Alexander
Seis meses después, todavía me sorprendía cada vez que alguien me llamaba por mi nombre real sin que sonara a una prueba, a una trampa, a una pregunta con segundas intenciones detrás. Alexander. Simplemente Alexander, sin ningún apellido inventado, sin ninguna leyenda que sostener frente a un desconocido.
Firmamos el contrato de arrendamiento esa tarde, un pequeño apartamento con vista parcial al mar, lo bastante alejado de cualquier oficina de la agencia como para sentirse, por fin, completamente nuestro. Vi a Emma repasar su propia firma en el papel, deteniéndose un segundo de más en cada letra, como si todavía necesitara confirmar que ese nombre —Hartley, no Moreau— seguía siéndole propio después de tanto tiempo fingiendo lo contrario.
—Todavía se siente raro —murmuró—, después de tanto tiempo siendo Isabelle.
—A mí me pasa lo mismo con Alexander. Aunque después de tantos años usando nombres falsos, sospecho que cualquier nombre real siempre se va a sentir un poco extraño al principio.
Sokolov había cerrado formalmente el caso Reyes tres meses atrás, con una condena que garantizaba que Viktor Reyes no volvería a ver el exterior de una prisión federal durante el resto de su vida natural. La red completa había sido desmantelada: contactos en al menos cuatro agencias distintas, información vendida durante casi una década, y un número de agentes desaparecidos que, según el informe final, superaba con creces los cuatro casos que Valentina había logrado documentar por su cuenta.
Marianne y Julien nunca aparecieron. La investigación confirmó, finalmente, lo que todos habíamos temido desde el principio: Reyes había ordenado su eliminación directamente, sin que Ferro estuviera completamente al tanto de los detalles hasta después de que ya fuera demasiado tarde para intervenir. Todavía pensaba en ellos algunas noches, dos nombres que nunca llegué a conocer en persona pero que habían terminado definiendo, de alguna forma extraña, el rumbo entero de mi vida. Sin ellos, sin su desaparición, quizás nunca hubiéramos encontrado el hilo que nos llevó hasta Reyes. Era una deuda incómoda de cargar, saber que nuestra supervivencia estaba tejida, de alguna manera, a la pérdida de dos personas que jamás tuvieron la oportunidad de contar su propia versión de los hechos.
Damian Ferro, sorprendentemente, seguía en libertad. Sokolov había negociado personalmente su inmunidad a cambio de un testimonio completo contra Reyes y su red, además de la propiedad completa de la isla, que ahora servía, según el último informe que había recibido, como centro de entrenamiento conjunto entre varias agencias aliadas. Me costaba imaginar ese lugar —el jardín de orquídeas, el embarcadero norte, el despacho donde Ferro finalmente había decidido hacer lo correcto— convertido en un espacio de instrucción rutinaria para nuevos agentes, sin ningún rastro visible de todo lo que había ocurrido ahí. Nadie sabía con certeza dónde había terminado Ferro después de su testimonio, aunque yo sospechaba, sin ninguna prueba concreta, que Valentina probablemente lo sabía mejor que nadie.
Sokolov nos había ofrecido, apenas una semana atrás, una nueva misión conjunta: una operación de vigilancia rutinaria en Ginebra, sin ningún riesgo comparable al de la isla, exactamente el tipo de trabajo tranquilo que ambos habíamos estado posponiendo aceptar mientras terminábamos de procesar todo lo vivido en los últimos meses.
—¿Vamos a aceptarla? —le pregunté esa tarde, refiriéndome a la misión sin necesidad de nombrarla directamente.
—Todavía no lo sé. Una parte de mí quiere un descanso más largo.
—¿Y la otra parte?
—La otra parte extraña la adrenalina, aunque nunca lo admitiría frente a un evaluador psicológico de la agencia.
Reí, un sonido genuino y relajado que a mí mismo todavía me sorprendía escuchar con tanta frecuencia, considerando lo poco que me había permitido reír durante los primeros días en que nos conocimos, cuando cada gesto tenía que calcularse antes de mostrarlo.
—Podríamos aceptarla juntos. Como Emma y Alexander esta vez, no como Isabelle y Thomas.
—¿Existe algún protocolo para eso? —preguntó ella, con esa media sonrisa que ya reconocía como el preludio de una broma—. ¿Agentes que se conocieron fingiendo un matrimonio y ahora quieren trabajar juntos siendo, técnicamente, una pareja real?
—Si no existe, sospecho que Sokolov encontrará la forma de inventarlo. Nunca ha sido de los que dejan que un simple protocolo se interponga entre él y un buen resultado operativo.
Emma
Nos quedamos en silencio un momento, el sol de la tarde entrando por las ventanas todavía sin cortinas, iluminando el pequeño apartamento que apenas empezábamos a llenar de vida propia, muy distinto de cualquier habitación de hotel o mansión ajena que hubiéramos compartido antes. Las cajas seguían apiladas contra la pared, la mayoría sin abrir, como si ninguno de los dos tuviera prisa real por terminar de instalarnos, prefiriendo, quizás sin decirlo en voz alta, alargar un poco más esa sensación de estar empezando algo desde cero.
Valentina había desaparecido oficialmente dos semanas después de la caída de Reyes, dejando apenas una nota breve para mí, deslizada en mi correo sin ningún remitente, con la misma discreción con la que había hecho absolutamente todo en esa isla: Gracias por creer en mí cuando tenía sentido no hacerlo. Espero que algún día podamos tomar ese café que nunca llegamos a compartir en la isla. Nadie había vuelto a saber de ella desde entonces, aunque yo revisaba, sin admitirlo del todo frente a Alexander, cualquier informe de inteligencia que mencionara a mujeres de identidad desconocida operando en Europa del Este. Una parte de mí necesitaba saber que estaba bien, que dos años de culpa y sacrificio habían terminado, finalmente, en algo parecido a la paz.
Charlotte, por su parte, había dejado a su marido tres meses después de que la investigación concluyera, mudándose a algún lugar que nunca compartió con nadie del círculo anterior de Ferro. Me había escrito una sola vez, una postal sin remitente que solo decía: Por fin puedo respirar. Guardé esa postal en el primer cajón de la cocina, el mismo donde ahora guardábamos las cosas que de verdad importaban, junto a la única fotografía que conservábamos de la isla: nosotros dos, capturados sin saberlo por una cámara de seguridad de la fiesta de aniversario, bailando sin sospechar que ya habíamos dejado de fingir.
#3200 en Novela romántica
#997 en Novela contemporánea
matrimonio falso, mentira traicion y secretos del pasado, romance celos mafia
Editado: 18.08.2026