Matrimonio Encubierto

Capítulo 25

Emma

El resto de la tarde transcurrió con una lentitud extraña, cada minuto cargado de la misma tensión contenida que precede a una tormenta que todos saben que va a llegar, pero que nadie puede predecir con exactitud cuándo ni con qué fuerza.

Desde la ventana, la isla se veía exactamente igual que siempre: el jardín cuidado con obsesión, el destello del océano bajo el sol de la tarde, el personal moviéndose con la misma eficiencia coreografiada de cada día. Nada en la superficie delataba que, en algún lugar de esa mansión, Damian Ferro probablemente ya había empezado a mover piezas contra nosotros.

Alexander se pasó la mayor parte del tiempo trazando rutas en un mapa improvisado que había dibujado de memoria sobre una servilleta, marcando cada punto de acceso al embarcadero norte, cada posible obstáculo, cada variable que pudiera complicar un escape que, apenas veinticuatro horas antes, habíamos considerado innecesario. Lo rehízo dos veces, tachando una línea que le había temblado más de lo que su disciplina generalmente permitía, y por un instante, antes de recomponerse, vi algo parecido al miedo cruzar su expresión, rápidamente sepultado bajo la misma concentración metódica de siempre.

—Si el cierre incluye vigilancia reforzada en el embarcadero norte, necesitamos un plan alternativo —dijo, sin levantar la vista del papel—. Y si no lo incluye, necesitamos movernos antes de que a alguien se le ocurra reforzarlo.

Unos pasos se detuvieron justo frente a nuestra puerta, y ambos nos quedamos completamente inmóviles, Alexander cubriendo el mapa con la mano de forma instintiva. Los pasos continuaron un segundo después, alejándose hacia el final del pasillo, y solo entonces volvimos a respirar con normalidad.

—¿Confías en que Charlotte consiga esa información a tiempo?

—Confío en que lo intentará. No puedo prometerte más que eso.

Me senté junto a él, observando las líneas que había trazado con la misma precisión metódica de siempre, aunque algo en la firmeza de su mano delataba una tensión que ninguna disciplina lograba ocultar por completo. Cada trazo, cada anotación al margen, representaba horas de entrenamiento convertidas en un plan improvisado a partir de fragmentos de información recopilados en apenas unos días.

—¿Y si no logramos salir esta noche?

—Entonces esperamos la próxima oportunidad. Pero cada hora que pasa aquí es una hora más de riesgo, sobre todo ahora que Ferro sabe que conocemos el nombre de Reyes.

Un golpe suave en la puerta interrumpió la conversación, distinto al toque autoritario del personal de Ferro, más parecido al que Charlotte había usado la primera vez que había venido a advertirnos. Alexander se levantó de inmediato, guardando el mapa improvisado bajo el colchón antes de acercarse a la puerta con la cautela entrenada de siempre.

Era Valentina, con una expresión que combinaba urgencia y algo parecido al miedo genuino, algo que no le había visto mostrar en ninguno de nuestros encuentros anteriores. Llevaba el cabello recogido de forma distinta a como solía llevarlo, apresurada, como si hubiera salido de su habitación sin detenerse ni un segundo a considerar su apariencia.

—Tenemos que hablar. Ahora.

La dejamos pasar, cerrando la puerta con el mismo cuidado que aplicábamos a cualquier movimiento en esta isla, y ella se sentó en el borde de la cama sin esperar invitación, su compostura habitual completamente ausente.

—Damian sabe que ustedes mencionaron a Reyes a propósito. No fue casualidad para él. Cree que están investigándolo directamente, y eso cambia todo.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté, sintiendo el peso de esa pregunta antes de terminar de formularla completamente.

—Porque me interrogó a mí hace una hora. Quería saber si yo les había dado ese nombre.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad. Que no fui yo. Aunque no estoy segura de que me haya creído del todo.

—¿Cómo fue el interrogatorio? —preguntó Alexander—. ¿Directo? ¿Amenazante?

—Cortés, como siempre. Eso es lo que lo hace tan aterrador. Nunca levanta la voz. Solo hace preguntas cada vez más específicas hasta que uno se da cuenta de que ya no hay forma de seguir mintiendo sin que se note.

El silencio que siguió se sintió cargado de todas las implicaciones que ninguna de las tres estaba dispuesta a nombrar directamente: si Ferro sospechaba de Valentina, cualquier protección que ella pudiera ofrecernos se había vuelto considerablemente menos confiable.

—¿Estás en peligro? —preguntó Alexander, con una seriedad que reconocí como genuina preocupación, no solo cálculo operativo.

—Siempre he estado en peligro, Thomas. Llevo dos años viviendo bajo esa condición. Lo que cambia ahora es que ya no puedo garantizarles la misma protección que les ofrecí hace unos días.

—¿Deberías irte tú también, esta misma noche?

—No sin ustedes teniendo primero una salida asegurada. Ya renuncié a demasiadas cosas en esta isla como para dejarlos atrás justo cuando finalmente tenemos una oportunidad real.

—Entonces necesitamos movernos esta noche —dije, sintiendo la urgencia instalarse con una claridad que no dejaba espacio para dudas—. Antes de que Ferro decida que la sospecha ya es suficiente para actuar directamente contra nosotros.

Valentina asintió, aunque algo en su expresión sugería que no estaba completamente convencida de que esa fuera la decisión correcta.

—El embarcadero norte todavía no tiene vigilancia reforzada, según lo último que pude confirmar. Pero eso puede cambiar en cualquier momento. Si van a intentarlo, tiene que ser esta noche, después de que el personal cambie de turno.

—¿A qué hora?

—Una de la madrugada. Tendrán una ventana de máximo veinte minutos antes de que el siguiente turno complete su ronda inicial.

—¿Veinte minutos para llegar al embarcadero, sortear cualquier obstáculo y nadar hasta la embarcación?




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