La felicidad en la casa blanca junto al mar se parecía mucho a la normalidad. Y eso, para Leónidas, era el lujo más grande que existía.
Pasaron tres días de una paz casi irreal. Por las mañanas, carreras en la orilla, castillos de arena que Alessandro defendía de las olas con su ejército de dinosaurios. Por las tardes, siestas largas y helados en una terraza con vistas al puerto. Por las noches, conversaciones susurradas en la cama, mientras el ruido del mar mecía sus miedos.
Pero el cuarto día, el mar trajo algo más que brisa.
Leónidas estaba en el porche, con una taza de café en la mano y la mirada perdida en el horizonte. Shiara salió y se apoyó en el marco de la puerta, observándolo. Llevaba días queriendo preguntar, pero respetaba su silencio. Sin embargo, la tensión en sus hombros era evidente.
—¿Sigues pensando en lo que dijo Dam? —preguntó ella, rompiendo la quietud.
Leónidas tardó en responder. Dio un sorbo a su café, que ya estaba frío.
—En Valentina —confesó al fin—. En cómo alguien puede terminar así. En si... en si yo podría haber terminado así.
Shiara se acercó y le quitó la taza de las manos para ponerla en la barandilla. Luego lo tomó de las manos, obligándolo a mirarla.
—Tú no eres ella. Nunca lo serías.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —sus ojos buscaban una verdad que él mismo no encontraba—. Me borraron la vida, Shiara. Me convirtieron en otra persona. ¿Y si esa otra persona, la que fui durante todos esos años, se parecía más a ella de lo que creo?
—¿Te gustaba? —preguntó ella con dulzura—. ¿Te gustaba la persona en la que te convertiste?
Leónidas frunció el ceño, obligándose a recordar. La mansión, las reuniones, las decisiones empresariales. El vacío.
—No —dijo, sorprendido por su propia rotundidad—. Era... todo era gris. Funcional. Como si viviera dentro de una pecera. Veía el mundo, pero no lo sentía.
—Entonces no eras como ella. Ella elige ese vacío. Lo protege. Lo alimenta. Tú, en cambio, en cuanto tocaste la punta del iceberg de tu pasado, empezaste a nadar hacia la superficie. Valentina lleva años ahogándose y ha decidido que ahogar a los demás es la única forma de no sentirse sola en el fondo.
Las palabras de Dam resonaron entre ellos. El mismo deseo que tienen ustedes: no estar solos.
Un grito de Alessandro los sacó de su burbuja.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Vengan! ¡He encontrado un dinosaurio de verdad!
Ambos sonrieron y se dirigieron a la orilla, donde el niño señalaba con fervor una roca con forma de caparazón.
—Es una tortuga, hijo —dijo Leónidas.
—No —Alessandro puso los brazos en jarras con una convicción inquebrantable—. Es un dinosaurio que se hizo tortuga para sobrevivir. Como los que se hicieron pájaros.
Leónidas y Shiara intercambiaron una mirada de asombro.
—¿Dónde has aprendido eso? —preguntó Shiara.
—En un libro. En la otra casa. Había un libro de dinosaurios.
Leónidas se agachó junto a él, mirando la roca.
—¿Sabes qué? Puede que tengas razón. La naturaleza es muy lista. A veces, para sobrevivir, hay que cambiar. Convertirse en algo que parezca más pequeño, más insignificante, para que los depredadores te ignoren.
Alessandro asintió, muy serio.
—Como cuando me escondo debajo de la cama y papá no me encuentra.
—Exacto.
—Pero tú siempre me encuentras.
—Porque soy tu papá. Y los papás tienen un radar especial para encontrar a sus hijos.
Shiara los observaba, con el corazón hinchado. Allí, en esa conversación absurda y maravillosa sobre dinosaurios y radares, estaba todo lo que valía la pena proteger.
Pero la calma se rompió al atardecer.
Leónidas había salido a comprar pescado para la cena. El pueblo era pequeño, y el trayecto hasta la pescadería, en el puerto, no llevaba más de quince minutos. Shiara se quedó en casa con Alessandro, que estaba empeñado en construir una fortaleza para sus dinosaurios con cojines y mantas.
El teléfono sonó. Era un número desconocido. Lo dudó, pero al final contestó.
—¿Dígame?
—Shiara. —La voz de Dam sonaba grave, urgente—. Escúchame. No hay mucho tiempo.
El estómago se le heló.
—¿Qué pasa?
—Valentina sabe que los ayudé. No sé cómo, pero lo sabe. Ha puesto a toda su gente a buscarlos. Creía que tendría más tiempo, pero se ha adelantado. Tienes que salir de ahí. Ahora mismo.
—Pero Leónidas no está, ha ido a comprar...
—No esperes. Coge al niño y vete. Enviaré a alguien a buscar a Leónidas. Tú prioriza al pequeño. ¿Me oyes? Prioriza al niño.
La llamada se cortó.
Shiara se quedó paralizada un instante, el teléfono aún pegado a la oreja. Luego reaccionó.
—¡Alessandro!