Emma
La fiesta de aniversario de Damian Ferro empezó con la misma pompa calculada de todo lo demás en esta isla: fuegos artificiales sobre el océano, un cuarteto de cuerdas reforzado por una orquesta completa, y suficiente champán como para llenar la piscina entera si alguien decidiera intentarlo.
Todo el personal, incluido el catering externo que Valentina nos había prometido, circulaba con la eficiencia coreografiada de un evento que Ferro llevaba organizando de la misma forma durante años. Los invitados, más numerosos que en cualquier otra reunión anterior, llenaban cada rincón del jardín y del salón principal, ofreciendo exactamente el tipo de caos controlado que necesitábamos para pasar desapercibidos.
Vestía de azul esa noche, un color que Marlene había incluido específicamente en el equipaje con una nota que solo decía "por si necesitas pasar desapercibida en una multitud elegante", y por primera vez en semanas agradecí genuinamente su previsión. Me pregunté, mientras me abrochaba los últimos broches del vestido, cuántas otras decisiones aparentemente triviales de Marlene habían sido, en realidad, cálculos meticulosos para escenarios que ella ya anticipaba mucho antes de que nosotros mismos supiéramos que los necesitaríamos.
—¿Lista? —murmuró Alexander, ajustándose los gemelos con la misma precisión ritual que aplicaba antes de cualquier misión de alto riesgo.
—Nací lista.
—Eso dijiste el primer día. Sigue sin ser del todo cierto.
—Pero suena bien.
Sonrió, apenas, un gesto pequeño que no llegó a distraerlo de la tensión evidente en cada línea de su cuerpo, y por un momento deseé poder devolverle algo de esa misma calma que él siempre lograba proyectar hacia afuera, aunque sospechaba que por dentro sentía exactamente la misma inquietud que yo.
Cruzamos el salón principal saludando a cada invitado con la misma sonrisa entrenada de siempre, contando mentalmente los minutos hasta que Valentina nos diera la señal acordada: un pañuelo rojo visible en su muñeca izquierda, indicando que el jefe de seguridad estaba suficientemente distraído para que empezáramos a movernos hacia el ala privada de la mansión.
Charlotte pasó cerca de nosotros en algún momento, sin detenerse, solo lo suficiente para rozar mi brazo y susurrar "buena suerte" antes de perderse entre la multitud, un gesto pequeño que confirmó, sin necesidad de más palabras, que sabía exactamente qué estábamos a punto de hacer esa noche.
La señal llegó a las diez y cuarenta y tres, apenas un destello de tela roja mientras Valentina reía de algo que el jefe de seguridad acababa de decir, su mano apoyada en el brazo de él con una familiaridad que probablemente le costaba mucho más de lo que dejaba ver.
—Ahora —susurré, y nos deslizamos juntos hacia el pasillo lateral que Charlotte nos había señalado semanas atrás, el mismo que llevaba hacia el ala de servicio donde el catering entraba y salía sin llamar demasiado la atención.
El despacho de Ferro estaba exactamente donde Valentina había indicado: al final de un corredor secundario, protegido por una puerta de madera maciza que no delataba en absoluto la tecnología escondida detrás de su apariencia anticuada. El corredor estaba desierto, iluminado apenas por un par de apliques discretos, y el sonido de la fiesta llegaba amortiguado desde la distancia, como si perteneciera a otro mundo completamente distinto al que estábamos a punto de entrar.
Alexander se arrodilló frente a la cerradura mecánica, sus manos moviéndose con la misma precisión metódica que aplicaba a cualquier otra tarea, mientras yo vigilaba el corredor, contando cada segundo que pasaba.
—Treinta segundos —susurré.
—Dame un minuto más. Esta cerradura es mejor de lo que esperaba.
—No tenemos un minuto más.
—Entonces confía en que sé lo que hago.
Sentí mi propio pulso acelerarse con cada segundo adicional, calculando mentalmente las probabilidades de que alguien decidiera usar ese corredor exactamente en ese momento, mientras Alexander seguía trabajando con una concentración que no permitía ninguna distracción, ni siquiera la mía. El sudor frío en la nuca, el silencio pesado del corredor vacío, todo contribuía a una tensión que ningún entrenamiento lograba del todo eliminar.
El chasquido final llegó exactamente cuando mi cuenta mental llegaba a los cincuenta y ocho segundos, y la puerta cedió con un movimiento suave que no delataba en absoluto la tensión que ambos habíamos sentido durante todo el proceso.
El despacho interior nos recibió con una oscuridad casi total, apenas iluminada por la luz de la luna que entraba por un ventanal orientado hacia el océano. El espacio era más pequeño de lo que había imaginado, casi austero comparado con el resto de la propiedad: un escritorio de madera oscura, estanterías repletas de libros que probablemente nadie había leído nunca, y ese archivador de metal que se había convertido en el objetivo central de toda esta operación.
Alexander encendió una linterna pequeña, cubriendo la mayor parte del haz con la mano para minimizar cualquier posibilidad de que la luz se filtrara hacia el exterior.
—El sistema biométrico está ahí —señaló, iluminando un panel discreto junto al archivador—. Pero Valentina dijo que el archivador principal no requiere huella, solo la cerradura convencional que ya sabemos manejar.
—¿Y qué necesita la huella?
—Probablemente la caja fuerte que veo detrás del escritorio. Eso tendrá que esperar para otra ocasión. No tenemos tiempo esta noche.
Miré hacia la caja fuerte que mencionaba, un objeto pequeño pero robusto empotrado en la pared detrás del escritorio, y me pregunté cuántos secretos más guardaría ese espacio diminuto, secretos que tendríamos que dejar sin descubrir por ahora, esperando una oportunidad futura que ninguno de los dos podía garantizar que llegaría.
Me moví hacia el archivador mientras Alexander vigilaba la puerta, forzando la cerradura con la misma técnica que había usado en la biblioteca semanas atrás. El primer cajón se abrió con un chirrido que ambos contuvimos la respiración esperando que nadie hubiera escuchado desde el pasillo.
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Editado: 18.08.2026