La madrugada avanzaba lenta sobre la casa aislada, y el fuego crepitaba como único testigo de aquel encuentro imposible. Leónidas permanecía hundido en el sofá, la mirada perdida en las llamas, mientras Varg seguía de pie junto a la chimenea, observándolo con una paciencia que delataba años de esperar respuestas que nunca llegaban.
—No puedo devolverle los años —dijo Varg al fin, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos como una tercera presencia—. Nadie puede. Pero puedo contarle quién era antes de que Valentina apareciera y lo alejara de su familia. Puedo darle algo que Valentina no pudo quitarle: su historia.
Leónidas levantó la cabeza. Sus ojos, antes apagados por el golpe, comenzaban a arder con una luz nueva. Desconfianza, sí. Pero también una esperanza tan frágil que dolía mirarla.
—¿Y por qué iba usted a hacer eso? —preguntó con voz rasgada—. ¿Qué gana con ayudarme?
Varg se separó de la chimenea y fue a sentarse en el borde de una silla de madera, frente a Leónidas. La postura era incómoda, como si no estuviera acostumbrado a sentarse en presencia de otros. O como si no quisiera bajar la guardia del todo.
—Lo que gano —dijo lentamente— es la posibilidad de dormir por las noches sin ver las caras de la gente que no pude ayudar. Usted no es el primero al que Valentina... deshace. Pero es el primero que ha conseguido llegar tan lejos. El primero que ha estado tan cerca de encontrar a Shiara.
—¿Shiara? —Leónidas se enderezó—. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? Solo se que tengo un hijo con ella, pero no la recuerdo.
Varg entrelazó los dedos sobre las rodillas. El gesto, casi de oración, contrastaba con su aspecto rudo.
—Shiara es la única persona que lo ha buscado, y Valentina no quiere que lo encuentre. La única que sabe lo que ella es capaz de hacer. Y la única que puede ayudarle a recordar quién es usted.
—¿Recordar qué?
—Quién era usted antes de que Valentina le arrebatara toda su vida. Porque yo puedo contarle hechos, fechas, nombres. Pero Shiara puede devolverle la memoria. La verdad Shiara es su esposa.
Leónidas negó con la cabeza, incrédulo.
—Eso no es posible. Ella es una enfermera que me cuidaba me dijo Valentina. Además los médicos lo dijeron. Daño irreversible, lo llamaron.
Varg sonrió, y por primera vez aquella sonrisa tuvo algo de humano.
—Los médicos no saben todo lo que Valentina es capaz de hacer. Y no saben todo lo que Shiara puede hacer. Créame, Leónidas. Yo he visto cosas que ningún médico podría explicar. Cuando este con su familia.
Un largo silencio. El viento golpeaba contra los cristales, y la casa crujió como un viejo barco en la tormenta.
—Dígame —susurró Leónidas al fin—. Dígame quién era.
Varg lo miró fijamente. Cuando habló, su voz era grave, medida, como quien cuenta una historia sagrada.
—Se llamaba Leónidas Ktasaros. Es un hombre muy importante de su país Rusia. De los buenos, de los que no se venden. Su esposa es Shiara y tiene un hijo se llama Alessandro.
El nombre cayó en el silencio como una piedra en aguas profundas. Leónidas sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Un hijo? Si lo sé, no sé porque mi memoria lo recuerda. Un hijo aún no este a mi lado se que lo tengo con Shiara. Valentina me engaño.
—Valentina hacido una mujer perversa. Y lo ha manipulado. Shiara lo buscan tiene años buscándolo. Seis para ser exactos.
—No... —Leónidas se llevó las manos a la cabeza, como si pudiera contener el torrente de emociones que amenazaba con desbordarlo—. No me acuerdo. No me acuerdo de nada.
—Porque Valentina le borró esos recuerdos. Pero existen. Su hijo y su esposa Shiara.
—¿Y dónde está ahora? ¿Dónde está ella?
Varg desvió la mirada. Y ese gesto, tan pequeño, fue más elocuente que cualquier palabra.
—Ya le dije que Shiara lo está buscando, Leónidas. Se dónde va estar ella.
El mundo se detuvo. El fuego dejó de crepitar. El viento dejó de gemir. Solo existía aquella verdad monstruosa, instalándose en el pecho de Leónidas como un cuchillo de hielo.
—¿Yo...?
—La noche que Valentina se lo llevó alegando lo de su familia, usted había tenido un accidente.
Leónidas se levantó de golpe, tambaleándose. Dio dos pasos hacia la pared, apoyó las manos en ella, jadeando. Las imágenes no llegaban, pero el dolor sí. Un dolor antiguo, profundo, que había estado allí todo el tiempo, dormido bajo la capa de olvido.
—¿Y mi hijo? —preguntó sin volverse—. ¿Qué pasó con mi hijo?
Varg tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más cansada que nunca.
—Esta a salvó, solo que Shiara está en peligro. Así que tenemos que buscarla. No pregunte mucho, ya sabe lo necesario.
Leónidas giró lentamente. Su rostro había cambiado. Ya no era el hombre desorientado que había abierto la puerta horas antes. Había algo nuevo en sus ojos. Algo peligroso.
—¿Cree que Valentina vaya hacerle daño?