Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 25

Elisa encontró a Leónidas en el jardín trasero, sentado en el mismo banco donde días antes había estado Shiara. La luna estaba alta, pintando el bosque de plata y sombras.

—¿No puedes dormir? —preguntó ella, sentándose a su lado.

—No. Demasiadas cosas en la cabeza.

—¿Shiara?

—Shiara. El señor Giovanni. El padre de Shiara Donato, Alessandro. Valentina. El futuro. Todo.

Elisa se quedó callada un momento. Cuando habló, su voz era más suave de lo habitual, menos marcial.

—Sabes que no todo depende de ti, ¿verdad?

—Lo sé. Pero siento que si no estoy pendiente de todo, algo se romperá. Como si el equilibrio fuera tan frágil que cualquier descuido lo haría añicos.

—Eso es agotador.

—Lo es.

—Y además, no es cierto.

Leónidas la miró.

—¿No?

—No. El equilibrio no es frágil. No depende de una sola persona. Mira lo que haz construido en estos meses. Tú, Shiara, Dam, Giovanni, Varg, yo. Incluso Alessandro con sus dinosaurios. Cada uno aporta algo. Cada uno sostiene una parte. Si tú fallas, estamos los demás. Si yo fallo, están los otros. Eso no es fragilidad. Eso es fortaleza.

—¿Desde cuándo eres tan optimista?

Elisa sonrió con ironía.

—No soy optimista. Soy realista. He pasado demasiado tiempo viendo a gente creerse el ombligo del mundo para saber que no lo es. Ni tú, ni yo, ni nadie. Y eso es liberador. Significa que podemos soltar un poco el control y confiar en los demás.

—Confiar no se me da bien.

—Lo sé. Pero estás aprendiendo. Y eso ya es mucho.

Se quedaron en silencio, escuchando los ruidos de la noche. El canto de algún grillo. El susurro del viento entre los árboles. El latido lento del mundo que sigue girando aunque ellos estén parados.

—Creo que Shiara quiere hacer un trato con Valentina —dijo Leónidas al fin.

—Lo sé. La he oído hablar con Giovanni.

—¿Y qué opinas?

Elisa se encogió de hombros.

—Opino que es una locura. Pero también opino que a veces las locuras son necesarias. Valentina no va a rendirse con los documentos falsos. Tarde o temprano descubrirá el engaño y vendrá con más fuerza. Si no le damos algo real, algo que la satisfaga, nunca nos dejaremos en paz.

—¿Y si lo que pide es demasiado?

—Entonces no se lo daremos. Pero al menos sabremos cuáles son sus verdaderas intenciones. A veces, sentarse a negociar con el enemigo no es una muestra de debilidad. Es una muestra de inteligencia. Saber hasta dónde está dispuesto a llegar el otro. Conocer sus límites. Y los tuyos.

—Suena a táctica militar.

—Lo es. Pero también es humana. Porque al final, todos negociamos. Todos cedemos. Todos transigimos. La vida es un pacto constante entre lo que queremos y lo que podemos tener. La cuestión es no perder lo esencial en el camino.

—¿Y qué es lo esencial para ti?

Elisa lo miró fijamente.

—La lealtad. La honestidad. Saber que, pase lo que pase, la gente con la que estoy no me va a traicionar. Que vamos a estar juntos en lo bueno y en lo malo. Que si caigo, alguien me va a levantar. Eso es lo esencial.

—¿Y tienes eso aquí?

—Creo que sí. Por eso sigo. Por eso me importa lo que pase con ustedes. Por eso no me he ido cuando podría haberme ido.

—¿Y por qué no te has ido?

Elisa se levantó del banco, estirándose como un gato.

—Porque hace años que no encontraba un lugar al que mereciera la pena llamar hogar. Y este sitio, con sus dramas, sus dinosaurios de plástico y sus secretos de familia... este sitio empieza a parecerse a uno.

Dicho esto, se dio la vuelta y volvió a la casa, dejando a Leónidas solo con la luna y el bosque.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que quizá, solo quizá, las cosas podían salir bien.

A la mañana siguiente, la casa despertó con un rumor inusual. Algo había cambiado en el ambiente. No era una amenaza, no era una urgencia. Era algo más sutil, más profundo: la sensación de que el tiempo de esconderse estaba llegando a su fin.

Shiara preparaba el desayuno cuando Leónidas entró en la cocina.

—¿Has dormido bien? —preguntó ella.

—Más o menos. He estado pensando.

—Yo también.

—¿En lo mismo?

Shiara dejó de remover los huevos y se giró hacia él.

—En Valentina. En nosotros. En qué vamos a hacer ahora.

—He oído lo que hablaste con Giovanni anoche.

—¿Y?

—Y creo que tienes razón. Los documentos falsos nos dan tiempo, pero no solución. Valentina no va a parar. No mientras sienta que hay algo que no controla.

—Entonces ¿estás de acuerdo en hacer un trato?




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