Tres días. El aire de la residencia estaba tan denso que se podía cortar con un cuchillo. El enfrentamiento con su padre había dejado a Shiara vacía y, paradójicamente, llena de una resolución inquebrantable. Cada detalle de la boda se ultimaba con una precisión militar: el menú, la disposición de las flores, la lista de invitados (una mezcla tóxica de la élite financiera, antiguos socios de su padre y los depredadores del círculo de Leónidas). Shiara participaba como un autómata, asintiendo a las sugerencias de Vivienne, probándose el vestido elegido (un diseño de columnas de satén color marfil con un detalle de encaje negro en el escote y los puños, una elección que era a la vez elegante y ligeramente fúnebre), firmando documentos.
Pero por las noches, cuando el silencio se adueñaba de la casa, una energía diferente, cargada y peligrosa, se apoderaba de ella. Era la energía que había nacido del beso y que no había encontrado salida. Se manifestaba en encuentros furtivos en los pasillos, en miradas que duraban un segundo demasiado, en la proximidad física durante una cena que hacía que el aire se encogiera.
La víspera de la boda, la tormenta finalmente estalló.
Shiara no podía dormir. La ansiedad, un nudo de miedo, anticipación y una excitación repulsiva, la tenía dando vueltas en la cama. Se levantó, se envolvió en una bata de seda y bajó a la cocina en busca de un vaso de agua. La casa estaba en silencio, solo iluminada por las luces de seguridad.
Al pasar frente a la biblioteca, vio un resquicio de luz bajo la puerta. Sin pensarlo dos veces, empujó la pesada puerta de roble.
Leónidas estaba de pie junto a la chimenea, donde ardían unos leños, pero no parecía sentir su calor. Llevaba pantalones de chándal y una camiseta negra, y sostenía un vaso de whisky con hielo en una mano. Al oírla entrar, se volvió. Su rostro estaba sombreado, los ojos profundamente hundidos, como si él tampoco hubiera dormido.
—No puedo dormir, —dijo ella, innecesariamente.
—Yo tampoco, —respondió él, su voz ronca por el alcohol o la fatiga. —La víspera de una ejecución suele ser inquieta.
Shiara se estremeció. —¿Es así como lo ves? ¿Una ejecución?
—¿No lo es? —Dio un sorbo a su whisky. —Mañana, ante quinientos testigos, pondrás fin a la vida de Shiara Rossi. Nacerá Shiara Ktasaros. Una entidad diferente. Una aliada-enemiga. Una esposa-prisionera. Es una muerte, de todas formas.
Ella se acercó, deteniéndose al otro lado de la mesa central de la biblioteca, cubierta de libros y mapas antiguos.
—Tal vez no sea una muerte. Tal vez sea una transformación. Como la oruga en la crisálida.
—La crisálida es una prisión, —replicó él, su mirada fija en las llamas. —Y lo que sale al otro lado ya no recuerda lo que era antes. Solo vuela, o muere."
—¿Y tú qué eres, Leónidas? ¿El capullo o la fuerza que lo rompe?"
Él la miró entonces, y en sus ojos había un torbellino de emociones: la furia antigua, la obsesión, la curiosidad… y algo más, algo tan vulnerable que le dio un vuelco el corazón.
—Yo soy el gusano que tejío el capullo para alguien más, sin darme cuenta de que me estaba envolviendo a mí mismo en él. —Bebió otro trago. —Todo este tiempo creí que te estaba atrapando. Que te estaba poniendo en esta jaula de mi diseño. Pero ahora… ahora no estoy seguro de quién está realmente atrapado.
Shiara dio la vuelta a la mesa, acortando la distancia. El calor del fuego era intenso, pero el calor que emanaba de él era más palpable.
—¿Qué quieres decir?
—Que desde que entraste aquí, nada ha ido según lo planeado, —confesó, su voz baja, como si le costara admitirlo. —Mi venganza debería haberse sentido dulce. Debería estar saboreando la derrota de Donato, tu sumisión. En su lugar, tengo a una mujer que desafía cada una de mis expectativas, que usa las armas que le doy para construir algo que yo no entiendo, que me mira no con miedo, sino con un odio tan intenso que casi… casi lo prefiero a la indiferencia. —Soltó un bufido seco. —Valentina tenía razón en una cosa. Me escondo. Pero no me escondo del sentimiento. Me escondo de esto. De esta… complicación.
—¿Yo soy una complicación? —preguntó Shiara, y se dio cuenta de que estaba sonriendo, una sonrisa triste y torcida.
—Eres el problema más fascinante y desconcertante que he tenido nunca, —admitió, dejando el vaso sobre la repisa de la chimenea con un golpe seco. —Y mañana, te voy a atar legalmente a mí. Te voy a dar mi nombre, mi protección legal, una parte de mi fortuna. Y no tengo ni idea de qué voy a hacer contigo.
Shiara se quedó sin aliento. Era la confesión más honesta, y la más aterradora, que le había hecho. No era un plan maestro. Era un salto al vacío.
—Tal vez —dijo ella, su propia voz un susurro,— no tengas que hacer nada conmigo. Tal vez solo tengas que… estar. Y ver qué pasa.
—¿Estar? —repitió él, como si la palabra fuera ajena—. Yo no estoy. Yo conquisto. Yo construyo. Yo destruyo. No sé cómo estar con alguien. Especialmente contigo.
—¿Por qué especialmente conmigo?
—¡Porque me importa lo que pienses! —estalló él, y la rabia en su voz no era dirigida a ella, sino a la propia admisión—. ¡Porque cuando te fuiste con tu padre, esperé a ver si volvías! ¡Porque cuando trabajas en tu proyecto, reviso los informes para asegurarme de que nadie te esté saboteando! ¡Porque cuando Valentina te atacó, quise destrozarla! ¡Y eso no era parte del plan! El plan era usarte y… y estar por encima. No… no preocuparme.