Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 21

La decisión estaba tomada, pero eso no la hacía más fácil.

La mañana amaneció gris, con nubes bajas que se enredaban en los acantilados y un viento húmedo que olía a lluvia cercana. El mar, antes azul y luminoso, ahora parecía una masa de plomo líquido que se revolvía inquieta contra las rocas.

Leónidas llevaba dos horas despierto, mirando por la ventana, repasando mentalmente cada detalle. La casa en el monte que Dam les había descrito sonaba a refugio, pero también a trampa. Aislada. Sin vecinos. Sin cobertura. Sin salida fácil si algo salía mal.

—Deberías dormir un poco más —dijo Shiara desde la puerta de la cocina, con el pelo revuelto y una taza de café en la mano—. Va a ser un día largo.

—No podía. Demasiadas cosas en la cabeza.

Ella se acercó y le tendió la taza. Leónidas la aceptó con gratitud, agradeciendo el calor entre sus dedos fríos.

—¿Sigues pensando que es lo correcto?

—No lo sé —admitió él—. Pero sé que quedarnos aquí es quedarnos quietos mientras ella mueve sus piezas. Y no puedo permitirme estar quieto. No con Alessandro.

Shiara asintió, comprensiva.

—Dam dijo que enviaría a alguien. ¿A qué hora?

—A mediodía. Quiere que viajemos de día, para que parezca un viaje normal. Una familia que se va de vacaciones. Nada sospechoso.

—¿Y si nos siguen?

—Ese alguien que enviará se encargará de que no nos sigan. O al menos eso promete.

Shiara dudó un momento antes de preguntar:

—¿Confías en él?

Leónidas se volvió hacia ella. La pregunta llevaba días flotando entre los dos, sin atreverse a nombrarla.

—No del todo —respondió con honestidad—. Pero creo que su miedo a Valentina es más grande que su lealtad hacia ella. Y a veces, el miedo compartido une más que cualquier otra cosa.

—Qué bonito —dijo una voz desde las escaleras—. Miedo compartido. Como título de película de terror.

Ambos se giraron. Varg estaba ahí, apoyado en la barandilla, con esa expresión impasible que parecía su estado natural.

—¿Varg? —Leónidas no podía ocultar su sorpresa—. ¿Qué haces aquí?

—Dam me envió. Dijo que necesitabais a alguien de confianza para el viaje. Y como yo no tengo nada mejor que hacer... —se encogió de hombros—. Aquí estoy.

Shiara lo miró con desconfianza.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente para oír lo del miedo compartido. No te preocupes, no soy de los que juzgan. He vivido con Valentina el tiempo suficiente para saber que cualquiera con dos dedos de frente le tiene miedo. Hasta yo. Especialmente yo.

Bajó las escaleras con esa parsimonia suya, como si el tiempo no fuera con él. Vestía ropa oscura, práctica, y llevaba una mochila pequeña.

—¿Desayuno? —preguntó, dirigiéndose a la cocina—. Huele a café.

—¿No deberías explicarnos algo más? —dijo Leónidas, siguiéndolo—. ¿Cómo es que Dam te envía a ti? ¿Por qué deberíamos confiar en ti?

Varg se sirvió café con total tranquilidad, como si estuviera en su propia casa. Luego se volvió y los miró con esos ojos grises que parecían haber visto demasiado.

—No deberíais confiar en mí. Soy sincero. He hecho cosas de las que no me siento orgulloso por Valentina. He mentido, he intimidado, he cubierto sus vergüenzas. Pero hay algo que nunca he hecho: traicionar a alguien que confió en mí. Y Dam confió en mí al enviarme aquí. Eso, para mí, es un voto de confianza que pienso honrar.

—Bonito discurso —dijo Shiara, sin ocultar su escepticismo—. Pero las palabras se las lleva el viento.

Varg asintió, como si esperara esa respuesta.

—Tienes razón. Las palabras no valen nada. Así que os propongo un trato: durante las próximas horas, hasta que lleguemos a la casa del monte, Les pido que confíen en mí. Solo que me dejéis hacer mi trabajo. Luego, si quieren, pueden echarme. Pero mientras tanto, tendrán que hacerme caso. Porque conozco a Valentina. Sé cómo piensa, cómo actúa, cómo caza. Y si quieren sobrevivir a esto, van necesitar a alguien que la entienda.

Leónidas y Shiara intercambiaron una mirada. No había mucho que discutir. Las opciones eran escasas.

—Vale —dijo Leónidas—. Mano derecha. Pero si haces algo que ponga en peligro a mi familia...

—Lo sé, lo sé —lo interrumpió Varg con un deje de hastío—. Me matarás. Me lo imagino. Eres el héroe de la historia, el padre protector. Pero déjame decirte algo: si yo quisiera hacerles daño, ya lo habría hecho. Podría haber entrado en la casa mientras dormían. Podría haber llamado a Valentina en cuanto supe dónde estaban. No lo hice. Porque elegí no hacerlo. Y eso, en mi mundo, es lo más parecido a una declaración de principios.

Alessandro apareció en lo alto de las escaleras, frotándose los ojos.

—¿Hay visita? —preguntó, bostezando.

—Sí, hijo —dijo Leónidas—. Es Varg. Nos ayudará hoy.

—Ah, el señor serio —dijo Alessandro con naturalidad—. Hola.




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