El coche avanzaba por una carretera secundaria bordeada de cipreses y olivos. Leónidas iba en el asiento trasero, con la ventanilla bajada, sintiendo cómo el aire cálido del sur le golpeaba el rostro. Shiara iba a su lado, su mano en la suya, apretando de vez en cuando como para asegurarse de que seguía allí.
Dam conducía en silencio, con esa parsimonia de quien ha aprendido que las palabras sobran cuando los corazones están en juego.
—Falta poco —dijo al fin—. Unos diez minutos.
Leónidas asintió sin apartar la mirada del paisaje. Casas blancas, campos de cultivo, algún que otro perro tumbado a la sombra. Todo parecía tan normal, tan ajeno al terremoto que sacudía su interior.
—¿Cómo se lo has explicado? —preguntó de repente—. A Alessandro. ¿Qué le has dicho sobre hoy sobre mi?
Shiara se humedeció los labios. Había estado esperando esa pregunta.
—Le dije que iba a buscar un tesoro. El tesoro más importante del mundo. Y que si lo encontraba, volvería con él.
—¿Y él qué dijo?
—Preguntó si el tesoro era de oro. Le dije que mucho mejor que el oro. Preguntó si era un dinosaurio de verdad. Le dije que casi. Y entonces se encogió de hombros y dijo: "Bueno, mientras vuelvas pronto". Los niños son así. Viven en el presente.
—Ojalá yo pudiera —murmuró Leónidas.
Shiara apretó su mano.
—Lo harás. Pronto.
El coche tomó un desvío y comenzó a subir por un camino de tierra flanqueado por muros de piedra. Al final, asomaba una casa blanca de dos plantas, con persianas verdes y un porche lleno de macetas. Delante, un perro vagabundo dormitaba al sol.
—Ya llegamos. —dijo Dam, deteniendo el vehículo.
Nadie se movió durante unos segundos. Leónidas miraba la casa como si fuera una fortaleza inexpugnable. Su respiración se había acelerado. Las palmas de las manos le sudaban.
—No sé si puedo —susurró.
Shiara se volvió hacia él. Le sujetó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Escúchame. Ese tu hijo lleva seis años preguntando por ti. Seis años dibujando a su papá en todos los dibujos del colegio. Seis años diciendo que cuando seas mayor vas a ser como su padre. Y ahora estás aquí. No importa lo que sientas o no sientas. No importa si no recuerdas. Solo importa que entres por esa puerta y lo abraces. ¿Lo harás por mí?
Leónidas tragó saliva. Asintió.
—Lo haré.
—Por él —corrigió Shiara con una sonrisa—. Hazlo por él.
Salieron del coche. Dam se quedó apoyado en el capó, encendiendo un cigarrillo.
—Yo espero aquí —dijo—. Señora si necesita algo me avisa.
Shiara tomó a Leónidas de la mano y caminaron hacia la puerta. Antes de llamar, se volvió hacia él.
—Pase lo que pase, te quiero. Recuérdalo.
Llamó.
Se oyeron pasos al otro lado. Pasos pequeños, rápidos, seguidos de una voz de hombre que decía: "¡Alessandro, espera! ¡No abras sin mirar!"
Pero la puerta se abrió de golpe.
Y allí estaba.
Un niño rubio, despeinado, con los ojos verdes como los de Leónidas y una camiseta de dinosaurio estampada. Sostenía un diplodocus de plástico en una mano y miraba a los recién llegados con una mezcla de curiosidad y algo más. Algo que Leónidas no supo identificar hasta después.
—¡Mamá! —gritó el niño, lanzándose a los brazos de Shiara—. ¡Has vuelto! ¿Has encontrado el tesoro? ¿Dónde está? ¿Es grande? ¿Puedo verlo?
Shiara lo levantó y lo abrazó con fuerza, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Sí, mi amor. Lo he encontrado. Es el tesoro más grande del mundo. Y está aquí. Justo aquí.
Bajó al niño al suelo y lo giró suavemente hacia Leónidas.
Alessandro lo miró. Parpadeó una vez. Dos veces. Frunció el ceño de esa manera tan característica que Leónidas había visto en la foto. La misma que, según Shiara, era idéntica a la suya.
Y entonces ocurrió.
El niño no dijo nada. Pero sus ojos se abrieron de par en par. El dinosaurio de plástico cayó al suelo con un ruido sordo. Y sin mediar palabra, sin preguntar, sin dudar, Alessandro se lanzó hacia adelante y se aferró a las piernas de Leónidas con una fuerza desesperada.
—¡Papá! —gritó—. ¡Papá, papá, papá!
Leónidas se quedó inmóvil. El mundo se había detenido. Sentía aquel cuerpecito pequeño contra sus piernas, aquellos bracitos que apretaban con todas sus fuerzas, aquella vocecita que repetía una y otra vez la palabra que más miedo le daba: papá.
Y entonces, sin saber cómo, sin entender por qué, sus brazos se movieron solos. Bajaron y rodearon al niño. Lo levantaron. Lo apretaron contra su pecho.
Y lloró.
Lloró como no había llorado en años. Lloró por todo el tiempo perdido, por todos los recuerdos ausentes, por todas las noches que no había podido arropar a aquel niño. Lloró porque aquel pequeño lo llamaba papá con una certeza absoluta, como si nunca hubiera dudado de que volvería.