Matrimonio Encubierto

Capítulo 31

Emma

Cruzamos el jardín trasero en un silencio distinto al de todas las veces anteriores, uno que ya no estaba cargado de la misma clase de miedo, aunque tampoco se sentía completamente seguro. La carpeta de Ferro pesaba contra mi costado, guardada en la mochila que Alexander había recuperado del almacén, un peso físico que se sentía, extrañamente, más pesado que cualquier arma que hubiera cargado antes.

El cielo empezaba a perder su negrura absoluta, tiñéndose apenas de un azul oscuro que anunciaba el amanecer todavía distante, y cada sombra del jardín, que hacía apenas unas horas hubiera representado una amenaza potencial, ahora se sentía simplemente como parte del paisaje que estábamos dejando atrás.

—¿Crees que realmente cumplirá? —pregunté, avanzando pegada al muro este por última vez, esperando que fuera la última.

—No lo sé con certeza. Pero un hombre que acaba de confesar ocho años de miedo y culpa no suena a alguien que esté fingiendo una última traición elaborada.

—Eso es lo más optimista que te he escuchado decir en toda esta misión.

—Las circunstancias son, técnicamente, las más optimistas que hemos tenido en toda esta misión.

El cobertizo apareció ante nosotros, silencioso, y esta vez no nos detuvimos a observarlo desde la distancia. Cruzamos directamente hacia el embarcadero norte, cada paso más seguro que el anterior, aunque ninguno de los dos bajó completamente la guardia, ni siquiera con la promesa de Ferro todavía fresca en la memoria.

El embarcadero apareció, finalmente, completamente vacío. Ningún Dimitri, ninguna luz repentina, ninguna trampa esperando revelarse en el último momento. Solo la madera vieja, el agua oscura moviéndose con calma, y la libertad que llevábamos semanas persiguiendo, ahora al alcance de la mano. Sentí un nudo en el pecho aflojarse apenas, aunque una parte de mí, entrenada durante años para desconfiar de cualquier victoria demasiado sencilla, se negaba a relajarse por completo hasta que estuviéramos considerablemente más lejos de esa isla.

—¿Lista? —preguntó Alexander, con una sonrisa pequeña que no había visto en su rostro desde hacía días.

—Nací lista.

—Sigue sin ser del todo cierto.

—Pero suena mejor cada vez que lo digo.

Se acercó un paso más, tomando mi rostro entre sus manos con una ternura que contrastaba enormemente con la tensión de las últimas horas, y me besó, breve pero firme, como si necesitara confirmar, antes de lanzarnos al agua, que todo lo que habíamos construido en esa isla seguía intacto, esperándonos al otro lado de esta última prueba.

—Por si acaso no lo he dicho suficientes veces esta noche —murmuró contra mis labios—, me alegra profundamente que hayas sido tú.

—Ya lo sabía. Pero me gusta escucharlo de todas formas.

Nos deslizamos al agua fría del océano sin ceremonia, nadando con la fuerza que el entrenamiento nos había dado, dirigiéndonos hacia el punto exacto donde Sokolov había confirmado que nos esperaría una embarcación. Cada brazada nos alejaba un poco más de la isla que había sido, durante semanas, tanto nuestra prisión como el lugar donde habíamos dejado de fingir quiénes éramos realmente.

El agua salada me quemaba los ojos, el frío me entumecía los brazos con cada movimiento, y aun así no recuerdo haber sentido nunca antes una sensación tan parecida a la libertad como en esos minutos exactos, nadando junto a Alexander bajo un cielo que se iluminaba lentamente sobre nosotros.

La embarcación apareció frente a nosotros después de lo que se sintió como una eternidad, una silueta oscura contra el horizonte apenas iluminado por las primeras luces del amanecer. Manos desconocidas nos ayudaron a subir a bordo, envolviéndonos en mantas mientras alguien confirmaba nuestra identidad con la misma eficiencia fría que aplicaba cualquier protocolo de extracción. Sentí el calor de la manta contra mi piel empapada como el primer confort real en semanas, un recordatorio pequeño pero contundente de que, finalmente, alguien de nuestro propio bando había venido a buscarnos.

—Bienvenidos de vuelta —dijo el hombre al mando, un oficial que no reconocí, aunque llevaba el mismo tipo de autoridad calmada que Sokolov proyectaba en cada misión—. Tenemos mucho que discutir, pero primero necesitan descansar. Han pasado por bastante.

—¿Reyes? —preguntó Alexander de inmediato, sin perder ni un segundo en formalidades—. ¿Ya lo tienen?

El oficial asintió, con una expresión que mezclaba satisfacción profesional con algo parecido al alivio genuino.

—Detenido hace dos horas, en un piso franco en Lisboa. La información que enviaron por el canal de emergencia fue suficiente para que Sokolov actuara sin esperar confirmación adicional.

—¿Y Marlene? —preguntó Alexander, con una tensión que no intentó disimular—. ¿Alguna conexión confirmada con Reyes?

—Ninguna hasta ahora. Los primeros interrogatorios sugieren que actuaba completamente solo, sin cómplices dentro de la estructura oficial de ninguna agencia.

El alivio de Alexander fue visible, sus hombros aflojándose con una tensión que llevaba cargando desde que habíamos descubierto el nombre de Reyes semanas atrás.

Me dejé caer sobre el banco de la embarcación, sintiendo el peso completo de las últimas semanas finalmente aflojarse sobre mis hombros, mientras Alexander se sentaba junto a mí, todavía con la mochila y su contenido apretados contra el pecho, como si temiera que la evidencia pudiera desaparecer si dejaba de sostenerla ni un segundo.

—Lo logramos —murmuré, casi sin poder creerlo del todo.

—Lo logramos —confirmó él, aunque algo en su tono sugería que la victoria se sentía todavía frágil, incompleta, como si la verdadera batalla apenas estuviera comenzando.

Miré hacia atrás, hacia la isla que se alejaba lentamente en la distancia, la mansión de Ferro reduciéndose a una silueta pequeña contra el cielo que empezaba a aclarar. En algún lugar de esa isla, Damian Ferro estaba probablemente enfrentando las consecuencias de una decisión que había tardado ocho años en tomar, y Valentina y Charlotte seguían atrapadas en un mundo que nosotros acabábamos de dejar atrás.




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