Alexander
Encontramos a Valentina esa misma tarde, fingiendo interés en una exposición de arte improvisada que Ferro había organizado en el salón principal, un despliegue de esculturas modernas que probablemente valían más que cualquier misión que hubiera ejecutado en mi carrera.
Los demás invitados circulaban entre las piezas con copas de champán en la mano, comentando precios y procedencias con la misma superficialidad calculada que aplicaban a cualquier otra conversación en esta isla. Encontré a Valentina junto a una escultura de bronce retorcido, sola por un momento, observando la pieza con más atención de la que probablemente merecía.
—Necesitamos hablar —le dije, acercándome lo suficiente para que nadie más pudiera escuchar, mientras fingía admirar una escultura de bronce que no tenía ningún interés real en observar.
—Aquí no. Demasiados ojos.
—Aquí, ahora, o no vuelvo a confiar en una sola palabra que salga de tu boca.
Valentina me miró, sorprendida por la dureza inesperada de mi tono, aunque se recompuso con la misma rapidez de siempre.
—Muy bien. ¿Qué pasa?
—Ferro sabe que fuimos dos personas anoche. Dijo que su seguridad no captó rostros claros, pero sabía el número exacto de personas presentes. Eso es información que solo alguien en ese cobertizo pudo haberle dado, o alguien que te vio entrar sin que te dieras cuenta.
Algo cruzó su expresión, demasiado rápido para nombrarlo con certeza, aunque me pareció genuina sorpresa, no la culpa calculada de alguien que había sido descubierta.
—Yo no le dije nada.
—¿Cómo puedo creerte?
—Porque si hubiera querido delatarlos, no habría tenido que inventar una reunión secreta a medianoche. Podría haber hablado con Damian directamente, en cualquier momento, sin ningún riesgo para mí misma.
—Eso asume que confío en tu lógica tanto como en la evidencia.
—Asume que eres lo bastante inteligente para reconocer cuándo un argumento tiene sentido, incluso viniendo de alguien en quien no confías del todo. Y creo que lo eres, Thomas.
El argumento tenía sentido lógico, aunque la lógica, en esta isla, había dejado de ser suficiente garantía de nada.
—Entonces, ¿quién?
—Dimitri —respondió sin dudar, sin ninguna de las pausas calculadas que había usado hasta entonces—. Patrulla esa zona regularmente, aunque se supone que estaba de descanso anoche. Es posible que los haya visto llegar y salir, sin necesariamente ver mi rostro, si mantuve la distancia suficiente dentro del cobertizo.
—¿Y si te vio a ti también?
—Entonces ya estaría muerta, o algo peor. Damian no es de los que esperan para actuar cuando tiene pruebas concretas. Su cautela con ustedes sugiere que todavía no tiene certeza absoluta, solo sospecha fundada.
—Eso significaría que Ferro sospecha de nosotros, no necesariamente de ti.
—Exactamente. Lo cual, para efectos prácticos, no cambia mucho la urgencia de la situación.
—¿Cuánto tiempo crees que tenemos antes de que decida actuar sobre esa sospecha?
—Con Damian, es imposible saberlo con certeza. Podría ser paciente durante semanas, esperando pruebas concretas. O podría decidir mañana mismo que la sospecha es suficiente. Es parte de lo que lo hace tan peligroso: nadie sabe exactamente dónde traza esa línea hasta que ya la ha cruzado.
Emma se acercó en ese momento, completando el pequeño grupo con la naturalidad de quien simplemente se une a una conversación social sobre arte contemporáneo, aunque su expresión, solo visible para nosotros dos, delataba la misma tensión que yo sentía. Se detuvo frente a la escultura, inclinando la cabeza como si realmente la estuviera evaluando, un gesto perfectamente calibrado para cualquier observador casual.
—Necesitamos movernos antes de que Ferro decida que la paciencia ya no es una estrategia razonable —dijo, con voz baja—. ¿Tienes ya la información sobre el sistema biométrico del despacho?
—La tengo. Huella dactilar y reconocimiento facial, ambos vinculados exclusivamente a Damian. No hay forma de replicar eso sin acceso directo a él.
—¿Entonces cómo sugieres que entremos?
Valentina sonrió, una expresión que combinaba cansancio con algo parecido a la determinación.
—No sugiero que entremos por la puerta principal. Sugiero que aprovechemos la fiesta de aniversario que Damian organiza cada año, en tres días, para celebrar la fundación de esta propiedad. Durante esa noche, él mismo desactiva temporalmente los sistemas de seguridad más estrictos para permitir el acceso de proveedores externos al ala de servicio. Es la única ventana que conozco donde el despacho queda, técnicamente, menos protegido de lo habitual.
—Cuánto dura esa ventana?
—Cuarenta minutos, aproximadamente, mientras el catering termina de instalarse. Suficiente tiempo si nos movemos con precisión, insuficiente si algo sale mal en el camino.
—¿Y quién distraerá al personal de seguridad durante esos cuarenta minutos?
—Yo. Tengo una relación lo bastante cercana con el jefe de seguridad de Damian como para mantenerlo entretenido el tiempo necesario, sin que sospeche que es exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Y si sospecha?
—Entonces improvisaré. Es lo que mejor sé hacer, después de dos años practicando exactamente ese tipo de improvisación en esta isla.
—¿Y la huella, el reconocimiento facial?
—Eso seguirá activo. Pero conozco a alguien entre el personal de catering que puede conseguirnos quince minutos de distracción real, suficientes para que alguien capaz de forzar cerraduras mecánicas haga su trabajo mientras el sistema principal está temporalmente desviado hacia otra área.
Consideré el plan con el mismo rigor que aplicaba a cualquier operación de alto riesgo, calculando cada variable, cada posible punto de fallo, cada consecuencia si algo salía mal en el momento equivocado. Cuarenta minutos era poco tiempo para vulnerar una cerradura mecánica adicional a la biométrica, revisar el contenido de un despacho completo, fotografiar cualquier evidencia relevante, y salir sin dejar rastro. Poco tiempo, pero no imposible, si cada movimiento estaba perfectamente coordinado desde el inicio.
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Editado: 18.08.2026