PRÓLOGO.
Corrí, esquivando las rocas que se desprendían del techo a mi paso. Algo me lanzó contra la pared con violencia. La respiración se me cortó y de repente, todo a mi alrededor pareció borroso. Desde mi posición, no pude observar al resto.
«Acuérdate de respirar», me dije.
Respira.
Respira.
Respira.
Conseguí a duras penas levantarme y me apoyé en los fragmentos de piedra que aún seguían en pie. Algo húmedo y espeso me resbalaba del labio. Sangre.
Aquellas garras afiladas, aquellos ojos hambrientos, aquel grito desgarrador en mitad de la noche. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo.
Entonces le vi. Yacía tendido en el suelo en una posición antinatural. Grité su nombre y una lágrima rodó furiosa por mi mejilla.
Corrí con todas mis fuerzas, casi hasta la extenuación, sujetando mi vestido ahora, hecho jirones para no tropezar con todo el desastre que me envolvía.
Avancé, y los latidos de mi corazón, amenazaban con salirse de mi pecho. No podía perderle, a él no.
Avancé, y pensé que ya no volvería a ver otro amanecer.
Lo hice, y no me importó todo el amor que había sentido, ni todas las promesas que estaba rompiendo, ni siquiera, mi propio corazón.
Sus ojos rojos como las llamas del infierno me observaron, casi por primera vez, como si hasta ese momento no hubiera sido consciente de mi presencia. Un gruñido confirmó mis sospechas. Ya era tarde, había perdido el control.
Saqué el puñal, lista para atacar. Cerré los ojos y suspiré.
La bestia implacable, se lanzó sobre mí con las fauces abiertas.
Merecía la pena morir, si conseguía salvarlos a todos
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Editado: 17.06.2026