El desayuno transcurrió entre conversaciones a media voz y el tintineo de los cubiertos contra la loza. Alessandro había conseguido que Varg le contara una historia sobre un dinosaurio que aprendió a volar, aunque todos sabían que los dinosaurios no volaban, pero ninguno tuvo el corazón para corregirlo.
—Hay que hablar con Valentina —dijo Giovanni cuando el niño se alejó corriendo hacia el jardín con Rodrigo en la mano—. No podemos posponerlo indefinidamente.
Shiara asintió, secándose las manos en un trapo de cocina.
—Hoy mismo. Que sepa que estamos dispuestos a negociar, pero en nuestros términos.
—¿Y si se niega? —preguntó Dam, que había aparecido en la cocina con el pelo aún revuelto por el sueño—. Valentina no es de las que aceptan condiciones fácilmente.
—Entonces sabremos que no quiere negociar, solo imponer —respondió Elisa desde el umbral, apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Y eso también es información valiosa.
Leónidas sacó su teléfono, observándolo como si fuera un arma cargada.
—La llamo yo.
—¿Estás seguro? —Shiara le puso una mano en el brazo—. Podría hacerlo Giovanni. O yo misma. No tienes que...
—Sí, tengo. —La interrumpió con suavidad—. Esto empezó conmigo. Con mi desaparición. Con lo que ella hizo o dejó de hacer. Tiene que terminar conmigo también.
Nadie discutió. Había algo en su voz que no admitía réplica, no por autoridad, sino por convicción.
Marcó el número de memoria. Los segundos se alargaron como siglos hasta que una voz familiar, demasiado familiar, contestó al otro lado.
—Leónidas. Me preguntaba cuándo te decidirías a llamar.
Valentina sonaba igual que siempre: controlada, precisa, como si cada palabra estuviera medida al milímetro. Y sin embargo, Leónidas creyó percibir algo distinto en el fondo de su voz. ¿Curiosidad? ¿Impaciencia? Era difícil decirlo.
—Quieres hablar —dijo él, sin preámbulos—. Hablemos.
—Qué directo. Me alegra ver que el tiempo no te ha quitado tu carácter. —Hubo una pausa, un susurro de papel, el eco de un lugar amplio—. Supongo que tienes condiciones.
—Las tengo.
—Dime.
—Lugar neutral. Elegido por nosotros. Vamos armados. En cualquier momento, si algo nos parece fuera de lugar, nos vamos sin dar explicaciones.
Valentina soltó una risa breve, casi cortés.
—Esperaba algo más original de ti, Leónidas. Esas son las condiciones de siempre. Las que pone todo el mundo cuando tiene miedo.
—No tengo miedo. Tengo sentido de supervivencia. Son diferentes.
—Como quieras. Acepto.
La respuesta fue tan rápida que Leónidas frunció el ceño. A su alrededor, los demás intercambiaron miradas de alerta.
—¿Sin discutir? —preguntó él, dejando traslucir su escepticismo.
—Sin discutir. Aunque tengo una condición yo también.
—Te escucho.
—Que venga Shiara.
El nombre cayó en la cocina como una piedra en un estanque. Shiara se tensó visiblemente, pero no dijo nada. Leónidas la miró, buscando su reacción. Ella asintió apenas, imperceptible para quien no estuviera mirando con atención.
—Shiara estará presente —confirmó él.
—Bien. Entonces solo nos falta el lugar y la hora.
—Te lo haremos saber.
—Que no sea demasiado tarde, Leónidas. Mi paciencia no es infinita.
La llamada terminó con un clic seco. Leónidas dejó el teléfono sobre la mesa como si quemara.
—Aceptó demasiado rápido —dijo Varg, que había estado escuchando desde el rincón—. No me gusta.
—A mí tampoco —admitió Leónidas—. Pero es lo que tenemos.
Giovanni se llevó una mano a la barba, acariciándola con gesto pensativo.
—Quizá está tan desesperada como nosotros. O quizá tiene algo planeado. En cualquier caso, no podemos ir sin preparación. Conozco un lugar. Un viejo almacén en el puerto que lleva años abandonado. Amplio, con varias salidas, sin sorpresas.
—¿Cómo puedes estar seguro de que no hay sorpresas? —preguntó Dam.
—Porque lo revisé hace dos semanas. Desde que esto empezó, he estado preparando posibles lugares de encuentro. Por si acaso.
Elisa silbó suavemente.
—No es solo un viejo profesor universitario, ¿verdad, Giovanni?
El anciano sonrió con una mezcla de orgullo y modestia.
—He vivido muchas cosas. Y he aprendido que en este mundo, más vale tener un plan de reserva para el plan de reserva.
—Entonces —intervino Shiara, con la voz firme aunque sus manos temblaban ligeramente—, nos preparamos. Hoy revisamos el almacén. Mañana nos reunimos con ella.
—Tan pronto —murmuró Dam.
—Cuanto antes, mejor. Si Valentina está tramando algo, darle más tiempo solo le da más ventaja. Y si realmente quiere negociar, alargar la espera solo aumentará su desconfianza.