Días después en un atardecer hermoso. Se sentaron en el porche, los cuatro, mientras Alessandro correteaba por el jardín con Rodrigo el diplodocus y otros dinosaurios que iba sacando de una cesta. Dam se había unido a ellos después de un rato, sentado aparte, fumando en silencio, pero con una expresión de satisfacción que pocas veces se le veía.
Lara sirvió limonada y galletas recién hechas. Hablaron de todo y de nada. De cómo Lara había acogido a Shiara cuando todo empezó, de cómo habían escondido a Alessandro, de los años de búsqueda, de las noches de desesperación. Lara era como una madre para Shiara.
—Hubo un momento —contó Lara— en que pensamos que estabas muerto. La policía encontró un coche quemado con tus documentos. Pero Shiara no se lo creyó. Dijo que lo sabría. Que lo sentiría si tú hubieras muerto. Y resultó que tenía razón.
—Siempre la tiene —dijo Leónidas, mirando a Shiara.
Ella sonrió, sonrojándose ligeramente.
—No siempre. Pero en esto sí. Y está aquí con la familia.
Alessandro llegó corriendo y se subió al regazo de Leónidas sin pedir permiso. Era tan natural en él, tan confiado, que a Leónidas se le encogió el corazón.
—Papá —dijo el niño—. ¿Te quedas a cenar?
Leónidas miró a Shiara. Ella asintió con una sonrisa.
—Sí, hijo. Me quedo.
—¿Y mañana también?
—También.
—¿Y pasado?
—Todos los días.
Alessandro frunció el ceño, pensativo.
—¿Y luego te irás otra vez?
La pregunta cayó como una losa. Shiara contuvo el aliento. Lara miró hacia otro lado.
Leónidas tomó a su hijo por la barbilla y lo levantó suavemente para mirarlo a los ojos.
—Escúchame, Alessandro. Nunca más me iré. Hubo alguien malo que me alejó de ustedes. Alguien que no quería que yo estuviera con mamá y contigo. Pero ya no puede hacerme daño. Y nunca, nunca más, va a separarnos. Te lo prometo.
—¿Promesa de qué? —preguntó el niño, con esa seriedad que solo los niños tienen.
Leónidas dudó un momento. Luego sonrió.
—Promesa de dinosaurio.
Alessandro abrió los ojos como platos.
—¿Eso existe? ¿Promesa de dinosaurio?
—Acabo de inventarla. Es la promesa más importante de todas. Más que las de mayores. Porque los dinosaurios nunca rompen sus promesas.
El niño reflexionó un segundo. Luego asintió, satisfecho.
—Vale. Entonces te creo.
Y dicho esto, se bajó de su regazo y volvió a corretear tras los dinosaurios.
Leónidas exhaló un suspiro que parecía llevar años contenido.
—Es increíble —murmuró—. Cómo confía. Cómo me acepta sin preguntar.
—Eres su héroe —dijo Lara—. Siempre lo has sido. Desde que nació, le hablamos de ti. Le mostramos fotos. Le contamos historias. Para él, no eras un ausente. Eras un padre en misión especial. Y ahora has vuelto. Como los héroes de los cuentos.
—Pero yo no soy ningún héroe —protestó Leónidas—. Soy un hombre al que le robaron la vida. Un hombre que no recuerda nada.
—Y a pesar de eso —intervino Shiara—, has venido. Has cruzado medio país. Te has enfrentado a tus miedos. Y hace un momento, cuando Alessandro te ha preguntado si te ibas a ir otra vez, no has dudado ni un segundo. Has hecho una promesa. Una promesa de dinosaurio, que es la más importante. Eso es un héroe, Leónidas. No el que nunca cae. El que se levanta y vuelve.
---
La noche cayó sobre la casa blanca. Cenaron todos juntos en una mesa de madera, bajo la luz amarillenta de una bombilla colgante. Alessandro no se separó de Leónidas en toda la cena. Se sentó a su lado, le explicó qué dinosaurio era cada figura de plástico que había llevado a la mesa, y le hizo prometer que al día siguiente jugarían juntos.
—Pero en condiciones —dijo el niño con severidad—. No vale dejar que gane.
Leónidas rio.
—Te ganaré, entonces.
—¡No podrás! —gritó Alessandro—. ¡Soy el campeón de los dinosaurios!
—Ya veremos.
Después de cenar, Shiara llevó a Alessandro a bañarse. Leónidas se quedó en el porche con Donato, Dam y Lara. El silencio era cómodo, cálido, como de familia.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Lara—. Con Valentina, digo.
Dam exhaló una bocanada de humo.
—Valentina no se rendirá. Ha dedicado demasiados años a esto. Cuando descubra que Leónidas ha desaparecido, cuando sepa que está con Shiara, moverá cielo y tierra para recuperarlo.
—¿Puede hacerlo? —preguntó Leónidas.
—Tiene dinero. Tiene contactos. Y tiene algo más peligroso: obsesión. Para Valentina, Leónidas no es una persona. Es una posesión. Y no tolera que le quiten lo que cree suyo.
Contestó Donato mirándolo serio.
—Entonces estamos en peligro.