Matrimonio Encubierto

Capítulo 29

Emma

El cambio de guardia llegó casi una hora después de que Valentina se marchara, anunciado por el sonido de dos voces intercambiando algunas palabras en la puerta antes de que Dimitri se retirara, dejando en su lugar a un hombre más joven, de postura menos rígida, exactamente como Valentina había prometido. Me obligué a respirar con normalidad, calculando cada segundo que pasaba mientras esperábamos la señal que ella había prometido crear.

Esperamos, contando los minutos en silencio, hasta que un grito distante, seguido de un revuelo de voces confundidas, llegó desde algún punto del ala de servicio. El guardia joven se asomó por la puerta, indeciso, claramente debatiendo si debía abandonar su puesto para investigar.

—Parece serio —murmuró Alexander, lo bastante alto para que el guardia lo escuchara, aunque disfrazado como un comentario casual entre nosotros—. Deberías ir a ver qué pasa. Nosotros no vamos a ninguna parte.

El comentario, calculado con precisión quirúrgica, apeló exactamente al tipo de curiosidad que un guardia joven e inexperto tendría dificultad para ignorar. Vi la duda cruzar su rostro, el conflicto entre el protocolo y la tentación de averiguar qué estaba causando tanto alboroto.

El guardia dudó un segundo más, y finalmente cedió a la tentación, saliendo al pasillo para investigar el origen del alboroto. En cuanto sus pasos se alejaron lo suficiente, Alexander se levantó de un salto, examinando la cerradura de la puerta con la misma velocidad metódica que había aplicado a cada cerradura de esta misión.

—¿Puedes abrirla? —pregunté, vigilando el pasillo por la rendija de la puerta entreabierta.

—Dame treinta segundos.

Trabajó con una concentración absoluta, sus dedos moviéndose con una precisión que contradecía por completo la tensión evidente en cada línea de su cuerpo. Los treinta segundos se sintieron eternos, cada sonido lejano convirtiéndose en una amenaza potencial, hasta que finalmente escuché el chasquido suave que confirmaba que Alexander había logrado vulnerar el mecanismo.

—Vamos.

Salimos al pasillo con la misma cautela extrema que habíamos aplicado a cada movimiento crítico de esta misión, moviéndonos en dirección opuesta al alboroto que Valentina había orquestado, hacia una escalera lateral que recordaba vagamente de nuestra exploración inicial de la propiedad, hacía ya lo que se sentía como toda una vida. El pasillo estaba desierto, iluminado apenas por luces de emergencia que proyectaban sombras largas contra las paredes de piedra.

—¿A dónde vamos? —susurré, siguiendo a Alexander mientras subíamos los escalones de dos en dos.

—No lo sé todavía. Necesitamos encontrar un lugar donde pensar sin que nadie nos encuentre en los próximos minutos.

Cada escalón parecía resonar con más fuerza de la que debería, y me obligué a coordinar mis pasos con los de Alexander, buscando el mismo ritmo silencioso que habíamos perfeccionado durante nuestra huida fallida al embarcadero. La adrenalina que corría por mis venas se sentía distinta ahora, más desesperada, sabiendo que no teníamos ningún plan claro más allá de escapar de esa habitación específica.

Llegamos a un rellano que daba a una puerta lateral, medio escondida detrás de un tapiz decorativo, y Alexander la abrió sin dudar, revelando un pequeño almacén lleno de suministros de limpieza que nadie parecía usar con demasiada frecuencia.

—Aquí —dijo, empujándome suavemente hacia dentro antes de cerrar la puerta detrás de nosotros.

El espacio era diminuto, apenas suficiente para los dos, rodeados de estantes cargados de productos de limpieza y toallas dobladas con precisión militar. La oscuridad casi total nos obligó a permanecer muy cerca el uno del otro, nuestras respiraciones agitadas mezclándose en el silencio cerrado del almacén. El olor a productos químicos y detergente resultaba, extrañamente, reconfortante después de tantas horas encerrados en aquella habitación fría de piedra.

Me apoyé contra los estantes, sintiendo el peso completo de todo lo que había pasado en las últimas horas asentarse de golpe sobre mis hombros: la captura, el interrogatorio, la confesión de Ferro, y ahora esta huida improvisada sin ningún destino claro más allá de escapar del sótano.

—Necesitamos un plan real —susurré, sintiendo el pulso todavía acelerado por la adrenalina de las últimas horas—. No podemos seguir improvisando indefinidamente.

—Lo sé. Pero cada plan que hemos intentado hasta ahora ha terminado exactamente igual: descubiertos, capturados, o a centímetros de serlo.

—¿Sabes qué es lo más frustrante de todo esto? Somos dos de los mejores agentes de nuestras respectivas agencias, y llevamos toda la noche reaccionando en lugar de actuar.

—Eso es exactamente lo que pasa cuando alguien conoce tus movimientos antes de que los hagas. Reyes se aseguró de eso mucho antes de que llegáramos a esta isla.

—Entonces necesitamos hacer algo distinto. Algo que Ferro no espere.

—¿Como qué?

Consideré la pregunta, dejando que las piezas de todo lo que habíamos descubierto en esta misión se reorganizaran en mi cabeza, buscando algún ángulo que no hubiéramos considerado todavía.

—Reyes quiere que nos elimine. Ferro está indeciso. Eso significa que la única forma de inclinar la balanza a nuestro favor es darle a Ferro una razón mejor para desafiar a Reyes que la simple curiosidad que ya sintió por nosotros.

—¿Qué razón sería suficientemente buena?

—La verdad completa. Todo lo que descubrimos: el expediente, las fotografías, la conexión con Reyes. Si se lo entregamos directamente, con la promesa de que puede usarlo para liberarse de esa relación de una vez por todas, quizás eso sea suficiente para que decida que somos más valiosos vivos que muertos.

—¿Crees que quiere liberarse de Reyes?

—No lo sé con certeza. Pero la forma en que discutía con él por videollamada, según Valentina, no suena a la conversación de alguien completamente satisfecho con esa relación.




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