El amanecer llegó demasiado pronto. Alessandro se despertó quejumbroso, frotándose los ojos.
—¿Por qué tan temprano? —protestó—. Los dinosaurios duermen hasta tarde.
—Hoy nos vamos de viaje —dijo Shiara con voz alegre, aunque forzada—. Una aventura.
Los ojos del niño se abrieron de par en par.
—¿Una aventura de verdad?
—De verdad.
—¿Con dinosaurios?
—Con los que quieras llevar.
Alessandro saltó de la cama y empezó a llenar una mochila pequeña con todas sus figuras. Rodrigo el diplodocus, un tiranosaurio rex al que llamaba Vicente, un tricerátops bautizado como Cornelio, y muchos más.
—¡No caben todos! —se quejó.
—Tendrás que elegir —dijo Leónidas, entrando en la habitación.
—¡Pero si son mis amigos! No puedo dejar a mis amigos.
Leónidas se agachó a su altura.
—Mira, los que no puedas llevar ahora, los guardaremos muy bien. Y cuando volvamos, estarán aquí esperándote. ¿Vale?
Alessandro frunció el ceño.
—¿Y si se sienten solos?
—Los dinosaurios no se sienten solos. Son muy fuertes.
—Ah. Vale entonces.
Metió a Rodrigo, a Vicente y a Cornelio en la mochila. Los demás los acomodó en la cama con cuidado, tapándolos con la manta.
—Hasta luego, amigos —dijo—. Vuelvo pronto.
Shiara y Leónidas intercambiaron una mirada. Era tan pequeño, tan confiado, tan ajeno al peligro. Y eso era precisamente lo que querían proteger.
Bajaron las escaleras. Varg los esperaba con el coche en marcha. Lara estaba en la puerta, con los ojos húmedos.
—Cuídamelos —le dijo a Leónidas—. Son lo más importante.
—Lo sé —respondió él—. Y lo haré.
Abrazos, despedidas, promesas de volver pronto. Luego el coche arrancó y empezó a alejarse por el camino de tierra.
Alessandro, en el asiento trasero, miraba por la ventanilla.
—¿Adónde vamos, papá?
—A un lugar nuevo. Un pueblo pequeño junto al mar.
—¿Hay playa?
—Sí.
—¿Y dinosaurios en la playa?
—No, hijo. En la playa no hay dinosaurios.
—Pues entonces no mola tanto.
Shiara rio. Leónidas también. Incluso Varg esbozó algo parecido a una sonrisa.
El coche se perdió en el horizonte, dejando atrás la casa blanca, los olivos, los días de calma. Delante, lo desconocido. Detrás, lo que dejaban.
Pero iban juntos. Y eso era lo único que importaba.
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El viaje duró varias horas. Alessandro se durmió a los pocos kilómetros, agotado por el madrugón. Su cabeza descansaba en el regazo de Shiara, y su mano seguía aferrada a Rodrigo el diplodocus.
Dam condujo en silencio la mayor parte del trayecto. Pero cuando ya se acercaban al destino, habló.
—Hay algo que no les he contado —dijo—. Sobre Valentina.
Leónidas se tensó.
—¿Qué?
—No siempre fue así. Hubo un tiempo en que fue buena persona. Tuvo una vida dura, eso hay que reconocerlo. Pero lo que la corrompió no fue el poder ni el dinero. Fue el miedo.
—¿Miedo a qué?
—A perder. A quedarse sola. A no ser suficiente. Ese miedo la fue endureciendo, cerrándole el corazón. Hasta que un día dejó de sentir. Y cuando dejó de sentir, empezó a poseer. Porque poseer es más fácil que amar. No duele.
Shiara lo miró por el espejo retrovisor.
—¿Por qué nos cuentas esto?
—Porque quiero que entiendan que Valentina no es un monstruo. Es una persona que tomó malas decisiones. Y eso es importante, porque los monstruos no se pueden vencer. A las personas, sí. A las personas se les puede llegar.
—¿Usted cree que podemos llegar a Valentina? —preguntó Leónidas.
—No lo sé. Pero si quieren derrotarla, tienen que entenderla. Tienen que saber qué la mueve. Y yo creo que lo que la mueve, en el fondo, es el mismo deseo que tienen ustedes: no estar solos.
Un silencio reflexivo siguió a sus palabras.
—Eso no justifica lo que hizo —dijo Shiara al fin.
—No, no lo justifica. Pero ayuda a explicarlo. Y a veces, explicar es el primer paso para resolver.
El coche tomó una carretera costera. El mar apareció a la izquierda, azul intenso, infinito. Alessandro se despertó en ese momento.
—¡Agua! —gritó—. ¡Mucha agua!
—Es el mar, hijo —dijo Leónidas.
—¿Podemos bañarnos?
—Cuando lleguemos, sí.
—¿Hay dinosaurios en el mar?
—Bueno, hubo dinosaurios marinos. Pero no eran exactamente dinosaurios.