Matrimonio por Venganza 2

Capítulo 27

El almacén del puerto olía a salitre y a tiempo detenido. La luz del mediodía se filtraba por los agujeros del tejado de chapa, dibujando en el suelo círculos de sol que parecían reflectores naturales. Shiara y Leónidas ocuparon sus posiciones en la antigua oficina elevada, desde donde dominaban toda la nave. Abajo, las sombras se alargaban como dedos expectantes.

—Diez minutos —murmuró Varg por el auricular, desde su puesto en la entrada principal.

Leónidas asintió, aunque nadie podía verlo. Sentía el peso de Rodrigo en el bolsillo de su chaqueta, el pequeño dinosaurio de plástico como un talismán más valioso que cualquier arma. A su lado, Shiara tenía una mano dentro de su propio bolsillo, los dedos enroscados alrededor de Terri. No era supersticiosa —nunca lo había sido— pero aquella mañana había descubierto que la fe podía adoptar formas muy simples.

—¿Crees que vendrá sola? —preguntó ella en voz baja.

—Valentina nunca va sola a ninguna parte. Pero vendrá con los justos. Quiere demostrar que no tiene miedo.

—Tú tampoco lo tienes.

No era una pregunta. Leónidas la miró de reojo. Había algo en Shiara aquella mañana, una calma que no era resignación sino algo más parecido a la certeza. Como si ya hubiera tomado todas las decisiones importantes y ahora solo le quedara esperar.

—Antes sí —admitió él—. Antes tenía miedo de todo. De que me encontraran. De que me obligaran a volver.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo algo que me da más miedo perderlo que encontrarme con Valentina.

Shiara iba a responder, pero el auricular crepitó.

—Veo un coche —anunció Varg—. Negro. Se acerca despacio. Solo dos ocupantes.

—¿Placas? —preguntó Elisa desde la trasera.

—No lleva. Espera... se detiene. Baja ella.

El sonido de unos tacones sobre el asfalto llegó primero, un golpeteo rítmico que se acercaba con la precisión de un metrónomo. Luego, la silueta de Valentina recortada contra la luz de la puerta principal.

Llevaba un traje de chaqueta color marfil que contrastaba con la penumbra del almacén. El pelo recogido en un moño impecable. Las gafas de sol puestas aunque dentro no hubiera sol que la molestara. Detrás de ella, a tres pasos de distancia, un hombre alto con traje oscuro y las manos visibles a los lados del cuerpo. Un gesto calculado: no llevamos armas en la mano, venimos en son de paz.

Valentina se detuvo en el centro del círculo de luz que caía del techo. Se quitó las gafas con un movimiento lento, casi teatral, y alzó la vista hacia la oficina elevada.

—¿Vas a hacerme subir? —preguntó, con esa voz que sonaba a terciopelo sobre acero—. O prefieres hablar desde las alturas, como un dios del Olimpo.

Leónidas se puso de pie. Shiara lo imitó.

—Sube —dijo él, y señaló la escalera de metal que llevaba hasta ellos.

El ascenso de Valentina fue pausado, deliberado. Cada escalón crujía bajo sus tacones como una nota en una escala descendente. Cuando llegó arriba, sus ojos pasaron de Leónidas a Shiara, y en ese breve recorrido hubo más información que en cualquier conversación que hubieran podido tener.

—Shiara. —Valentina pronunció su nombre como quien prueba un vino, saboreándolo—. Cuánto tiempo. Me alegra verte en persona.

—No estamos aquí para intercambiar cumplidos —respondió Shiara, manteniendo la voz firme.

—No, claro que no. —Valentina se volvió hacia Leónidas—. Estamos aquí para hablar de ti, ¿verdad? Como siempre.

Hubo un silencio. Luego otro sonido de pasos en la escalera: el hombre de traje oscuro subía también, manteniéndose a una distancia respetuosa pero lo suficientemente cerca para intervenir si era necesario.

—Tu perro de presa —observó Elisa por el auricular—. ¿Quieres que suba?

—No —respondió Leónidas en voz baja, con la mano cerca del micrófono—. Aguarda.

Valentina esperó a que su escolta se colocara junto a la pared, a tres metros de ella, antes de continuar.

—Has puesto muchas condiciones para esta reunión, Leónidas. Lugar neutral, armados, libertad para irte en cualquier momento. Y yo las he aceptado todas. ¿Sabes por qué?

—Me lo vas a decir.

—Porque no quiero una guerra. Nunca quise una guerra. Lo que quiero es lo mismo que siempre he querido: que tú regreses a casa, que seamos la familia que fuimos siempre y tal vez con un hijo.

—Mi hijo no es tuyo, —dijo Leónidas, y en su voz había un filo que Shiara no le había oído nunca—. Dejé de ser tu monigote ahora tengo una familia.

El rostro de Valentina no se inmutó, pero sus dedos —Leónidas lo notó porque llevaba toda la vida aprendiendo a leer esos pequeños gestos— se tensaron sobre el bolso que sostenía.

—Eso no es cierto.

—Es lo único que siempre ha sido cierto. ¿O voy a tener que recordarte lo que pasó como convivistes conmigo durante 6 años? O como murió tu padre y a manos de quien.

Aquello cayó en el almacén como un cristal contra el suelo. Shiara sintió cómo se le helaba la sangre. Conocía la verdad de todo aquello, no sabía qué historia escondía, Valentina pero en la forma en que ella lo decia Leónidas palideció —apenas un instante, apenas una grieta en la fachada— supo que era importante.




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