La cuenta atrás se había convertido en un tictac audible en la mente de Shiara. Quince días. Quince días para el "gran día", una farsa nupcial que sellaría su destino en un juramento público. La residencia Ktasaros bullía con una actividad frenética y perfectamente coreografiada. Diseñadores, floristas, planificadoras de bodas y un sinfín de proveedores entraban y salían, transformando partes de la fortaleza en el escenario de un cuento de hadas perverso.
Shiara, sin embargo, había encontrado un extraño refugio en su misión. La carpeta de Leónidas era un arsenal de secretos sucios. No los usó para chantajear abiertamente. En su lugar, los empleó con una precisión quirúrgica que le habría hecho sentir orgullo a él. Concertó reuniones "informales" con los miembros de la junta. No amenazó. Solo hizo preguntas. Preguntas muy específicas sobre ciertas inversiones, sobre asociaciones poco conocidas, sobre el futuro político de ciertos familiares. El miedo en sus ojos fue suficiente. Uno a uno, fueron "reevaluando" su postura. La suspensión del proyecto de guarderías se levantó, bajo la condición de una "revisión independiente de fondos" que Shiara misma supervisaría. Era una victoria. Su victoria. Pero cada vez que firmaba un documento, sentía el peso de la tierra del invernadero bajo sus uñas.
Leónidas la observaba desde la distancia, como un halcón evaluando el primer vuelo de su cría. Sus interacciones eran breves, intensas, y giraban en torno a los preparativos de la boda o a asuntos prácticos. La tensión sexual no resuelta entre ellos era una presencia más en la casa, tan tangible como los arreglos florales.
Una tarde, una semana antes de la boda, Shiara regresó a la residencia después de una reunión exitosa con un posible patrocinador corporativo para las guarderías (logrado sin mencionar el apellido Ktasaros, otra pequeña victoria). Encontró el vestíbulo principal invadido por maniquíes que mostraban versiones del vestido de novia. En el centro, como una reina de hielo presidiendo su corte, estaba Vivienne. Y a su lado, con una expresión de aburrimito condescendiente, Valentina Sterling.
El corazón de Shiara dio un vuelco. Desde la gala, no había vuelto a verla, pero su perfume y su veneno parecían haberse instalado en algún rincón de su mente.
—Ah, la novia, —dijo Valentina, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules. —Justo a tiempo. Estábamos decidiendo entre el escote barco o el corazón. Vivienne insiste en que el barco es más aristocrático, pero yo creo que el corazón ofrece… más posibilidades dramáticas, ¿no te parece, León?
Shiara siguió su mirada. Leónidas descendía por la escalera principal, su expresión impasible. Llevaba un traje de negocios, pero se había quitado la chaqueta y la corbata. Su mirada pasó de Valentina a Shiara, y se detuvo en esta última, como buscando una reacción.
—¿Qué haces aquí, Valentina? —preguntó, su voz neutral.
—¡Cariño, Vivienne me llamó! Después de nuestra… conversación en la gala, sentí que debía involucrarme. Después de todo, quién mejor que una ex para asesorar a la actual sobre cómo manejar tus… particularidades. —Su tono era dulce como el azúcar glass sobre un veneno.
Vivienne parecía incómoda, pero asintió con deferencia. —La señorita Sterling tiene un gusto exquisito, señor Ktasaros. Y cierta familiaridad con sus preferencias.
Shiara sintió que la ira, fría y afilada, se apoderaba de ella. Esto era una invasión. Un recordatorio deliberado del pasado de Leónidas, plantado en el corazón de su presente distorsionado.
—No necesito asesoramiento sobre las preferencias de Leónidas, —dijo Shiara, y su propia voz le sonó extrañamente serena, como el cristal a punto de romperse. —Y menos de una ex que, según entiendo, fue más un error costoso que una referencia.
Valentina palideció ligeramente, pero su sonrisa no se inmutó. —Qué directa te has vuelto, cariño. El ambiente aquí debe de ser contagioso. _Miró a Leónidas. —¿Ves? Ya está aprendiendo tus malos modales.
Leónidas ignoró el comentario. Se acercó a los maniquíes, examinando los vestidos con una mirada crítica que no tenía nada de sentimental.
—El escote barco es aburrido, —dictaminó. —El corazón tampoco. Busque algo intermedio. Algo que no intente esconderla ni exhibirla.
—¿Exhibirme? —Shiara no pudo contenerse. —¿Es eso lo que soy? ¿Una pieza más en tu escaparate nupcial?
Leónidas se volvió hacia ella, y por primera vez desde que había bajado, su mirada mostró una chispa de interés genuino, no relacionado con la provocación de Valentina.
—Todo en esta boda es un escaparate, —dijo, con franqueza brutal. —Tú, yo, los invitados, el pastel. La cuestión es qué mensaje envía el escaparate. Y no quiero uno que diga mira qué sumisa o mira qué trofeo. Quiero uno que diga cuidado.
Shiara lo miró fijamente. ¿Era un cumplido? ¿Una amenaza? No podía distinguirlo.
Valentina soltó una risita. —Oh, es adorable. Creíste que podias controlar el mensaje. Pero las bodas, queridos, tienen vida propia. Los rumores, las miradas, los recuerdos… todo se mezcla. Como el recuerdo de nuestra boda, León. La que nunca fue. ¿Recuerdas el diseño que elegí? Era muy parecido a este. —Señaló uno de los vestidos, de encaje ilusión y seda rígida.
La habitación se enfrió diez grados. La mirada de Leónidas se volvió hacia Valentina, y esta vez, el peligro en ella era claro y presente.