La luz del mediodía se colaba a raudales por los altos ventanales del invernadero, donde ahora se habían dispuesto sillas blancas para la ceremonia civil privada de la mañana siguiente. El aire olía a lilas y a tierra húmeda, un contraste surrealista con la electricidad cargada que seguía palpando en la residencia tras la noche en la biblioteca. Shiara y Leónidas se movían en una extraña danza de proximidad y distancia, cargada de un nuevo conocimiento tácito, intenso y desconcertante.
Shiara estaba en su salón, repasando por última vez los detalles de su proyecto de guarderías en su portátil (ahora completamente financiado y en marcha, su primera victoria real), cuando Luciano apareció en la puerta. Su expresión, normalmente impasible, estaba ligeramente tensa.
—Señora, —dijo, usando el título por primera vez, aunque de manera anticipada. —Hay un paquete para usted. Ha llegado por mensajero privado. No figura el remitente.
Colocó sobre la mesa una caja rectangular, sencilla, forrada de seda negra. No era grande, pero emanaba una presencia ominosa.
Shiara frunció el ceño. —¿De parte de mi padre?
—No, señora. El mensajero era de una empresa de logística internacional. El punto de origen está enmascarado.
Un presentimiento frío se apoderó de ella. —Déjalo ahí, Luciano. Gracias.
Cuando se quedó sola, se acercó a la caja con cautela. No hacía ruido. No olía a nada. Con dedos que le temblaban ligeramente, desató la cinta de seda y levantó la tapa.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, no había una bomba, ni una serpiente, ni nada físicamente peligroso. Había un dosier. Y encima del dosier, una sola fotografía en blanco y negro, desgastada en los bordes.
Shiara tomó la foto. Era de un hombre joven, guapo, con una sonrisa amplia y despreocupada, con el brazo alrededor de los hombros de una mujer joven, radiante, de ojos claros y una felicidad tan palpable que atravesaba el papel y el tiempo. Detrás de ellos, un letrero en un edificio: "Ktasaros & Rossi: Construyendo Futuros".
El corazón de Shiara se detuvo. Reconoció al instante los ojos, la estructura de la mandíbula. Era un Leónidas joven, quizás de dieciocho o diecinueve años. Pero no era el Leónidas que conocía. Este chico parecía… ligero. Feliz. Y la mujer… Shiara dio la vuelta a la foto. En el dorso, con una letra elegante y firme, decía: "Con Shirley, el día de la inauguración. Todo por delante. Arístides."
Aristides. Su padre. Leónidas padre. Y la mujer… Shirley. Un nombre que no conocía.
Con manos que ahora temblaban de verdad, abrió el dosier. Contenía documentos escaneados: contratos, extractos bancarios, comunicaciones internas. Y una carta, escrita a mano, con la misma letra de la foto. Era de Aristides Ktasaros dirigida a Donato Rossi.
Empezó a leer. Y con cada palabra, el mundo que creía conocer, el fundamento mismo de la guerra en la que estaba atrapada, comenzó a desmoronarse.
No era una carta de negocios. Era una carta de amor. O más bien, de amor perdido.
Querido Amigo Donato.
Esta será la última vez que te escriba. Sé que no responderás. Sé que has elegido tu camino, y que en él no hay espacio para la lealtad, ni para la verdad, ni para ella.
Te devuelvo copia de todos los documentos que intentaste hacer desaparecer. Los que prueban que la idea del complejo portuario fue mía. Los que muestran cómo desviaste fondos de nuestra empresa conjunta para cubrir tus propias deudas de juego. Los testimonios que compraste para manchar mi nombre.
Puedes quedarte con el dinero, Donato. Puedes quedarte con la empresa. Puedes intentar borrarme de la historia.
Pero hay algo que nunca podrás quitarme, por mucho que lo hayas intentado. El recuerdo de Shirley. El saber que ella me amó a mí, no a ti. Que te eligió a ti por conveniencia, por la presión de su familia, por tu dinero recién adquirido (mi dinero, Donato). Pero su corazón, hasta el último día en que la vi llorar en mis brazos, fue mío.
Me dijiste que si me iba en silencio, si cargaba con la culpa de la quiebra, la dejarías en paz. Que le darías una vida digna. Has roto esa promesa también. La envenenaste contra mí. Le hiciste creer que la había abandonado por cobardía. Y cuando murió, sola y enferma del corazón, fue creyendo que yo no la había amado lo suficiente.
Esa es la deuda que no te perdonaré. Ni en esta vida ni en la otra. No el dinero. No la empresa. El robo de su amor, y luego de su paz.
Tengo un hijo, Donato. Un hijo que lleva mi nombre y mi honor. Y él sabrá. No todo, porque el odio es una carga demasiado pesada para unos hombros jóvenes. Pero sabrá lo suficiente. Y algún día, la deuda se pagará.
No en monedas. En algo que tú valores tanto como yo valoré a Shirley.
Hasta entonces, vive con tu conciencia, si es que te queda alguna.
"Aristides."
Shiara dejó caer la carta como si quemara. Jadeaba, las lágrimas nublaban su visión. Shirley. No era una amante cualquiera. Era… ¿la madre de Leónidas? No, no podía ser. Su madre había muerto cuando él era niño, eso lo sabía por rumores. ¿O era…? Las piezas encajaban con un estruendo sordo en su mente. La obsesión de Leónidas. No era solo por la ruina financiera. Era por una mujer. Por una traición mucho más íntima, más venenosa. Donato no solo había arruinado a su socio. Se había quedado con la mujer que amaba. Y luego la había destruido emocionalmente.