Emma
La respuesta llegó cuando el sol ya empezaba a asomar sobre el horizonte, después de una noche entera sin dormir, revisando una y otra vez cada fotografía que habíamos capturado en el despacho de Ferro. Habíamos hablado poco durante esas horas, cada uno perdido en sus propios cálculos, reconstruyendo mentalmente cada misión pasada que pudiera conectarse con lo que acabábamos de descubrir.
El café que había pedido al servicio de habitaciones se había enfriado hacía rato sobre la mesita, olvidado, mientras ambos permanecíamos sentados en el suelo, rodeados de páginas impresas que Alexander había insistido en sacar en papel, "por si acaso el teléfono deja de ser confiable en algún momento", había dicho, con una desconfianza que apenas unos días atrás me hubiera parecido excesiva.
El mensaje venía cifrado con un protocolo que no reconocí de inmediato, distinto al canal habitual que usábamos con Marlene, con una firma que Alexander identificó apenas lo vio aparecer en la pantalla. Se incorporó de golpe, cualquier rastro de cansancio desapareciendo de su rostro en el instante en que reconoció el formato del mensaje entrante.
—Es real —dijo, con una mezcla de alivio y aprensión que no intentó disimular—. El contacto de Sokolov respondió.
Confirmado: fotografías corresponden a Operación Cascada (Berlín) y Operación Vidrio (Praga), ambas archivadas bajo clasificación restringida. Acceso limitado a cuatro personas en el momento de cada operación. Investigación interna iniciada. Un nombre coincide en ambos registros de acceso: Comandante Viktor Reyes, transferido a labores administrativas hace catorce meses tras irregularidades no resueltas en manejo de fondos operativos. Reyes actualmente sin ubicación confirmada. Precaución máxima recomendada.
Leí el mensaje dos veces, sintiendo cómo cada palabra se asentaba con el peso específico de una respuesta real, verificable, no otra capa más de sospecha sin fundamento. Después de días enteros construyendo teorías sobre sombras y silencios, tener finalmente un nombre concreto se sentía casi tan desestabilizador como reconfortante.
—¿Conoces a ese hombre? —pregunté, mirando a Alexander, cuya expresión había cambiado a algo que no le había visto antes: reconocimiento genuino, mezclado con una furia contenida que rara vez dejaba salir a la superficie.
—Viktor Reyes fue mi superior directo durante los primeros cinco años de mi carrera. Me entrenó personalmente. Confié en él más que en cualquier otro oficial que haya conocido, hasta que desapareció de mi radar sin ninguna explicación clara hace poco más de un año.
Se quedó mirando la pantalla del teléfono un momento más, como si repasara mentalmente cada instrucción, cada consejo, cada lección que Reyes le había enseñado a lo largo de esos cinco años, buscando ahora, con una desconfianza retroactiva dolorosa, alguna señal que hubiera pasado por alto entonces.
—¿Cómo era él? —pregunté, con más suavidad de la que había usado en el resto de la conversación—. Como persona, quiero decir. No como oficial.
Alexander se tomó un momento antes de responder, como si la pregunta le costara más que cualquier análisis táctico que hubiéramos discutido hasta entonces.
—Paciente. Meticuloso. El tipo de hombre que corregía tus errores sin hacerte sentir estúpido por cometerlos. Me enseñó la mitad de lo que sé sobre este trabajo, y la otra mitad la aprendí tratando de estar a la altura de lo que él esperaba de mí.
—¿Y nunca sospechaste nada?
—Nunca tuve razones para hacerlo. Hasta ahora.
El peso de esa revelación se sintió distinto a cualquier otra pista de esta misión: no era una sospecha vaga sobre un enemigo desconocido, sino la traición concreta de alguien que Alexander había considerado, durante años, un mentor. Vi algo quebrarse en su expresión, apenas perceptible, la clase de dolor que solo aparece cuando la confianza depositada durante años resulta, retroactivamente, haber sido mal ubicada desde el principio.
—Entonces fue Reyes.
—O alguien que trabajaba con él.
—En cualquier caso, la filtración empezó mucho antes de que llegáramos a la isla.
—Lo cual significa que esta misión nunca fue exactamente lo que Sokolov y Marlene nos dijeron que era.
—Después de cinco años entrenándote, ¿te parece que encajaría con la persona que conociste?
Se quedó en silencio un momento antes de responder, considerando la pregunta con una honestidad dolorosa.
—Nunca lo hubiera creído hace un año. Pero también nunca hubiera creído que terminaría fingiendo un matrimonio en una isla privada, así que supongo que mi capacidad de predicción últimamente deja bastante que desear.
Volví a leer el mensaje, deteniéndome en la frase que más me inquietaba de todas: irregularidades no resueltas en manejo de fondos operativos. Ese tipo de eufemismo burocrático generalmente escondía algo mucho más sucio que un simple error contable. Había visto ese tipo de lenguaje antes, en otros informes internos, siempre como una forma elegante de evitar la palabra "corrupción" hasta que una investigación formal la confirmara sin lugar a dudas.
—¿Crees que Marlene sabía esto?
—No lo sé. Pero si Reyes fue transferido hace catorce meses por irregularidades, alguien en la cadena de mando tuvo que autorizar esa transferencia. Y ese alguien probablemente tenía acceso a información suficiente para saber exactamente qué estaba pasando.
Sentí el terreno volverse todavía más inestable bajo nuestros pies, cada nueva pieza de información abriendo más preguntas de las que lograba responder. Si Reyes era el topo, ¿trabajaba solo, o formaba parte de una red más amplia que incluía a gente en quien confiábamos ciegamente? ¿Y qué relación tenía exactamente con Damian Ferro, un hombre que vivía a miles de kilómetros de cualquier oficina donde Reyes hubiera trabajado?
—Necesitamos preguntarle a Ferro directamente sobre Reyes —dije, considerando la idea mientras la formulaba en voz alta—. Ver cómo reacciona al nombre.
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Editado: 18.08.2026