Shiara miraba a uno y a otro, su corazón partido en dos. Veía el dolor genuino, la rabia justificada en Leónidas. Veía la ruina, la defensa débil y la culpa indudable en su padre. Estaba atrapada en el ojo del huracán de un odio generacional.
¿Y yo? —gritó, dirigiendo su pregunta a los dos—. ¿Soy solo la misma moneda? ¿La moneda de pago por una deuda de hace quince años?
Ambos hombres se volvieron hacia ella, y por un instante, sus expresiones fueron notablemente similares: una mezcla de culpabilidad, posesión y algo parecido al arrepentimiento.
—Eras el pago, —admitió Leónidas, sin apartar la mirada. —Pero el pago… ha demostrado tener un valor propio. Un valor que no anticipé.
Donato palideció aún más. —No hables de ella como un activo más.
—¿Y tú qué derecho tienes? —replicó Leónidas, girándose hacia él—. Tú la tasaste, la pones en la balanza y la cambiaste por tu supervivencia. Yo, al menos, le ofrezco un futuro. Un futuro de lucha, de conflicto, sí, pero un futuro en el que puede ser más que la hija de Donato Rossi. Puede ser su propia fuerza. Y yo… —Hizo una pausa, su mirada volviendo a Shiara, con una intensidad que le cortó la respiración. —...yo seré la piedra contra la que se afile esa fuerza, o la pared contra la que se estrelle. Pero no seré el padre que la entrega atada de pies y manos.
Shiara sintió que el mundo daba vueltas. Era la defensa más retorcida, más enrevesada y más honesta que jamás había oído. Leónidas no la veía como un ser querido. La veía como un adversario valioso, como un proyecto, como un elemento crucial en su universo distorsionado. Y en su extraña moralidad, eso era mejor que verla como un peón sacrificable.
Donato parecía a punto de derrumbarse. El argumento de Leónidas, perverso como era, tenía una lógica interna devastadora.
—Shiara, por favor…, —suplicó, extendiendo una mano temblorosa hacia ella. —No hagas esto. No te cases con él. Hay otras maneras. Podemos… podemos huir. Empezar de nuevo en otro sitio.
Era la oferta de un hombre desesperado y derrotado. Y Shiara, por un momento, la tentó. La imagen de una huida, de un anonimato lejano, fue dulce.
Pero entonces miró a Leónidas. No dijo nada. No hizo ningún gesto para retenerla. Solo la miró, con esos ojos grises que parecían ver a través de ella, aceptando cualquier decisión que tomara, pero sabiendo, como ella sabía, que la huida no era una opción. Había algo aquí, en este infierno, que la retenía. Su proyecto. Su dignidad herida. Y el desafío monstruoso y fascinante que este hombre representaba.
—No, padre, —dijo, su voz extrañamente serena. —No voy a huir. Voy a casarme con Leónidas Ktasaros.
Donato cerró los ojos, una mueca de dolor desfigurando su rostro.
—Pero no lo hago por ti —continuó Shiara, dirigiendo sus palabras a ambos—. Ni por salvarte a ti, ni para completar su venganza. —Se enderezó, sintiendo una claridad nueva y fría. —Lo hago por mí. Porque en esta jaula, he encontrado un terreno de batalla. Y en esta batalla, he descubierto que soy más fuerte de lo que nadie, ni tú, ni él, creía. Me quedo. Y lucharé. Por mis guarderías. Por mi nombre. Y por descubrir qué significa ser Shiara Ktasaros.
El silencio que siguió fue absoluto. Donato la miró como si no la reconociera. Y Leónidas… en los ojos de Leónidas brilló algo que no era triunfo, ni posesión. Era algo parecido al asombro. Al respeto. Y a un miedo profundamente arraigado.
—Está bien, —susurró Donato, su voz quebrada. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta, un hombre verdaderamente roto. En la puerta, se detuvo y miró a Leónidas. —Cuidala. O te juro que, aunque no me quede nada, encontraré una manera de hacerte pagar.
Leónidas asintió, una inclinación de cabeza casi imperceptible. —Ese, Donato, es el único punto en el que hemos estado de acuerdo desde el principio.
Cuando la puerta se cerró tras Donato, Shiara se dejó caer en un sillón, sintiendo cómo el temblor que había contenido la recorría de pies a cabeza.
Leónidas se acercó. No la tocó. Se limitó a quedarse de pie frente a ella.
—Has elegido el campo de batalla, —dijo.
—Parece que sí, —respondió ella, mirándole a los ojos.
—Quedan cinco días, —recordó él, y su voz tenía un deje de algo que podía ser anticipación, o advertencia.
—Lo sé, —dijo Shiara. Y por primera vez, no sintió pánico. Sintió una determinación férrea. Iba a caminar hacia ese altar. No como una víctima. Sino como una guerrera que entra en la arena, lista para la batalla de su vida.
El enfrentamiento con su padre había aclarado algo. No había salvación externa. No había escape. Solo había la lucha. Y ella, finalmente, estaba lista para luchar. Con Leónidas como su oponente, su cómplice y su único y terrible aliado.