Los días siguientes transcurrieron en una burbuja de felicidad frágil y preciosa. Leónidas se despertaba cada mañana con el sol entrando por la ventana de la habitación que Lara le había preparado, y con los gritos de Alessandro anunciando que el desayuno estaba listo. Bajaba las escaleras y allí estaba su hijo, ya vestido, con la mochila de dinosaurios preparada para el día, impaciente por comenzar las aventuras.
—¡Papá, hoy toca construir el fuerte más grande del mundo! —anunció Alessandro una mañana, con los brazos en jarras.
—¿Más grande que el de ayer? —preguntó Leónidas, bostezando.
—¡Mucho más grande! Ayer era un fuerte normal. Hoy será un fuerte dinosaurio.
—¿Y eso qué significa?
—Que tendrá un techo para que no llueva, y un comedor para las galletas, y una puerta secreta para escapar de los cazadores.
Leónidas rio y lo levantó en brazos.
—Me parece un plan excelente. Pero primero, desayunar. ¿Qué hay?
—¡Galletas! —gritó Alessandro.
—No solo galletas —corrigió Shiara, entrando desde la cocina con una bandeja de fruta y cereales—. También cosas sanas.
Alessandro puso cara de disgusto.
—Lo sano no mola.
—Lo sano te hace fuerte para luchar contra los dinosaurios —dijo Leónidas, sentándolo en una silla.
—¿Los dinosaurios comían sano?
—Claro. Los herbívoros comían plantas. Los carnívoros comían carne. Pero todos comían cosas sanas.
Alessandro reflexionó un momento.
—Vale. Pero solo un poco.
Shiara lanzó a Leónidas una mirada de gratitud. Él le guiñó un ojo.
Los días tenían esa cadencia: juegos, risas, comidas, siestas (de Alessandro, no de ellos), paseos por el campo, baños con dinosaurios de plástico flotando, y noches en el porche, los tres, mirando las estrellas mientras el niño hacía preguntas imposibles.
—Papá, ¿las estrellas son dinosaurios muertos?
—No, hijo. Las estrellas son soles lejanos.
—¿Y los soles son estrellas?
—Sí.
—¿Y nuestro sol es una estrella?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué de día no vemos las estrellas?
—Porque la luz del sol las tapa.
Alessandro frunció el ceño, procesando la información.
—Eso es mentira —sentenció—. Las estrellas están ahí, pero no se ven. Eso no tiene sentido.
—Bueno, la ciencia a veces tiene cosas que no parecen tener sentido.
—Pues la ciencia es tonta. Yo quiero ver las estrellas de día.
Shiara rio desde su silla.
—No se puede, mi amor.
—Pues entonces quiero que sea de noche siempre.
—Y entonces no verías el sol.
—Ya, pero vería las estrellas.
El diálogo podía continuar así durante horas. Leónidas descubrió que su hijo tenía una lógica implacable y una capacidad para hacer preguntas que agotaba cualquier argumento. Le encantaba. Le encantaba cada segundo de aquella paternidad recién estrenada, aunque fuera una paternidad que debería haber empezado seis años antes.
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Una tarde, mientras Alessandro dormía la siesta, Shiara propuso dar un paseo. Caminaron por un sendero entre olivos, con el sol filtrándose entre las hojas y el canto de los pájaros como única compañía.
—Estás diferente —dijo Shiara, rompiendo el silencio—. Desde que llegaste, has cambiado.
—¿En qué sentido?
—No sé. Al principio parecías un animal asustado. Siempre alerta, siempre tenso. Ahora... ahora te relajas. Ríes. Juegas. No eres el Leónidas de antes.
Leónidas se detuvo y la miró.
—¿Cómo es el Leónidas que recuerdas?
—Sí. El que yo conocía no era así. Cálido, presente, cariñoso. No quiero decir que antes no lo fueras, pero había una capa de... no sé, de precaución. Como si temieras que todo fuera a desvanecerse.
—Es que lo temía. A veces todavía lo temo. Me despierto por las noches pensando que esto es un sueño, que en cualquier momento volveré a esa casa vacía, con Valentina apareciendo por la puerta.
Shiara se acercó y le tomó la mano.
—No va a pasar. Estás aquí. Con nosotros. Y no te vamos a dejar ir.
—¿Y si ella nos encuentra? Varg dice que no se rendirá.
—Dam también dice que estamos unidos. Y eso es más poderoso que cualquier cosa que ella tenga.
Leónidas asintió, pero su expresión seguía siendo seria.
—Hay algo que no te he contado —dijo—. Algo que pasó anoche.
Shiara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tuve un sueño. Un sueño muy raro. Estaba en una habitación oscura. Había una mujer, pero no era Valentina. Era más joven, más... no sé, más triste. Lloraba. Y yo quería consolarla, pero no podía moverme. Y entonces ella levantaba la cabeza y me miraba, y decía: "Acuérdate. Acuérdate de quién eres".