Shiara se levantó, acercándose a él, pero él dio un paso atrás, como si su proximidad fuera intolerable.
—Toda mi vida…, —continuó él, su voz quebrada por una emoción que ella nunca le había oído, —…toda mi vida he construido mi existencia sobre esta venganza. He planeado cada movimiento, cada respiración, para hacer pagar a Donato Rossi por lo que le hizo a mi padre. Y ahora… ahora descubro que solo conocía la mitad de la historia. Que el dolor era el doble de profundo. Que la deuda es… es infinita.
Se volvió hacia ella, y en sus ojos había una tormenta de sentimientos: traición (¿hacia su padre por no contarle la verdad completa?), un odio renovado y amplificado hacia Donato, y una confusión absoluta al mirarla a ella.
—Y tú…, —dijo, su voz temblando. —Tú eres su hija. La hija de la mujer por la que mi padre murió de pena. La hija del hombre que destrozó dos vidas por avaricia y celos. —Hizo una pausa, tragando saliva. —¿Cómo puedo…? ¿Qué demonios estamos haciendo aquí?
Shiara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La revelación no solo cambiaba el pasado de Leónidas; cambiaba todo lo que había entre ellos. Ya no era solo la hija del enemigo comercial. Era la hija del hombre que había robado y destruido el gran amor de su padre. El símbolo se volvía infinitamente más cargado, más tóxico.
_Leónidas…, —intentó, pero las palabras se le atascaron. ¿Qué podía decir? ¿Disculparse por los pecados de su padre? ¿Negar su propia sangre?
—¿Quién envió esto? —preguntó él de repente, su mirada aguzándose, volviendo al peligroso foco del estratega. —¿Quién quiere que yo sepa esto… ahora? A un día de la boda.
Shiara no lo había pensado. La conmoción había sido demasiado grande. Pero ahora, la lógica perversa se hizo evidente. Alguien quería sabotear la boda. Alguien quería que Leónidas, al conocer la verdad completa, fuera incapaz de ir al altar con ella. O que lo hiciera con un odio tan renovado que envenenara todo desde el principio.
—Valentina, —respiró Shiara. Tenía que ser ella. Quien mejor para conocer los secretos más oscuros de la familia, para tener acceso a documentos ocultos, y para querer ver arder todo esto.
—O tu padre, —contraatacó Leónidas, su mirada gélida. —Un último intento desesperado para que huyas. Para sembrar tal discordia que esto se desmorone.
—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó Shiara, desafiando el frío que emanaba de él. —¿Esto cambia algo? ¿O solo hace la deuda más grande, y por tanto, tu determinación de cobrarla a través de mí, más firme?
Leónidas la miró, y en sus ojos había una guerra visible. El hombre que había planeado meticulosamente durante quince años, enfrentado a una verdad que reescribía los cimientos de su cruzada. El hombre que había pasado la noche con ella, descubriendo una intimidad que trastocaba todos sus cálculos, ahora tenía que reconciliar eso con el hecho de que ella era el producto del mayor dolor de su padre.
—¿Qué quieres que haga, Shiara? —preguntó, y su voz sonaba extrañamente vacía. —¿Quieres que cancele la boda? ¿Que te deje ir, sabiendo que cada vez que te vea recordaré que tu existencia es el monumento viviente al sufrimiento de mi padre?
—¿Y qué hay de lo que hay entre nosotros? —replicó ella, su propia voz temblorosa pero firme. —¿Esa complicación? ¿La tregua? ¿Eso no cuenta para nada frente a un fantasma?
—¡Es más que un fantasma! —rugó él, golpeando la mesa con el puño, haciendo saltar los documentos—. ¡Es la verdad! ¡Es la razón de todo! ¡Y ha estado allí todo el tiempo, y yo era demasiado ciego, o mi padre era demasiado orgulloso, para verla! ¡Me crié con una mentira! ¡Construí mi vida sobre ella!
—¡Y yo me case en una! —gritó ella, las lágrimas cayendo por fin—. ¡Pero la estamos haciendo nuestra! ¿O es que solo tu verdad importa? ¿Mi verdad, la de ser un peón en el juego de mi padre, la de vivir con la culpa de un crimen que no cometí, esa no cuenta?
Se enfrentaron a través de la mesa, jadeantes, dos fuerzas de naturaleza desgarradas por una verdad que llegaba demasiado tarde.
El silencio se extendió, pesado, cargado del polvo de secretos antiguos y del futuro que se desmoronaba.
Finalmente, Leónidas habló, su voz ahora calmada, mortalmente serena.
—La boda se celebrará, —dijo.
Shiara parpadeó, sin comprender.
—Se celebrará —repitió él— porque cancelarla sería conceder la victoria a quien envió esto. Porque huir ahora sería reconocer que este… este vínculo retorcido que tenemos no es lo suficientemente fuerte para soportar la verdad. Porque la deuda, ahora que la conozco en toda su magnitud, exige un pago aún mayor. —Se acercó a ella, y su mirada era aterradora en su claridad. —Ya no te tomo solo por vengar a mi padre. Te tomo por vengar a Shirley. Por cobrar la deuda de dos almas rotas, no de una. El precio acaba de duplicarse. Y tú, Shiara Rossi, vas a pagarlo cada día de tu vida a mi lado.
Era una sentencia. La más fría, la más cruel que había pronunciado. Y sin embargo, Shiara, en lo más profundo de su ser, sintió un destello de algo más. En su decisión de seguir adelante, en su negativa a dejarse romper por la verdad, había un reconocimiento. Un reconocimiento de que ella, como individuo, como su adversario, como su cómplice, era lo suficientemente fuerte para soportar incluso este nuevo peso.