La noche cayó sobre la casa blanca como un manto espeso. Dentro, las luces estaban encendidas, creando un pequeño refugio de claridad en medio de la oscuridad. Pero ni la luz más brillante podía disipar la sombra que Valentina había dejado tras de sí.
Alessandro se había dormido en el sofá, agotado por la tensión sin entender del todo lo que había pasado. Leónidas lo llevó a la cama, lo arropó con esmero y colocó a Rodrigo el diplodocus bajo su brazo. El niño se removió, murmuró algo sobre dinosaurios que peleaban contra monstruos, y volvió a sumergirse en el sueño.
Cuando Leónidas bajó, encontró a Shiara en la cocina. No estaba cocinando ni recogiendo. Simplemente estaba de pie, mirando la taza de té que humeaba sobre la mesa, sin tocarla.
—¿Estás bien? —preguntó él, aunque conocía la respuesta.
Shiara levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, pero ya no lloraba. Había pasado la fase del llanto. Ahora estaba en la fase de procesar, de intentar encajar las piezas de un puzle que no dejaba de crecer.
—No lo sé —admitió—. Una parte de mí quiere salir corriendo, coger a Alessandro y meterme en el coche y no parar hasta que no quede carretera. Otra parte quiere quedarme aquí, plantarle cara, decirle que no nos va a ganar. Y otra parte... otra parte no sabe ni lo que quiere.
Leónidas se sentó frente a ella y tomó sus manos entre las suyas.
—Las tres partes son válidas.
—¿Tú qué sientes?
Él tardó en responder. Las palabras de Valentina aún resonaban en su cabeza. Cada día, cada hora, vas a preguntarte cuándo volveré. Vas a mirar por encima del hombro. Vas a dudar de cada sombra.
—Siento miedo —confesó—. Pero no por mí. Por vosotros. Por él. —Señaló hacia arriba, hacia la habitación donde dormía Alessandro—. Es tan pequeño, Shiara. Tan frágil. Y ella lo vio como una posesión más. Como un objeto que le pertenece.
—No le pertenece. No le pertenecerá nunca.
—Lo sé. Pero saberlo no me quita el miedo. Porque Valentina no juega limpio. No tiene límites. Y nosotros... nosotros solo tenemos amor. Y el amor, a veces, no basta contra la gente sin escrúpulos.
Shiara apretó sus manos.
—El amor no basta si se queda quieto. Pero el amor que pelea, el amor que se planta, el amor que dice "hasta aquí" y no retrocede... ese amor puede con todo.
Se miraron en silencio. El tic-tac de un reloj antiguo marcaba el paso de los segundos. Fuera, el viento había empezado a soplar, agitando las ramas de los olivos.
—Tenemos que hablar con Dam —dijo Leónidas al fin—. Necesitamos saber hasta dónde está dispuesta a llegar. Necesitamos un plan.
—¿Y si no hay plan? ¿Y si esto no tiene solución?
—Siempre hay solución. Puede que no sea la que queremos, puede que no sea fácil, pero siempre hay una salida.
El teléfono de Shiara vibró sobre la mesa. Ambos se sobresaltaron. Ella lo miró: número desconocido.
—¿Dígame?
—Soy Dam —la voz al otro lado sonaba cansada, como si hubiera envejecido diez años en un día—. Me enteré de lo que pasó. Valentina me llamó. Quería presumir, creo. Decirme que os había encontrado y que no podía hacer nada por protegeros.
—¿Y puede?
Silencio al otro lado. Luego, un suspiro profundo.
—Puedo intentarlo. Pero va a ser difícil. Valentina ha movido fichas que ni yo imaginaba. Tiene contactos en lugares que creía neutrales. Gente que le debe favores, gente que le teme. Ha construido una red durante años, Shiara. Y yo... yo fui parte de esa red. Durante mucho tiempo.
—¿Por qué nos ayuda entonces? —intervino Leónidas, acercándose al teléfono—. Si fue parte de todo eso, ¿por qué arriesgarse ahora?
—Porque uno se cansa. Porque llega un momento en que miras atrás y solo ves cadáveres y alianzas rotas y gente a la que traicionaste. Y te preguntas si valió la pena. Yo llegué a esa pregunta hace tiempo. La respuesta fue no. Pero no tuve valor para cambiar hasta que os conocí. Hasta que vi a ese niño. Hasta que vi lo que Valentina quería robar.
Shiara y Leónidas intercambiaron una mirada.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.
—Ahora, esperar. Lo sé, no es lo que queréis oír. Pero necesito tiempo para mover mis fichas, para contactar con gente de confianza, para preparar un terreno seguro. Valentina os ha encontrado, pero no os ha llevado. Eso significa que aún dudaba. Aún había algo en ella que le impedía cruzar esa línea. Eso es una grieta. Y las grietas se pueden aprovechar.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Leónidas.
—No lo sé. Días. Quizás una semana. Durante ese tiempo, no os mováis de ahí. Es el lugar más seguro que conozco. Valentina sabe dónde estáis, pero atacar ahora sería demasiado evidente. Necesita prepararlo, hacerlo parecer casual, o legal, o inevitable. Eso nos da un respiro.
—¿Y después?
—Después... después hablamos. Y decidimos. Juntos.
La llamada terminó. El silencio volvió a instalarse en la cocina.
Shiara se levantó y fue a la ventana. Miró hacia afuera, hacia la oscuridad.