Leónidas la miró, y en sus ojos había una lucha visible. El hombre de negocios, el vengador, luchando contra el hombre que había surgido, confundido y fascinado, de las cenizas de su propia trama.
—¿Qué se supone que es, Shiara? —preguntó, su voz áspera—. Dímelo. Porque yo ya no lo sé.
—Quizás es justicia, —dijo ella, sosteniendo su mirada. —Pero no la tuya. Una justicia diferente. Donde tu padre encuentra la paz en su tumba al ver que su hijo no se ha convertido en un monstruo completo. Donde mi padre paga su deuda, pero yo tengo la oportunidad de redimir nuestro nombre a mi manera. Donde tú… —Hizo una pausa, buscando las palabras. —...donde tú encuentras algo más que un fantasma para perseguir. Algo real. Alguien real. Aunque sea para luchar contra ello.
—¿Eso somos? ¿Algo real? —Su mano se alzó, y esta vez no se detuvo. Sus dedos se cerraron alrededor de su mandíbula, su pulgar rozando su labio inferior. El contacto hizo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral. —¿Esta atracción que nos envenena? ¿Este odio que se parece demasiado a la pasión? ¿Eso es real?
—Sí, —jadeó ella, incapaz de apartarse. —Es lo más real que he sentido en mi vida.
Fue la invitación que él estaba esperando. Con un gruñido ahogado, algo entre la rendición y el asalto, cerró la distancia restante y capturó sus labios.
Este beso no fue como el primero. El primero había sido un choque, una explosión de sorpresa y desafío. Este era más profundo, más desesperado, más consciente. Sabía el sabor de ella, y ella sabía el de él. Era un beso que reconocía la batalla, la aceptaba y la trascendía, al menos por un momento. Sus manos se aferraron a su cuerpo a través de la fina seda de la bata, tirando de ella contra él, eliminando cualquier espacio entre ellos. Shiara respondió con igual ferocidad, sus manos hundiéndose en su cabello, arañando su espalda a través de la camiseta, devolviendo cada caricia con otra más intensa.
Era un torbellino de sensaciones contradictorias: la seda de su bata contra el algodón de su camiseta, el sabor del whisky en su boca, el calor abrasador del fuego a sus espaldas, la dureza de su cuerpo contra el suyo. Era odio y necesidad. Era venganza y rendición. Era la antesala de un matrimonio forzado convertida en un rito de posesión salvaje y mutua.
Leónidas la levantó en brazos sin romper el beso, y la llevó hasta el enorme sofá de cuero frente a la chimenea. La tumbó sobre la piel suave, su cuerpo cubriéndola, un peso sólido y bienvenido. Sus manos recorrieron su cuerpo, descubriendo curvas a través de la seda, desatando los lazos de la bata con dedos expertos y ansiosos.
—Esto es una locura, —murmuró él contra su piel, sus labios recorriendo su clavícula.
—Todo esto es una locura, —replicó ella, arqueándose bajo su contacto, sus propias manos deslizándose bajo su camiseta, sintiendo los músculos tensos de su espalda. —¿Y qué?
Él la miró, su respiración entrecortada, sus ojos grises oscuros como la tormenta. En ellos, Shiara vio el mismo vértigo, la misma aceptación del abismo.
¿Y qué?, —repitió, y esta vez, su sonrisa fue genuina, salvaje, libre por un instante de todo cálculo. Luego bajó la cabeza y reanudó su exploración, más lenta ahora, más deliberada, como si estuviera memorizando cada centímetro de ella.
Esa noche, en la biblioteca iluminada por el fuego, con los fantasmas de sus familias y las expectativas del mundo mañana aguardando fuera de la puerta, no hubo vencedores ni vencidos. No hubo venganza ni sumisión. Solo hubo dos personas perdidas en un conflicto tan grande que la única manera de navegarlo era a través del otro. Fue intenso, caótico, a veces violento en su pasión, siempre honesto en su necesidad.
Cuando el fuego se redujo a brasas y el alba comenzó a teñir de gris las ventanas, yacían entrelazados en el sofá, cubiertos por una manta arrojada descuidadamente. El silencio era diferente. No estaba cargado de tensión, sino de una calma agotada, extraña.
Leónidas tenía un brazo alrededor de sus hombros, sus dedos trazando patrones abstractos en su piel.
—Mañana, —dijo él, su voz ronca por el desvelo y otras cosas.
—Mañana—, susurró ella, su cabeza sobre su pecho, escuchando el fuerte latido de su corazón.
—Sea lo que sea que esto sea… —comenzó él, deteniéndose, como si luchara por definir lo indefinible.
—Será nuestro, —terminó ella, completando la frase por él.
Él la apretó contra sí, un gesto de posesión, pero también de algo parecido al cuidado.
—Sí, —susurró contra su cabello. —Nuestro desastre. Nuestra guerra. Nuestra… tregua peculiar.
Shiara cerró los ojos. El miedo a la boda seguía allí. La rabia contra su padre, el dolor por la traición, la confusión por lo que sentía por este hombre… todo seguía allí. Pero ahora, había una capa nueva. Un conocimiento físico, una intimidad brutal y catártica que había cambiado el campo de batalla una vez más.
No iba al altar como una víctima. Ni siquiera solo como una guerrera.
Iba como su cómplice. En el crimen, en la venganza, en esta extraña y distorsionada posibilidad de algo que, en otra vida, podría haber sido amor. Pero en esta vida, era algo más oscuro, más real y, de alguna manera, más poderoso.