Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 14

El "Esperanza" surcaba las aguas nocturnas con un rumor constante de motores y madera, un sonido hipnótico que se mezclaba con el chapoteo rítmico de las olas contra el casco. La embarcación avanzaba lenta pero firmemente, como si ella también comprendiera la importancia de aquella travesía, como si supiera que a bordo llevaba algo más valioso que cualquier mercancía: el frágil y tenue hilo de una historia que creían perdida para siempre. Las luces del puerto habían quedado atrás, reducidas a un tenue resplandor en el horizonte que pronto se desvaneció por completo, tragado por la inmensidad de la noche.

Leónidas y Shiara permanecían en la cubierta de popa, sentados sobre unas viejas cajas de madera que aún conservaban el olor del pescado y la sal acumulada durante años de faena. No les importaba la incomodidad ni la humedad que empezaba a calar la ropa. Estaban demasiado absortos el uno en el otro, mirándose fijamente, reconociéndose con la intensidad de quien intenta descifrar un manuscrito antiguo escrito en un idioma que alguna vez fue propio pero que el tiempo y la adversidad volvieron extraño. Aprendían de nuevo los mapas de sus caras: las pequeñas arrugas que el destino había añadido, la forma en que la luz tenue de la luna se reflejaba en sus pupilas, ese gesto tan característico de Shiara de morderse el labio inferior cuando estaba pensando qué decir.

El viento salado les azotaba los rostros con furia, despeinándolos, trayendo el frío cortante de alta mar, pero ninguno de los dos parecía sentirlo. Estaban demasiado ocupados mirándose, reconociéndose, aprendiendo de nuevo los mapas de sus caras. Para Leónidas, cada rasgo de Shiara era a la vez completamente nuevo y profundamente familiar, como si su alma reconociera lo que su mente había olvidado. Para Shiara, cada segundo que pasaba mirándole era un pequeño milagro, la confirmación de que seis años de búsqueda incansable no habían sido en vano, de que el amor, cuando es verdadero, encuentra siempre la manera de abrirse paso entre las sombras.

—¿Sabes lo más extraño? —dijo Leónidas rompiendo el silencio, su voz apenas un susurro que el viento casi se llevaba—. Que no recuerdo tu cara, pero mi cuerpo sí. Mis manos recuerdan cómo sujetaban las tuyas. Mis brazos recuerdan cómo abrazarte. Es como si mi piel tuviera memoria propia, una que Valentina no pudo borrar por más que lo intentó.

Shiara sonrió con ternura, pero había tristeza en sus ojos, una melancolía profunda que parecía venir de muy adentro, de todos esos años de espera y desesperanza. Asintió lentamente, como si aquellas palabras confirmaran algo que ella siempre había sabido en lo más profundo de su ser.

—Siempre decías eso —respondió, acercándose un poco más a él—. Que yo vivía en tu piel. Lo recuerdo como si fuera ayer. Una noche, después de hacer el amor, te quedaste dormido con la mano en mi vientre. Recuerdo cómo tu respiración se volvía lenta y acompasada, cómo tus dedos, incluso dormidos, mantenían ese contacto suave con mi piel. Cuando despertaste, me miraste con esos ojos tuyos que siempre tenían un brillo especial por las mañanas y me dijiste: "He soñado que te escribía poemas en la piel con tinta invisible. Y cuando desperté, comprobé que seguías allí. Que eras real". Nunca olvidaré esas palabras, Leónidas. En los momentos más difíciles, cuando casi perdía la esperanza de encontrarte, las repetía como un mantra.

Leónidas cerró los ojos con fuerza, arrugando el entrecejo en un gesto de concentración absoluta, intentando atrapar esa imagen, agarrarse a ese recuerdo como un náufrago a un trozo de madera. No pudo. El vacío en su memoria seguía siendo inmenso, un abismo oscuro donde los años compartidos con Shiara deberían haber estado. Pero sintió algo: un calor extraño en el pecho, una calidez que se extendió lentamente como si unas manos invisibles le masajearan el corazón desde dentro. Era como si esas palabras de Shiara, cargadas de tanta verdad y tanto amor, hubieran encontrado un pequeño resquicio en su memoria, una grieta por la que empezaba a colarse la luz.

—¿Cómo era yo? —preguntó de repente, abriendo los ojos y clavando su mirada en la de ella con una urgencia casi desesperada—. Quiero decir, antes de todo esto. Antes del accidente, antes de Valentina, antes de que me convirtieran en este hombre que no sabe quién es. ¿Cómo era realmente Leónidas Ktasaros?

Shiara se tomó su tiempo para responder. Miró el horizonte, donde el cielo y el mar se confundían en una misma negrura sin límites, como si allí, en esa fusión de elementos, pudiera encontrar las palabras adecuadas para describir al hombre que amaba. Pasaron los segundos, lentos, pesados, mientras el barco seguía avanzando y la estela espumosa se perdía detrás de ellos.

—Eras muchas cosas —comenzó finalmente, con voz pausada y reflexiva—. Eras duro, a veces demasiado. Los negocios te habían enseñado a no mostrar debilidad, a mantener siempre una máscara de hombre implacable. En tu mundo, el cariño se confundía con debilidad y tú no podías permitirte ese lujo. Pero conmigo... conmigo eras blando. Como un caramelo de esos que se derriten en la boca, de los que te regalaba tu abuela cuando eras pequeño. Me reía de ti porque eras incapaz de negarme nada. Te convertías en un hombre distinto, más ligero, más libre. Los dos teníamos carácter fuerte, chocábamos a veces, pero ninguno de los dos podía estar enfadado con el otro más de cinco minutos. Nos buscábamos, nos necesitábamos. Hasta que pasó lo del accidente. Y de allí hasta hoy.

—¿De verdad? —preguntó Leónidas, esbozando una sonrisa incrédula—. ¿Yo, blando? Suena a otra persona.

—Una vez —continuó Shiara, animándose al ver su interés— quise poner en marcha un proyecto para ampliar la guardería que estaba montando. Una iniciativa para niños con pocos recursos. Y te dije, casi de broma, que no te preocuparas, que ya buscaría la manera de seguir adelante sola, que no esperaba que me ayudaras porque sabía lo ocupado que estabas con tus negocios. A la semana siguiente, sin decirme nada, habías comprado el local de al lado, lo habías reformado y habías contratado al personal necesario. Y cuando llegué, alli estaban los niños, los nuevos. Y cuando te dije que estaba embarazada... —Su voz se quebró ligeramente y tuvo que hacer una pausa—. Hay cosas que tenemos que hablar, Leónidas. Muchas cosas.




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