Los dos días siguientes transcurrieron en una nebulosa de nervios y preparativos. Leónidas apenas podía dormir. Cada noche, cuando cerraba los ojos, intentaba desesperadamente atrapar fragmentos de memoria que siempre se desvanecían como humo. Pero algo había cambiado en él. Ya no era el hombre vacío que había llegado a aquella casa. Ahora tenía un nombre: Leónidas Ktasaros. Tenía una historia: un hombre importante en Rusia, alguien íntegro. Y tenía una familia: Shiara y Alessandro.
Alessandro. Su hijo. Pronunciaba ese nombre en voz baja, una y otra vez, como si la repetición pudiera convertirlo en real.
Varg le había dado ropa nueva, dinero, documentos. Y también le había dado algo más valioso: una dirección, una hora, una esperanza.
—Cuando la vea —le advirtió Varg la última noche—, no espere que todo vuelva de golpe. La memoria es traicionera. A veces tarda en regresar. A veces no regresa del todo. Pero Shiara sabrá esperar. Lleva seis años haciéndolo.
—¿Y si no la reconozco? —preguntó Leónidas, con un miedo que le agarrotaba la garganta—. ¿Y si la miro a los ojos y no siento nada?
Varg apoyó una mano en su hombro. El gesto, tan simple, resultaba enorme en un hombre acostumbrado a la distancia.
—Entonces aprenderá a quererla de nuevo. Pero no se preocupe. El corazón recuerda lo que la mente olvida.
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El puerto viejo de Santa María olía a salitre y a pescado, a madreselva y a olvido. Era un lugar de nadie, frecuentado solo por gaviotas y por aquellos que tenían razones para no ser vistos. Los barcos mecían sus cascos oxidados contra los muelles, y el viento del sur traía promesas de horizontes lejanos.
Leónidas llegó cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y violeta. Varg le había indicado un lugar concreto: el extremo del muelle número siete, junto a una vieja grúa que ya nadie usaba. Desde allí se veía el "Esperanza", un barco de carga pequeño pero robusto, con las jarcias tensas como nervios a punto de estallar.
Se apostó tras un contenedor abandonado, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Y esperó.
La vio llegar cuando la luz ya casi se extinguía.
Caminaba rápido, con la cabeza gacha, envuelta en un abrigo oscuro que el viento le pegaba al cuerpo. Llevaba el pelo recogido y un bolso cruzado sobre el pecho, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo. Pero lo que más le impactó a Leónidas no fue su aspecto, sino la reacción de su propio cuerpo. Al verla, algo se rompió dentro de él. Una contención que ni siquiera sabía que mantenía. Sus manos comenzaron a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin que él pudiera evitarlo.
No la recuerdo, pensó con desesperación. Pero la necesito. Dios, cómo la necesito.
Shiara se detuvo junto a la grúa y miró hacia el barco. Buscaba a alguien, eso era evidente. Buscaba a Varg, probablemente. No lo encontró. Lo que encontró fue a un hombre que salía de detrás de un contenedor y caminaba hacia ella con paso inseguro.
Se quedó paralizada.
Leónidas se detuvo a unos metros de distancia. No sabía qué decir. Había ensayado frases durante todo el camino, pero en ese momento todas habían volado de su mente. Solo acertó a mirarla, a beberla con los ojos, a intentar grabar cada detalle de su rostro en esa memoria que le habían robado.
—Shiara —dijo al fin. Su voz sonó ronca, rota—. Soy yo.
Ella no se movió. Tampoco habló. Pero sus ojos se abrieron desmesuradamente, y en ellos vio Leónidas algo que jamás olvidaría: una mezcla de incredulidad, de dolor, de una esperanza tan antigua que parecía a punto de quebrarse.
—No —susurró ella, dando un paso atrás—. No puede ser. No eres tú. Es un truco de Valentina. Es...
—No es ningún truco —dijo Leónidas, dando un paso adelante—. No la recuerdo. No recuerdo nada de lo que Varg me ha contado. Pero he venido. He venido porque... —buscó las palabras, desesperado—. Porque no podía hacer otra cosa. Porque desde que supe que existes, algo me dice que sin ti no soy nada.
Shiara temblaba. Las lágrimas corrían por su rostro sin que ella hiciera nada por detenerlas.
—Llévame contigo —pidió Leónidas—. No sé quién soy. No sé quién fui. Pero quiero aprenderlo. Quiero aprenderlo contigo. Quiero conocer a nuestro hijo.
Al oír eso, Shiara se llevó las manos a la boca para ahogar un sollozo. Y entonces, como si un resorte se hubiera roto, corrió hacia él y se arrojó en sus brazos.
Leónidas la sostuvo. La apretó contra su pecho con una fuerza que no sabía que tenía. Y cuando sintió su cuerpo pequeño temblar entre sus brazos, cuando percibió el olor de su pelo, cuando notó el latido de su corazón contra el suyo, ocurrió algo extraordinario.
No fue un recuerdo. No fue una imagen nítida ni una escena concreta. Fue una sensación. Una certeza absoluta, profunda, innegable: esta mujer es mi hogar.
—Lo siento —murmuró contra su pelo—. Lo siento tanto. No me acuerdo. Pero estoy aquí. Estoy aquí, Shiara.
Ella levantó la cabeza y lo miró con los ojos inundados. Y entonces, con una ternura que desgarró algo en el pecho de Leónidas, acarició su rostro con ambas manos.