Matrimonio Encubierto

Capítulo 26

Alexander

El sobre seguía en mis manos, la tinta apenas legible bajo la luz tenue de la lámpara que habíamos dejado encendida al mínimo, ambos todavía procesando la interrupción abrupta de un momento que, segundos antes, se había sentido como el más honesto que habíamos compartido en toda la misión.

Releí la nota tres veces, buscando algún detalle en la caligrafía, en el papel, en la forma exacta de doblarlo, que pudiera indicarnos quién la había dejado ahí sin arriesgarse a firmarla. El papel era común, del tipo que se encontraría en cualquier escritorio de la mansión, sin ninguna marca de agua ni ningún detalle distintivo que redujera la lista de sospechosos.

—Podría ser una trampa —dije finalmente—. Alguien que quiere que cambiemos de ruta hacia un punto donde sea más fácil interceptarnos.

—O podría ser exactamente lo que dice: alguien que sabe que el embarcadero norte ya está comprometido, y que prefiere advertirnos en lugar de dejar que caminemos directo hacia una emboscada.

—Dos interpretaciones completamente opuestas, y ambas igualmente plausibles.

—¿Y cómo decidimos cuál de las dos posibilidades es la correcta?

Emma se quedó mirando la nota un momento más, con la misma concentración que aplicaba a cualquier decisión de la que dependieran nuestras vidas.

—No lo decidimos. Verificamos. Todavía tenemos tiempo para acercarnos con cuidado y confirmar si hay vigilancia extra antes de comprometernos completamente con la ruta original.

—Eso añade riesgo a un plan que ya era arriesgado de por sí.

—Todo lo que hemos hecho en esta isla ha sido arriesgado. Al menos esto es un riesgo calculado, no una ceguera total.

—¿Y si no tenemos tiempo suficiente para verificar y decidir a la vez?

—Entonces confiamos en nuestro entrenamiento para improvisar, como hemos hecho con todo lo demás en esta misión.

—Charlotte tiene acceso a este pasillo —dije, pensando en voz alta—. Y Valentina también, aunque a estas alturas ya no puedo descartar que Ferro esté usando a cualquiera de las dos sin que ellas mismas lo sepan.

—O podría ser alguien completamente distinto. Alguien del personal que nunca hemos considerado, que vio algo que no debía ver.

—Eso amplía la lista de sospechosos a prácticamente cualquiera en esta isla.

—Bienvenido a mi realidad de los últimos cinco años, Reid.

Consideré su lógica, encontrando en ella el mismo tipo de razonamiento que yo mismo hubiera aplicado en cualquier otra circunstancia, y finalmente asentí, aceptando que no teníamos ninguna alternativa mejor disponible con el tiempo que nos quedaba.

—De acuerdo. Nos acercamos al embarcadero desde el punto más alejado posible, observamos antes de comprometernos, y si vemos cualquier señal de vigilancia reforzada, activamos la ruta alternativa hacia la cueva.

Guardé la nota en el bolsillo interior de mi chaqueta, junto al teléfono con las fotografías del despacho de Ferro, dos piezas de evidencia que ahora pesaban considerablemente más de lo que su tamaño físico sugería.

A la una menos diez, salimos por la ventana del baño con el mismo cuidado metódico que aplicábamos a cualquier movimiento crítico, dejándonos caer sobre el jardín trasero con la agilidad silenciosa que años de entrenamiento habían perfeccionado en ambos. La noche estaba despejada, la luna apenas un filo delgado sobre el océano, suficiente luz para orientarnos, no tanta como para delatarnos ante cualquier guardia distraído.

Emma aterrizó junto a mí sin hacer ningún ruido perceptible, ajustándose la mochila pequeña donde llevábamos lo esencial, y por un segundo, antes de empezar a movernos, intercambiamos una mirada que contenía más de lo que cualquier palabra hubiera podido expresar en ese momento.

Avanzamos pegados al muro este, deteniéndonos cada pocos metros para escuchar, para confirmar que ningún movimiento inesperado delatara la presencia de alguien más en el jardín a esas horas. El silencio de la isla, normalmente reconfortante, ahora se sentía cargado de una doble amenaza: la vigilancia habitual de Ferro, y la posibilidad de que la nota anónima estuviera diciendo la verdad sobre algo mucho más inmediato.

Cada sombra parecía moverse más de lo que debería, cada sonido lejano —el viento entre las palmeras, el eco distante del océano— se convertía en una amenaza potencial que mi cabeza necesitaba descartar antes de permitirse seguir avanzando.

—Cobertizo a la vista —susurró Emma, señalando la estructura pequeña que ya conocíamos de nuestra reunión anterior con Valentina.

Pasamos cerca de la puerta sin detenernos, recordando con una precisión incómoda la conversación que habíamos tenido ahí dentro, la revelación sobre el despacho y la carpeta de Marianne, sintiendo que cada paso de esa noche parecía repetir, de alguna forma retorcida, los mismos escenarios que ya habíamos vivido antes.

Desde el cobertizo, en lugar de dirigirnos directamente al embarcadero, rodeamos el perímetro por un sendero secundario que nos permitía observar el muelle desde la distancia, ocultos entre la vegetación densa que crecía cerca de la costa. Nos tomó casi diez minutos adicionales, cada uno sintiéndose como una hora completa, hasta que finalmente tuvimos una vista clara del embarcadero norte.

Estaba vacío. Ningún guardia visible, ninguna luz adicional, ninguna señal evidente de que la advertencia de la nota fuera precisa. El agua se mecía con calma bajo la luna delgada, y la pequeña estructura de madera del embarcadero se veía exactamente igual que la última vez que la habíamos visitado, cuando todavía era solo un punto teórico en un mapa.

—Parece despejado —murmuró Emma.

—Parece. Esa es la palabra clave.

Esperamos dos minutos más, observando cada sombra, cada posible movimiento, antes de que yo finalmente tomara la decisión que ninguno de los dos podía posponer indefinidamente. Repasé mentalmente cada ángulo visible, cada punto ciego potencial, sin encontrar ninguna razón concreta para seguir esperando más allá de la simple desconfianza que la nota nos había sembrado.




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