Emma
Nos llevaron de vuelta a la mansión caminando entre Dimitri y otro guardia cuyo nombre nunca había aprendido, mientras Ferro caminaba delante de nosotros con las manos entrelazadas a la espalda, la misma postura tranquila de siempre, como si nos estuviera guiando a una cena elegante y no a lo que fuera que nos esperaba detrás de esa calma.
El trayecto se sintió eterno, cada paso resonando contra el silencio pesado de la madrugada, ninguno de los guardias diciendo una sola palabra, ninguna explicación ofrecida sobre a dónde exactamente nos dirigíamos. Busqué la mano de Alexander en algún punto del camino, encontrándola ya buscando la mía, un pequeño gesto de anclaje que ninguno de los guardias se molestó en impedir, quizás porque ya no había ningún punto en fingir distancia entre nosotros.
Nos condujeron, no a su despacho, sino a una habitación en el sótano de la propiedad que jamás habíamos visto: paredes de piedra desnuda, una mesa metálica, dos sillas dispuestas frente a frente con la precisión clínica de alguien que había preparado ese espacio para exactamente este tipo de conversación. El aire ahí abajo era más frío, más húmedo, con un eco ligero que multiplicaba cada sonido, cada paso, cada respiración.
—Siéntense —dijo Ferro, indicando las sillas con un gesto que no dejaba lugar a discusión.
Obedecimos, intercambiando una mirada rápida que contenía todo lo que no podíamos decir en voz alta: la confirmación silenciosa de que nos manteníamos unidos, sin importar lo que viniera a continuación. Dimitri se colocó junto a la puerta, con los brazos cruzados y la misma expresión imperturbable de siempre, mientras el otro guardia permanecía justo detrás de nosotros, lo bastante cerca como para recordarnos constantemente que cualquier movimiento en falso tendría consecuencias inmediatas.
Ferro se sentó frente a nosotros, colocando sobre la mesa el arma y el teléfono que nos habían confiscado, junto con la nota anónima que Alexander había guardado en su chaqueta. Cada objeto quedó alineado con una precisión casi obsesiva, como si incluso en ese momento no pudiera evitar imponer orden sobre el caos que representábamos para él.
—Empecemos por lo obvio —dijo, deslizando la nota hacia el centro de la mesa—. ¿Quién les envió esto?
—No lo sabemos —respondí, con la misma calma entrenada que había aplicado durante semanas enteras—. Apareció bajo nuestra puerta sin ningún remitente.
—Qué conveniente. Alguien dentro de mi propia casa que decide advertir a dos huéspedes sobre una trampa que yo mismo diseñé. ¿No les parece curioso?
—Nos pareció suficientemente curioso como para no confiar completamente en ella —respondió Alexander—. Como puede ver, verificamos antes de comprometernos, y aun así caímos exactamente donde usted quería.
Ferro sonrió, un gesto que no llegó ni remotamente a sus ojos.
—Discreción hasta el final. Admiro eso, incluso en estas circunstancias.
Desbloqueó el teléfono con una facilidad que confirmó, sin ninguna duda, que tenía acceso a herramientas considerablemente más sofisticadas de las que cualquier huésped normal debería necesitar, y empezó a revisar las fotografías que habíamos tomado en su despacho, pasando cada imagen con el pulgar sin ninguna prisa, como si disfrutara del momento exacto en que confirmábamos, sin palabras, todo lo que él ya sabía.
—Encontraron mi pequeña colección —comentó, sin ninguna sorpresa evidente en la voz—. Marianne. Julien. Y, por supuesto, sus propias fotografías, tomadas mucho antes de que llegaran a mi isla.
Sentí el estómago revolverse al ver, incluso desde la distancia, la fotografía de Praga proyectada en la pantalla, el mismo terror frío que había sentido la primera vez que la vi en ese despacho, ahora multiplicado por la certeza de que Ferro conocía exactamente cada detalle detrás de esa imagen.
—¿Por qué las tiene? —pregunté, decidiendo que la mejor estrategia, en este punto, era exactamente la que Ferro menos esperaría: honestidad directa—. ¿Quién se las dio?
Ferro se quedó en silencio un momento, considerando la pregunta con una seriedad que contrastaba con la ligereza que había mantenido hasta entonces.
—Alguien que ustedes conocen mejor de lo que probablemente les gustaría admitir.
—Reyes —dijo Alexander, sin necesidad de que Ferro completara la frase.
—Viktor Reyes. Un hombre con contactos considerablemente más extensos de lo que su rango oficial sugería. Nos conocimos hace varios años, en circunstancias que prefiero no detallar, y desde entonces mantenemos una relación de... beneficio mutuo.
—¿Qué tipo de beneficio? —pregunté, sintiendo cada pieza del rompecabezas empezar a encajar con una claridad helada.
—Información. Reyes vende acceso a expedientes que ninguna agencia debería dejar circular libremente. A cambio, yo le proporciono un servicio distinto: identifico a los agentes que sus propias agencias envían a investigarme, antes de que puedan causar ningún daño real.
—¿Cuántos han sido? —pregunté, aunque una parte de mí no quería realmente escuchar la respuesta—. Antes de nosotros. Antes de Marianne.
Ferro consideró la pregunta un momento, como si estuviera genuinamente calculando el número exacto en su cabeza.
—Suficientes como para que el nombre de cada uno haya dejado de significar algo individual hace ya bastante tiempo. Eso, para que lo sepa, es precisamente lo que me preocupa de ustedes dos: todavía significan algo, incluso para mí.
—¿Y qué gana él exactamente con eso? —preguntó Alexander, con una voz que apenas lograba mantener la calma—. ¿Dinero? ¿Poder?
—Ambas cosas, imagino. Aunque sospecho que también disfruta genuinamente del juego. Hay hombres que hacen esto por necesidad, y hombres que lo hacen porque el poder de decidir el destino de otras personas se convierte, con el tiempo, en su propia forma de placer.
El peso de esa confesión se instaló entre los tres con una fuerza que ninguna otra revelación de esta misión había logrado hasta ahora, confirmando exactamente lo que temíamos desde que habíamos encontrado esas fotografías en su despacho.
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Editado: 18.08.2026