Alexander
La oportunidad llegó esa misma tarde, durante un almuerzo informal que Ferro había organizado junto a la piscina para "los invitados que sobrevivieron a la fiesta con la cabeza todavía en su sitio", como él mismo lo había descrito con ese humor seco que nunca terminaba de sonar completamente inofensivo.
El grupo era más reducido que en ocasiones anteriores: Charlotte y su marido, Valentina, Julian Kessler, y nosotros dos, todos sentados alrededor de una mesa cubierta de platos que ninguno parecía particularmente interesado en terminar. El sol de mediodía caía directo sobre la piscina, arrancando destellos del agua que contrastaban con la tensión que Emma y yo cargábamos desde la noche anterior.
Julian intentó, sin mucho éxito, animar la conversación con anécdotas sobre sus últimas inversiones, mientras Charlotte respondía con monosílabos que delataban su propia inquietud, todavía procesando probablemente el peso de lo que nos había confiado sobre el embarcadero semanas atrás.
—¿Y ustedes qué planean hacer el resto de la semana? —preguntó Julian, dirigiéndose a nosotros con la misma cordialidad superficial de siempre—. Damian mencionó algo sobre una excursión de buceo, si el clima acompaña.
—Suena encantador —respondió Emma, sin ninguna intención real de participar en esa conversación más de lo necesario para mantener las apariencias—. Aunque preferimos actividades menos... acuáticas.
Julian rió, sin captar del todo la ironía, y la conversación se disolvió de nuevo en el murmullo general de la mesa, dándonos exactamente la ventana que necesitábamos.
Emma llevó la conversación con la naturalidad de siempre, dejando caer comentarios sobre inversiones, sobre el vino, sobre la decoración de la fiesta de la noche anterior, construyendo el terreno exacto donde necesitábamos que la conversación aterrizara sin que pareciera premeditado.
—Por cierto, Damian —dijo, en un tono tan casual que hasta a mí me costó reconocer el peso real detrás de esas palabras—, alguien mencionó anoche a un tal Viktor Reyes. ¿Le suena el nombre? Parecía tener conexiones interesantes con el mundo de las inversiones internacionales.
El cambio en Ferro fue instantáneo, aunque tan sutil que cualquier observador casual lo habría pasado completamente por alto: la copa se detuvo a medio camino hacia su boca, apenas un segundo, antes de continuar el movimiento como si nada hubiera pasado. Sentí cada músculo de mi cuerpo tensarse, observando esa fracción de segundo con la misma atención que había dedicado a cualquier objetivo crítico en catorce años de misiones.
—Reyes —repitió, con una calma que ahora reconocía como su forma particular de comprar tiempo—. No puedo decir que el nombre me resulte familiar.
Estaba mintiendo. Catorce años de experiencia leyendo microexpresiones me lo confirmaron con la misma certeza con la que hubiera confirmado cualquier otro dato verificable de esta misión. La mandíbula ligeramente tensa, el parpadeo un poco más lento de lo habitual, el ajuste casi imperceptible de su postura: cada señal apuntaba en la misma dirección.
—Qué extraño —continuó Emma, sin perder el tono ligero—. Pensé que, con sus contactos, seguramente lo conocería. Trabaja, o trabajaba, en círculos de inteligencia bastante especializados.
—Conozco a mucha gente en muchos círculos, Isabelle. Sería imposible recordar cada nombre que alguien menciona en una fiesta.
—Por supuesto. Es solo que la persona que lo mencionó pareció bastante segura de que ustedes dos se conocían.
Ferro dejó la copa sobre la mesa con un cuidado que no encajaba con la ligereza que intentaba proyectar, y por un momento, algo genuinamente frío cruzó su expresión, distinto a cualquier otra cosa que le hubiera visto mostrar en toda la misión.
—¿Quién les mencionó ese nombre exactamente? —preguntó, con un tono que ya no fingía completa indiferencia.
—Alguien en la fiesta. No recuerdo con certeza quién —respondió Emma, sosteniendo la mentira con la misma naturalidad de siempre—. ¿Es importante?
—En absoluto. Simple curiosidad sobre quién anda repitiendo nombres al azar en mis propias fiestas.
El tono, aunque cortés, llevaba una advertencia clara que ninguno de los dos necesitó que nos explicaran con más detalle. Ferro se levantó poco después, disculpándose con una excusa sobre asuntos pendientes que sonó tan artificial como cualquier otra excusa que hubiéramos inventado nosotros mismos durante estas semanas, y se alejó hacia la mansión con un paso ligeramente más rápido del habitual.
Valentina, que había permanecido en silencio durante todo el intercambio, nos dedicó una mirada breve antes de disculparse también, siguiendo a Ferro a una distancia prudente, aunque lo bastante cerca como para observar hacia dónde se dirigía exactamente. Me pregunté si esa reacción de Valentina era simple curiosidad profesional, o si acababa de confirmar, con la misma rapidez que nosotros, que el nombre de Reyes había tocado algo mucho más profundo de lo que cualquiera de los presentes estaba dispuesto a admitir en voz alta.
—Lo conoce —dije, en cuanto estuvimos lo bastante lejos para hablar con libertad—. No solo lo conoce. Le teme, o al menos respeta el poder que tiene.
—¿Crees que trabajan juntos?
—Creo que la relación es más complicada que eso. Nadie reacciona así ante un simple socio de negocios.
—¿Entonces qué es? ¿Rivales? ¿Antiguos socios que terminaron mal?
—No lo sé. Pero la forma en que dejó la copa, la forma en que preguntó quién lo había mencionado... eso no es la reacción de alguien que escucha un nombre desconocido. Es la reacción de alguien que lleva tiempo esperando escucharlo de nuevo.
Caminamos de vuelta hacia nuestra habitación, procesando en silencio la magnitud de lo que acabábamos de confirmar, cuando Charlotte apareció en el pasillo, con una urgencia en el rostro que no le había visto desde la noche que nos advirtió sobre el embarcadero. Llevaba el cabello despeinado, como si hubiera corrido buena parte del trayecto, y su respiración todavía no se había normalizado del todo.
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Editado: 18.08.2026