Cinco días. El aire en la residencia Ktasaros estaba cargado, no solo por los preparativos de la boda, sino por la energía que había quedado suspendida tras el beso en el salón de los vestidos. Un beso que no se había repetido, pero que pendía entre ellos como una espada de Damocles, un punto de inflexión no reconocido pero imposible de ignorar. Shiara lo sentía en la manera en que sus miradas se encontraban y se desviaban con rapidez, en la electricidad estática que parecía crecer cuando compartían espacio. Él parecía más absorto, más intenso, si cabía. Ella, por su parte, canalizaba la turbulencia interna en su trabajo con las guarderías, que ahora avanzaba a un ritmo prometedor.
Fue en ese contexto de tensión apenas contenida cuando Irina anunció, con su inexpresividad habitual teñida de un leve desaprobación, que el Sr. Donato Rossi había llegado y solicitaba ver a su hija.
Shiara se quedó helada. No había hablado con su padre desde la firma del preacuerdo. Sus llamadas, sus mensajes, los había ignorado, incapaz de perdonar, de enfrentar la magnitud de su traición. Pero ahora él estaba aquí, en la fortaleza del hombre que lo había arruinado.
—Recíbelo en el salón amarillo, —dijo la voz de Leónidas desde el rellano de la escalera. —Él bajaba los peldaños con esa calma feroz que lo caracterizaba, ajustándose los puños de la camisa. —Irina, tráenos café. Negro. Y que no nos molesten.
Shiara lo miró, sorprendida. —¿Vas a estar presente?
—Es mi casa. Y el hombre con el que vas a casarte tiene interés en lo que su futuro suegro tenga que decir. —Su tono no dejaba lugar a discusión.
El salón amarillo, llamado así por los hilos de oro entrelazados en el papel pintado de seda gris, era una estancia íntima y opresiva. Donato estaba de pie junto a la chimenea, pero no contemplaba el fuego. Parecía haber envejecido una década en unas semanas. Su traje, antes impecable, le quedaba holgado. Su postura, antes arrogante, estaba encorvada.
—Shiara, —dijo, su voz ronca, al verla entrar. Su mirada pasó fugazmente a Leónidas, que se situó junto a la puerta, como un centinela, y un destello de viejo odio y nueva humillación cruzó sus ojos.
—Padre. —Shiara permaneció de pie en el centro de la habitación, sin acercarse. —¿A qué debo esta visita?
Donato tragó saliva. —He venido a hablar contigo. A pedirte… a explicarte. —Su mirada volvió a Leónidas. —A solas.
—No hay a solas aquí, Donato, —dijo Leónidas, su voz serena como un lago helado. —Lo que tengas que decirle a tu hija, puedes decírmelo a mí también. Al fin y al cabo, pronto seremos familia.
La palabra familia sonó como una blasfemia en la boca de Leónidas. Donato palideció.
—Esto es entre ella y yo, —insistió, con una pizca de su antigua firmeza.
—¿Como lo fue la decisión de venderme? —preguntó Shiara, y el rencor, contenido durante semanas, estalló en su voz. —¿Eso también fue entre tú y yo antes de firmar el papel que me entregaba?
Donato se estremeció como si le hubieran azotado. —No te vendí, Shiara. Te… te salvé. A ti, a la empresa, a todo lo que tu madre y yo construimos.
—¡Salvaste tus escombros! —gritó ella, incapaz de contenerse—. ¡Y me entregaste a cambio! ¿Crees que vivir en esta jaula de oro es una salvación? Es una condena, padre. Y tú firmaste la sentencia.
—¡No tenía elección! —rugó Donato, desesperado, sus puños cerrados a los lados—. ¡Él me acorraló! ¡Habría perdido todo, tú habrías perdido todo!—¡Prefería perderlo todo contigo que ganar esto sin mi dignidad! —Las lágrimas le ardían en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer frente a él. Frente a los dos.
Leónidas observaba el intercambio con la intensidad de un espectador en un drama griego. No interfería. Solo presenciaba.
Donato sacudió la cabeza, derrotado. —No lo entiendes. No entiendes lo que es llevar un legado, la responsabilidad hacia cientos de familias que dependen de ti…
—¡Yo sí lo entiendo! —lo interrumpió Shiara—. Por eso luché por las guarderías. Por eso estoy intentando salvar algo bueno del apellido Rossi. Pero tú… tú solo salvaste la fachada. La fachada y tu orgullo.
—Mi orgullo… —Donato soltó una risa amarga. —Mi orgullo está hecho añicos, Shiara. Estoy aquí, en la casa del hombre que me destrozó, mendigando unos minutos con mi propia hija. ¿Crees que esto es orgullo?
Entonces, su mirada se volvió hacia Leónidas, y el odio de antaño brilló, puro y desnudo.
—Pero al menos yo no me escondo detrás de una venganza de niño para justificar mi crueldad. Al menos nunca utilicé a un ser inocente como moneda de cambio por un dolor antiguo.
La habitación se quedó en silencio. La acusación resonó en el aire cargado.
Leónidas se separó de la puerta y avanzó unos pasos, lento, deliberado. Su calma era más aterradora que cualquier explosión.
—¿Inocente, Donato? ¿Ella? —preguntó, su voz un susurro venenoso. —¿La hija que creciste con las comodidades pagadas con el dinero que arrebataste a mi familia? ¿La que vivió en la ignorancia dorada que tú construiste sobre la tumba de mi padre? La inocencia tiene un precio. Y tú la mantuviste en la inocancia robándole a otros su dignidad, su futuro, su vida.
Donato retrocedió un paso, no por miedo físico, sino por el peso aplastante de la verdad en las palabras de Leónidas.