Matrimonio Encubierto

Capítulo 30

Alexander

La puerta del despacho no estaba cerrada con llave, un descuido que me pareció, de inmediato, más inquietante que reconfortante, como si Ferro ya no considerara necesario protegerse de nosotros.

Lo encontramos sentado detrás de su escritorio, la pantalla de su computadora todavía iluminada con lo que quedaba de una videollamada recién terminada, el rostro cansado de un hombre que llevaba horas sosteniendo una discusión que evidentemente no había ganado del todo. Una botella de whisky, casi vacía, descansaba junto a un vaso que ya no contenía hielo, el único indicio visible de cuánto le había costado esa conversación.

—Vaya —dijo, sin ninguna sorpresa real en la voz al vernos entrar—. Escaparon de mi sótano. Debería sentirme más molesto de lo que en realidad me siento.

Se pasó una mano por el rostro, sin ninguna prisa por levantarse, sin ninguna señal de que considerara siquiera la posibilidad de llamar a Dimitri para que nos devolviera a esa habitación fría de piedra.

—Necesitamos hablar, Damian. Sin Dimitri, sin Reyes escuchando, solo nosotros tres.

—Reyes acaba de colgar, así que técnicamente cumple esa condición.

Emma cerró la puerta detrás de nosotros, y por un momento los tres nos quedamos en un silencio cargado, cada uno calculando exactamente cuánto terreno podía ceder antes de que la conversación se volviera irreversible en cualquier dirección.

—Sabemos lo del acuerdo original —dije, decidiendo que la única estrategia viable era la misma honestidad directa que Emma había sugerido en el almacén—. Sabemos que Reyes tiene algo sobre usted que va mucho más allá del simple intercambio de información.

Algo cambió en la expresión de Ferro, la máscara cordial resquebrajándose apenas lo suficiente para que viéramos, por primera vez, algo genuinamente parecido al cansancio de años acumulados. Se pasó una mano por el rostro, un gesto tan humano que por un segundo casi olvidé que estábamos hablando con el mismo hombre que había ordenado nuestro secuestro hacía apenas unas horas.

—¿Cómo lo saben?

—No importa cómo. Importa que también tenemos evidencia suficiente para acabar con la operación completa de Reyes, si decidimos usarla correctamente. Fotografías, documentos, la conexión directa entre su negocio y las agencias que él mismo traicionó.

Ferro se recostó en su silla, observándonos con una atención renovada, como si estuviera reconsiderando por completo la naturaleza de la conversación que acabábamos de iniciar.

—¿Y qué proponen exactamente?

—Una alianza —respondió Emma, dando un paso adelante—. Nosotros nos llevamos la evidencia contra Reyes. Usted queda fuera de cualquier investigación que resulte de ella. A cambio, nos deja salir de esta isla con vida, y con la promesa de que esto nunca vuelve a repetirse con ninguna otra pareja que envíen aquí.

—Una propuesta generosa, considerando que técnicamente son mis prisioneros en este momento.

—Una propuesta necesaria, considerando que Reyes claramente le está exigiendo algo que usted ya no quiere seguir dándole.

Ferro guardó silencio un momento, con la mirada fija en la pantalla apagada de su computadora, como si todavía pudiera ver ahí la cara de Reyes exigiendo nuestras vidas.

El silencio que siguió se extendió más de lo que cualquiera de los dos había anticipado, Ferro procesando cada palabra con la misma atención clínica que aplicaba a cualquier negociación importante de su vida.

—¿Qué les hace pensar que Reyes tiene algún control real sobre mí?

—La forma en que discutió con él hace unas horas —respondí—. Nadie discute así con un simple socio de negocios. Discuten así con alguien que sostiene algo sobre sus cabezas.

—Observador —comentó Ferro, con algo parecido a la admiración cruzando su expresión cansada—. Debería haber sospechado que catorce años de entrenamiento no se quedan simplemente en el olvido, ni siquiera en circunstancias como estas.

Ferro guardó silencio un momento más, y cuando finalmente habló, su voz sonó distinta, despojada de cualquier teatralidad.

—Hace ocho años, Reyes me sacó de una situación que debería haberme costado la vida. Una operación fallida, enemigos que ya habían decidido mi destino. Él intervino, salvó mi vida, y a cambio pidió que trabajara para él indefinidamente. No fue exactamente una elección libre.

—¿Qué tipo de operación era?

—Eso ya no importa. Lo que importa es que aprendí, de la peor manera posible, que ninguna deuda de vida se paga completamente con dinero. Reyes se aseguró de que yo lo recordara cada vez que consideraba negarme a cualquier cosa que me pidiera.

—Entonces también es su prisionero, de alguna forma.

—Prefiero pensar en ello como una deuda que nunca terminé de pagar. Pero sí, supongo que la distinción es más semántica que real a estas alturas.

—Ayúdenos a terminar con esto —dije, sintiendo que finalmente habíamos encontrado la grieta exacta que necesitábamos—. Denos lo que sabe sobre la operación completa de Reyes. Nosotros nos encargamos del resto. Usted queda libre de una deuda que lleva ocho años cargando.

—¿Y qué pasa con Marianne, con Julien, con todos los demás que ya no están? ¿Eso simplemente se olvida?

—No se olvida —respondió Emma, con una firmeza que no admitía discusión—. Pero podría ser el principio de que no vuelva a pasar. Eso vale algo, incluso si no repara lo que ya se rompió.

Ferro nos miró un momento largo, considerando la propuesta con una seriedad que no había mostrado en ninguna otra conversación anterior.

—Si hago esto, y Reyes descubre que fui yo quien proporcionó la información final, no habrá ningún lugar en este mundo donde pueda esconderme de las consecuencias.

—Entonces desaparezca —sugirió Emma—. Igual que Valentina lleva dos años preparándose para hacer. Empiece de nuevo, en algún lugar donde Reyes nunca lo encuentre.




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