La noche cayó sobre la casa de piedra como un manto de calma después de la tormenta. Las velas que Elisa había dispuesto por el salón creaban una luz cálida que bailaba en las paredes, y el fuego de la chimenea crujía con ese sonido reconfortante que parece borrar las preocupaciones, al menos por un rato.
Alessandro se había dormido en el sofá, con la cabeza apoyada en el muslo de Giovanni y Rodrigo firmemente sujeto contra su pecho. El anciano no se había movido en más de una hora, temeroso de despertarlo, con la mano descansando suavemente sobre el cabello del niño como si fuera el tesoro más frágil y valioso del mundo.
—Deberías llevarlo a la cama —susurró Shiara, apareciendo en el salón con dos tazas de té humeante.
—Déjalo un poco más —respondió Giovanni en voz baja, con una sonrisa que no se borraba de su rostro—. Hace años que no me siento así. En paz. Como si el mundo hubiera dejado de pesar.
Shiara se sentó a su lado, en el suelo, apoyando la espalda en el sofá. Le tendió una de las tazas.
—Cuéntame algo —dijo.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Lo que sea. Cómo era tu vida antes. Que paso con tu familia.
Giovanni suspiró, acariciando distraídamente el cabello de Alessandro.
—Mi esposa... era una mujer extraordinaria. La conocí cuando yo era muy joven, demasiado joven para saber lo que hacía. Ella trabajaba para una familia de Valentina. Eran gente con poder, con influencia, con secretos. Yo era solo un chico que hacía recados, que llevaba mensajes, que estaba ahí sin estar.
—¿Y cómo se conocieron?
—Me salvó la vida. Literalmente. Un encargo salió mal, un sobre que no debía entregar a quien lo entregué, y unos hombres vinieron a buscarme. Ella me escondió. Me ocultó en su propia habitación, arriesgándolo todo, sin conocerme de nada. Después de eso... bueno, ya sabes cómo son estas cosas. El peligro une. El secreto une. Y el amor... el amor también.
—Pero no era un amor fácil.
—Ningún amor lo es. Pero el nuestro tenía el peso añadido de las lealtades divididas. Ella no podía dejar a la familia de Valentina, sin romper un juramento que había hecho de niña. Yo no podía pedirle que lo rompiera. Así que nos veíamos a escondidas, vivíamos en los márgenes, construíamos un mundo en las rendijas de otro mundo que nos devoraba.
—Hasta que Valentina cambio.
—Hasta que Valentina. Y entonces todo cambió. Ya no podíamos vivir en las rendijas. Necesitábamos un lugar, un espacio, algo propio. Así que hablamos con la Familia Sterling. Les pedimos permiso para irnos. Para empezar de nuevo. Y ellos... ellos dijeron que sí. Pero nada es gratis en ese mundo. El permiso tenía un precio. Y ese precio era Valentina.
—¿Valentina?
—Valentina era la hija menor de los Sterling. Una niña entonces, apenas unos años mayor que tú. Y tenía un secreto. Un secreto que mi esposa descubrió sin querer. Algo que no debía saber. Y cuando pedimos irnos, los Sterling nos dijeron: "los dejamos ir, pero lleve se a la niña. La protegerán. La cuidarán. Nunca hablaran de lo que vieron. Y si algún día ese secreto sale a la luz, ustedes son los responsables."
Shiara sintió un escalofrío.
—¿Qué secreto?
—No lo sé. Nunca lo supe mi esposa no me lo contó nunca, y yo no quise saberlo. Algunas cosas, cuando las sabes, te encadenan. Ella quería que yo fuera libre. Así que nos fuimos los tres. Mi esposa, yo, y una niña que se llamaba Valentina. Empezamos de nuevo en un pueblo pequeño, lejos de Palermo, lejos de todo. Y durante unos años... fuimos felices.
—Pero algo pasó.
—Algo pasó. Valentina creció. Y con los años, empezó a preguntar. Quería saber quién era, de dónde venía, por qué vivía con nosotros y no con su familia. Tu amada esposa intentaba explicarle, pero las explicaciones nunca eran suficientes. Valentina se volvió... difícil. Desafiante. Empezó a actuar como si le debiéramos algo, como si nuestra protección fuera una deuda que nunca podríamos saldar.
—¿Y mi su esposa?
—Mi esposa Sara hacía lo que podía. Intentaba contenerla, educarla, quererla. Pero Valentina no se dejaba querer. O no sabía recibir amor. O el amor que nosotros podíamos darle no era el que necesitaba. No lo sé. Solo sé que cada año que pasaba, la distancia entre ellas se hacía más grande.
—¿Y tú? ¿Qué hacías tú?
Giovanni bajó la mirada.
—Yo... yo huía. Me refugiaba en el trabajo, en los recados, en cualquier cosa que me sacara de casa. No supe cómo manejar la situación. No supe cómo estar entre las dos. Y cuando Valentina se fue, cuando desapareció una noche sin dejar rastro, yo sentí alivio. Y ese alivio me avergonzó tanto que no pude mirar a Sara a la cara durante meses.
—¿Y por eso te fuiste?
—No. Eso vino después. Cuando Valentina regresó, años más tarde, ya convertida en quien es ahora. Regresó con poder, con contactos, con sed de venganza. Regresó a reclamar lo que ella consideraba suyo. Y Sara... Mi esposa la enfrentó. Dijo que no, que no le daríamos nada, que no nos someteríamos a su chantaje.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que Sara desapareció. Una noche. Sin dejar rastro. Y yo supe que Valentina había cumplido su amenaza. Supe que si me quedaba, vendrían por mí también.