían estar. Muestran una curiosidad selectiva sobre ciertos temas. Y ahora, luces encendidas a horas extrañas.

Contó cada punto con los dedos, como si estuviera repasando una lista que ya había memorizado con anterioridad, un gesto burocrático que resultaba, de alguna forma, más inquietante que cualquier amenaza directa.

—Suena como si estuviera acusándome de algo, Damian.

—No es una acusación. Es una observación, como ya le dije a Isabelle hace unos días. Simplemente me gusta entender a la gente que invito a mi casa.

Consideré cada posible respuesta, descartando las que sonarían demasiado defensivas, eligiendo finalmente la que menos revelaría sin sonar sospechosamente calculada.

—Entiendo su cautela, considerando lo que le pasó a la pareja anterior. Pero le aseguro que nosotros no tenemos ninguna intención de darle motivos para preocuparse.

Algo cambió en la expresión de Ferro ante la mención directa de Marianne, un destello rápido de sorpresa antes de que la máscara cordial volviera a instalarse con la misma rapidez de siempre. Fue apenas un segundo, pero suficiente para confirmar lo que ya sospechaba: bajo toda esa compostura calculada, seguía existiendo un hombre que no había terminado de procesar lo que fuera que le había pasado a esa mujer.

—¿Quién le habló de eso?

—Usted mismo, en el mirador. Y Valentina, durante la conversación de la fotografía.

—Cierto. Había olvidado cuánto compartí esa mañana.

Su voz, al decirlo, sonó ligeramente más apagada de lo habitual, como si el recuerdo mismo de esa confesión le costara algo que prefería no pagar frente a un invitado.

El silencio que siguió se sintió cargado, ambos evaluando exactamente cuánto terreno acababa de cederse en esa breve confesión, aunque ninguno de los dos estaba dispuesto a admitirlo directamente en voz alta.

—Damian, si hay algo específico que le preocupa sobre nosotros, preferiría que me lo dijera directamente. Prefiero la honestidad a las insinuaciones.

Se quedó en silencio un momento, considerando la propuesta con la misma seriedad que aplicaba a cualquier negociación importante.

—Muy bien. Seré directo, entonces. Mi personal de seguridad reportó actividad inusual cerca del embarcadero sur anoche. Nada concluyente. Ninguna cámara captó rostros claros. Pero la coincidencia con las luces de su habitación me resulta, digamos, digna de mención.

Repasé mentalmente cada segundo de la noche anterior, buscando algún error que hubiéramos cometido, alguna cámara que Charlotte no hubiera contemplado en su información sobre los turnos de seguridad. No encontré ninguno evidente, lo cual no significaba que no existiera.

Mantuve mi expresión perfectamente controlada, aunque cada instinto entrenado en mí gritaba que necesitábamos salir de esta conversación con la menor cantidad de información nueva posible sobre nuestros movimientos.

—Lamento no poder ayudarlo con esa pregunta en particular. Estuvimos en la habitación toda la noche.

—Por supuesto que sí.

El tono con el que lo dijo dejaba perfectamente claro que no me creía en absoluto, aunque tampoco parecía dispuesto a presionar más allá de esa velada advertencia.

—¿Eso es todo, Damian?

—Por ahora. Aunque le sugeriría, Thomas, que si usted o su esposa tienen algún interés particular en ciertas partes de mi propiedad, sería mucho más simple, y mucho más seguro para ambos, que simplemente me lo preguntaran directamente.

La oferta, disfrazada de generosidad, era exactamente el tipo de trampa que cualquier persona entrenada reconocería de inmediato: una invitación a confesar envuelta en la apariencia de cortesía.

—Lo tendré en mente.

—Espero que sí.

Se levantó, indicando con el gesto que la conversación había terminado, aunque me detuvo con una última observación cuando ya tenía la mano en la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.