Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 11

La figura se movió con cautela hacia la puerta, iluminada un instante por la luz del coche antes de que las luces se apagaran. Leónidas contuvo el aliento. No era Shiara.

Era un hombre. Alto, complexión robusta, vestido con ropa de abrigo oscura. Caminaba con determinación, como quien sabe exactamente adónde va y lo que busca.

Leónidas retrocedió instintivamente, alejándose de la ventana. Su mirada barrió la estancia en busca de algo que pudiera servirle como defensa. Un atizador junto a la chimenea. Lo agarró sin hacer ruido.

Los pasos crujieron en la gravilla del exterior. Se detuvieron ante la puerta.

Un golpe. Seco, autoritario.

Leónidas no respondió. Permaneció inmóvil, el atizador firme en su mano derecha, la izquierda apoyada contra la pared para mantener el equilibrio.

Otro golpe, más insistente.

—Se que está ahí dentro —la voz del hombre era grave, con un acento que Leónidas no supo identificar—. He visto la luz de la chimenea. Solo quiero hablar.

El silencio se alargó. Leónidas sopesó sus opciones. Podía seguir escondido, esperar a que el hombre se marchara. Podía intentar escapar por la parte trasera. O podía abrir la puerta y enfrentar lo que viniera.

Recordó la nota. Gente que no hace preguntas amables.

—¿Quién es usted? —preguntó al fin, sin moverse de donde estaba.

—Mi nombre no le dirá nada. Pero sé quién es usted, Leónidas. Y sé que busca a una mujer.

El uso de su nombre le golpeó como un puñetazo.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabe. Se llama Shiara. Lleva semanas siguiéndole la pista, igual que usted sigue la suya. Igual que otros siguen las de ambos.

Leónidas apretó la mandíbula. La madera del atizador se clavaba en su palma.

—¿Quién más?

Un suspiro al otro lado de la puerta. Luego, el crujido de la madera contra la pared: el hombre se había apoyado en el marco, como si tuviera toda la noche.

—¿Me va a dejar entrar o prefiere que hablemos así, con este maldito frío? Porque si he venido hasta aquí no ha sido para congelarme los dedos.

Leónidas dudó. Cada instinto le decía que no abriera, que aquello olía a trampa. Pero también necesitaba respuestas, y hasta ahora las únicas que había encontrado eran migajas dejadas por otros.

Cruzó la estancia lentamente. Con una mano, giró el pestillo. La puerta se abrió hacia dentro con un quejido de goznes oxidados.

El hombre era más imponente de lo que había parecido desde la ventana. Cerca del metro noventa, hombros anchos, barba de varios días que no lograba ocultar las cicatrices en su mandíbula. Pero lo que más llamó la atención de Leónidas fueron sus ojos. Grises, fríos, pero no crueles. Cansados, más bien. Como los de alguien que ha visto demasiado.

—Pase —dijo Leónidas, apartándose.

El hombre entró, recorrió la estancia con una mirada rápida y profesional, y se detuvo junto a la chimenea, extendiendo las manos hacia el calor.

—Buena casa —comentó—. Aislada. Difícil de encontrar. Ella eligió bien.

—¿Usted sabe dónde está ella?

El hombre negó con la cabeza.

—No. Pero sé dónde va a estar. O al menos, adónde se dirige.

Leónidas sintió un vuelco en el estómago.

—Dígamelo.

El hombre lo miró fijamente. Hubo una larga pausa, rota solo por el crepitar del fuego.

—Antes tengo que contarle algo. Algo que probablemente no quiere oír, pero que necesita saber. Sobre usted. Sobre ella. Y sobre la mujer, que lo está buscando.

—¿Valentina?

—Si, y hombres a los que ella les paga. —respondió el desconocido con una media sonrisa sin alegría—. O más bien, hombres que buscarán desaparecerle.

El impacto de aquellas palabras cayó sobre Leónidas como un alud. El atizador resbaló de sus dedos y golpeó el suelo de madera con un ruido sordo que retumbó en el silencio de la casa.

—¿Qué ha dicho?

Varg no se movió. Sus ojos grises sostuvieron la mirada de Leónidas sin parpadear.

—Que esa mujer no quiere que consiga a Shiara. Ella le hizo esto. Ella le borró cada recuerdo, cada nombre, cada rostro querido. Ella lo convirtió en un hombre sin pasado.

Las piernas de Leónidas amenazaron con fallarle. Buscó el sofá con la mano, se dejó caer. El mundo se había vuelto de repente un lugar extraño, inclinado, donde las cosas no eran lo que parecían.

—¿Por qué? —su voz era un hilo—. ¿Por qué hizo eso?

Varg desvió la mirada hacia el fuego. Las llamas bailaban en sus pupilas, dándole un aire casi irreal.

—Porque está obsesionada de usted. Ella lo saco de su país.

—Y ahora que quiere hacer ella—Leónidas sintió que la rabia comenzaba a hervir en su pecho, un calor distinto al de la chimenea—. ¿Ahora qué? ¿Ha venido a terminar usted su trabajo? ¿A rematarme?




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