El eco de las últimas palabras de Valentina quedó suspendido en el aire del almacén, como el polvo que bailaba en los haces de luz. Por un instante, nadie respiró. Incluso el hombre de traje oscuro parecía haberse convertido en estatua junto a la pared.
Leónidas sintió el peso de Rodrigo en su bolsillo, un ancla diminuta que lo mantenía en el presente. A su lado, Shiara había endurecido la postura, pero él notó cómo sus dedos buscaron los suyos a escondidas, un roce de piel que decía estoy aquí sin necesidad de palabras.
—Mírame, Valentina —dijo Leónidas, y su voz sonó extrañamente tranquila, como la superficie del mar antes de un temporal—. Mírame bien.
Ella lo hizo. Y por primera vez, quizá desde que habían entrado en aquel almacén, Valentina vio realmente a Leónidas. No al hombre que había alejado de Shiara, no al hombre que creía controlar, no al proyecto que llevaba años construyendo. Vio a alguien que ya no necesitaba nada de ella.
—Llevo seis años —continuó él, midiendo cada palabra— Preguntando si tenía familia. Una vida que no conocía. Mi hijo es un ser hermoso se duerme con una canción que le inventé. Shiara es mi esposa. Esas son las cosas que importan. No tus secretos. No las cuentas pendientes de nosotros. No el dinero. No el poder.
Valentina parpadeó. Rápido, demasiado rápido. Como si quisiera disimular algo que le picaba en los ojos.
—¿Y qué quieres, entonces? —preguntó, y su voz sonó ronca—. ¿Qué vengo a hacer aquí si no quieres escuchar la verdad?
—Quiero que me digas una sola cosa. —Leónidas soltó la mano de Shiara y dio otro paso hacia Valentina. El hombre de traje oscuro se tensó de nuevo, pero esta vez fue Shiara quien levantó una mano, deteniéndolo con la mirada—. Quiero que me digas, mirándome a los ojos, si fuiste tú quien provocó el accidente.
El silencio se alargó. Afuera, una gaviota lanzó un grito que atravesó el techo agujereado como una cuchilla.
Valentina mantuvo la mirada fija en él. Sus dedos volvieron a tensarse sobre el bolso, pero esta vez no se relajaron.
—No —dijo finalmente—. No fui yo. Pero... —hizo una pausa, como si lo que iba a decir pesara toneladas—. Pero lo supe. Supe quién había sido antes de que te despertaras en el hospital. Y aún así... aún así decidí alejarte. Decidí que era mejor así.
—¿Quién? —preguntó Shiara, y su voz salió más aguda de lo que hubiera querido.
Valentina desvió la mirada hacia ella. Algo cambió en su rostro. Algo que parecía... ¿lástima? ¿Reconocimiento? ¿El principio de una confesión que llevaba años esperando?
—Tu padre, Shiara. Fue tu padre.
El almacén giró. Shiara sintió cómo el suelo se inclinaba, cómo las vigas de hierro se retorcían, cómo el círculo de luz que iluminaba a Valentina se expandía hasta tragársela entera.
Pero entonces sintió la mano de Leónidas en su hombro, y todo volvió a su sitio.
—No importa —dijo él, y la certeza en su voz era tan sólida como el hormigón—. No importa quién hizo qué hace seis años. No importa qué planes tenías tú para mí, Valentina. No importa lo que hizo el padre de Shiara, no voy a caer en tus garras.
—¿Cómo puedes decir eso? —estalló Valentina, y por primera vez su voz se rompió de verdad—. ¡Tu padre murió! Por culpa del padre de ella. ¿Crees que eso no jimporta?
—Importa —admitió Leónidas—. Pero no más que esto. —Se llevó la mano al bolsillo, sacó a Rodrigo, lo sostuvo entre sus dedos como si fuera la cosa más valiosa del mundo—. No más que tener algo por lo que merezca la pena estar vivo.
Valentina miró el pequeño dinosaurio de plástico. Sus labios temblaron, solo un instante, y luego apretó la mandíbula con tanta fuerza que Shiara pudo ver los músculos de su cuello tensarse.
—Te quiero —dijo Valentina, y esta vez no había artificio en su voz, no había estrategia, no había cálculo—. Puede que no lo creas, puede que pienses que soy un monstruo, pero te quiero. Te he querido desde que te conozco fuistes mío. Y todo lo que he hecho... todo...
—Todo lo que has hecho —la interrumpió Leónidas con suavidad— ha sido para poseerme. No para quererme.
El golpe fue invisible, pero Valentina retrocedió como si le hubieran pegado. Su escolta dio un paso adelante, pero ella levantó una mano y él se detuvo.
—Entonces... —dijo ella, y ahora sí, ahora sus ojos brillaban de una manera que ninguna de las dos mujeres había visto nunca—. Entonces ¿esto es un adiós?
Leónidas guardó a Rodrigo en el bolsillo. Miró a Shiara. Ella asintió, casi imperceptiblemente.
—Esto —dijo él— es un hasta luego. No voy a denunciarte, Valentina. No voy a buscar venganza. No voy a remover el pasado para ver qué más podredumbre sale. Pero tampoco voy a volver. No voy a permitir que te acerques a mi hijo. No voy a permitir que me llames. No voy a permitir que nos busques. Esta es la última vez que me ves.
—¿Y si no acepto? —El desafío en la voz de Valentina sonó hueco, como un eco de lo que había sido.
—No tienes otra opción.
Valentina lo miró. Miró a Shiara. Miró el almacén, las sombras alargadas, los círculos de sol, el polvo danzante. Y entonces hizo algo que ninguna de las dos esperaba.